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lunes, 16 de mayo de 2016

It's all about my hair (no trouble?)

Desde que tengo uso de razón (bueno, no tanto) mi cabello ha sido el centro de grandes inseguridades, mucho más allá de mi evidente exceso de peso. Cuando era niña, lo tenía semi ondulado, de ese que se peinaba con facilidad, como en las películas, o al menos yo lo sentía así. Pero a medida que fui creciendo, mi cabello fue mutando en una cosa gigantesca y explosiva, imposible de manejar. Mi madre no sabía qué hacer.
-Ay hija, ¡ese cabello!
La pobre siempre intentó que estuviera bien peinada. En el kinder me obligaba a llevar una pollina que yo me quitaba tres segundos después y cuando mi cabello se volvió una maraña como la de Hermione Granger (la de los libros, porque Emma Watson sale peinadita en las películas), mi madre se frustró. Intentó de todo.
-Me dijeron que en Avon venden una crema buenísima.
-Vamos a hacerte la vuelta en las noches.
-Fulanita me dijo que se echa tal cosa...
Sus inseguridades pronto se volvieron mías. Odiaba mi cabello y pronto empecé a buscar maneras de que fuera más manejable. No ayuda en nada tener una hermana contemporánea con una cabellera lisa y negra, mientras la tuya, además, decidió llenarse de canas desde que tenías 15 años.
-Hay un producto que se llama Rena. ¡Es buenísimo!
-Fulanita me dijo que usara tal ampolla.
Nunca tuve un secador de cabello, nunca aprendí a planchármelo y mi mata de pelo tampoco me ayudaba. Una buena amiga fue una de las últimas que se atrevió a plancharme el cabello. Sé que era una tortura para ella: casi tres horas de calor. Nena, te agradezco la ayuda, pero ahora que lo veo en retrospectiva, tengo que decirte que también fue una tortura para mí.
Y así me convertía en esas mujeres "casabe", que corren en dirección opuesta a la lluvia, que no sudan y que no se mueven porque el cabello tiene que estar perfecto.
¿Perfecto? Sí, porque en este país y en esta cultura de misses, el cabello