jueves, 10 de noviembre de 2016

Añada frustración y obtenga envidia

Siempre he pensado que hay que temerles a esas mujeres que excusan sus problemas en relaciones interpersonales con "envidia". Tenía una amiga que tenía esa palabra como el centro de su discurso. Una compañera de trabajo la trataba mal. Y, ¿por qué? "Es que me tiene envidia". Como yo la conocía bien, sabía que había mucho más. Que si bien no justifica las puñaladas, solía ser una respuesta a su actitud mimada y ruidosa, eso sin contar las cosas que ella hacía para generar odio. Pero una vez que esta persona atacaba de vuelta, la respuesta era esa: envidia.

Es por eso que me ha costado muchísimo entrar en este punto: un año que no termina y que viene marcado por algunas rupturas sentimentales. No dejo de preguntarme: ¿Hay algo malo en mí? ¿Por qué esa chica actuó de esa manera? Si bien he reconocido algunos errores (que no se solventaron por mera soberbia y otros hechos que no atañen esta entrada) sí hay dos personas que se alejaron (o tuve que alejar) porque su proceder no era otra que el de la envidia.

Finalmente pude expresarlo mientras iba de compras con una amiga. Mi pareja y yo tomamos la decisión de vivir juntos y mientras me abandonaba unos meses para trabajar, estaba yo caminando los pasillos de Traki con esta mujer que conocí hace no más de cinco años, viendo platos, vasos y cosas del hogar que necesitaríamos en nuestro nuevo nido. Hablamos un poco y, por primera vez, solté toda mi frustración.

Yo nunca he sido "noviera". Fui el muro que quiere construir Donald Trump en la frontera con México. cuando se trata de amores. Tenía un ego muy alto y ningún pretendiente me parecía lo suficientemente bueno para mí. Además, la vida me mandó un compilado de locos y fracasados sin la intención de tener nada serio. Los pocos que se salvaban, los dejé ir por mi estupidez.

Pero en diciembre del año pasado, las cosas cambiaron. Frederick pasó de ser "el tipo ese con el que fui al cine y fue horrible", al hombre con el que tengo planes de vida. Claro, eso no ocurrió de inmediato. Después de un coqueteo por redes sociales y teléfono, nos volvimos a ver. Solo me bastó un beso para saber que seguiríamos saliendo, aunque fuera por un rato. Hoy las cosas van bastante serias.

No ha sido fácil, ni color de rosa. Creo que ninguna relación lo es. Hemos discutido, nos hemos mandado al carrizo, pero aquí estamos porque si hay algo de lo no dudo en este justo instante, es del amor de Frederick. Él es un hombre detallista, el que, en sus días con menos dinero, por lo menos me trae un Toronto. Es un hombre que me soporta (nada fácil), que me llena de besos, que me da masajes y me peina el cabello antes de dormir. Es un hombre que me ha enseñado lo que es amar en un mundo lleno de gente que toma los sentimientos de uno y los pisotea porque le da la gana. Y es un hombre que ha tenido la paciencia para comprender mis miedos y que se ha metido en mi corazón.

Suena lindo, ¿no? Pero parece que esas cosas lindas que me pasaban (¡por fin!) no eran tan hermosas para alguien más. A esta amiga no le ha ido nada bien en el amor. Me tomé sus problemas como personales, me bastaba un simple lagrimeo para salir corriendo a donde estuviera con un pote de helado en mi cartera y el discurso de "usted es demasiado HEMBRA para ese niño" para aumentarle el ego, aún y cuando se me hizo gastado por lo repetitivo del asunto. Pero aquí estábamos, ella la levanta todo y yo, la que va a vestir santos, en dos puntos completamente distantes. Ahora era yo la que peleaba, a la que consentían, la que lloraba y se moría de amor. Ella... ella estaba en lo mismo de siempre.

Pero sí empecé a notar una "casualidad" extraña. Cada vez que yo subía una foto con mi novio a mis redes, ella compartía memes y videos de cosas como "soltera soy más feliz", mi meta es viajar y estudiar mucho", "yo no me conformo" y el mejor de todos: "los que publican su felicidad de pareja es porque les va muy mal". Paso una vez, y pensé que era cosa mía. Pasó dos veces, y me parecieron dos rayos en un mismo sitio. Pasó una tercera, una cuarta, una quinta vez... No, no era casualidad.

Pensé en enfrentarla, pero sabía que la cosa se me voltearía. Iba a quedar como una loca, una vez más. Eso fue hasta ese momento en el que las cosas cambiaron con Frederick. Pasó de ser el tipo del momento, a ser el tipo con el que quiero estar toda mi vida. Él se iba a trabajar por unos meses y para despedirnos, nos "mudamos" una semana juntos. Allí tomamos decisiones de pareja; hechos que yo quería compartir con el mundo y que empezaba por mis amigos. Recuerdo que le escribí, después de algún tiempo. Solo obtuve un hola y un "¿te quieres meter en un curso de maquillaje?".

Le pregunté por su vida y no dijo nada. La conversación se hizo corta e incómoda y mientras más lo analizaba, más me daba cuenta que siempre solía ser yo quien le escribiera a ella, a menos que ella necesitara algo de mí, incluyendo compañía o paño de lágrimas. Sí, nos habíamos alejado, tuvimos un problema, pero eso no explicaba por qué en siete meses de noviazgo, jamás obtuve un saludo y un "¿cómo te va con?".

Estallé esa tarde en Traki, cuando hablaba y hablaba y me di cuenta que, de hacer una boda como Dios manda, mi dama de honor sería esta chama que conocía de tan poco, pero que estaba más pendiente de mí que todos los años de amistad con la otra persona. Ella, que llegó a conocerla, escuchó mi retahíla para concluir: es envidia. ¿Ella de mí? ¿Qué clase de locura era esa? Ella tenía el cuerpo, el guaguancó, la delicadeza, el estilo... ¿qué me iba a envidiar? "Envidia que tienes una relación estable y ella no". Fue tras su explicación que entendía que la amistad se basaba en un "de vez en cuando te presto atención, pero hagamos que todo gire en torno a mí". Que yo era buena amiga, mientras actuara de paño de lágrimas, pero ahora que yo tenía a una persona a mi lado, ya no le servía de mucho. Ya no era la solterona que servía como consolación a sus penas.

Hice la última prueba: la borré de mi teléfono, eso tras ver que subía una captura de una conversación con una ex amiga en común en la que decía #bienlejosconlagentefalsa que ocurrió tras nuestra última interacción, después de que la viera subiendo estados "feos" y diciendo que se sentía mal.

Le pregunté si estaba bien y no recibí más que monosílabos. La captura en cuestión tenía como leyenda: "ella sabe por qué estoy mal". Para mí, fue suficiente. El país estaba lleno de problemas y yo estaba pasando por tantas cosas, que no me quedaba tiempo para hacer un movimiento ponzoñoso de ese tipo, mucho menos de prestarle más de la atención debida a alguien que, claramente, te quiere fuera de su vida.

Aún así, tuve un dejo de esperanza: verán, una persona normal, que realmente es tu amiga, se te acerca y te dice: "¿chama, te robaron el teléfono?, ¿qué te pasó que no me sales en el WhatsApp?", pero yo, hasta el sol de hoy, estoy esperando ese mensaje. Quizá ni se ha dado cuenta. Probablemente ella me borró mucho antes.

Esto me volvió a ocurrir hace poco con alguien bastante cercano. Sin entrar en demasiados detalles, esta persona tiene una relación en la que ella no termina de decir quiero cuando la pareja le da lo que quiere, pero al mismo tiempo, es un individuo inestable, capaz de molestarse porque no contestó el teléfono a tiempo e ignorarla durante semanas como "castigo", que la ha obligado a eliminar sus redes sociales y alejarse de sus amigos, por solo nombrar algunas perlas.

Esa misma persona fue capaz de hablar mal de mí y mi pareja a mis espaldas, de hacer comentarios malsanos sin motivo alguno. Sin discutir, le pedí que se mantuviera al margen de mi relación porque yo la respetaba la de ella. Después de todo, cuando me contaba sus problemas yo le decía lo que pienso justo en la cara. Ella, que se hizo percepciones erradas por chismes, podía haber hecho lo mismo. Con un simple, "no me parece" la hubiera respetado más que con su acción de lanzar su basura a mis espaldas y a pocas horas después de tratarme con cariño,

Su respuesta no fue otra que bloquearme de su WhatsApp. Eso era más fácil que reconocer el error y pedir disculpas.

Llevo horas y horas dándole vueltas al asunto, llorando porque no entiendo su reacción cuando sé que tengo la razón y es cuando vuelve a brillar en mi cabeza el concepto de la envidia. Envidia que se desborda a verme de la mano de una persona que me demuestra su amor a cada instante, con quien puedo hacer cosas que ella no puede con su pareja, que en mis momentos más infantiles me obliga a actuar como adulta y que me impulsa a ser mejor persona, como dicen los memes de lo que debería ser el amor.

Ella, que tiene una pareja abusiva e inestable, paga sus frustraciones amorosas echándonos tierra a mí y mi pareja. Es más fácil eso que exigirle a quien tiene al lado que la trate apropiadamente.

Porque ese es el centro de todo: la frustración. De allí nace ese sentimiento que te hace detestar a quien tiene algo que tú quieres. Por algo acabo de leer una frase que dice "el envidioso no quiere lo que tu tienes, lo que quiere es que tú no lo tengas". ¡Qué sentimiento más triste!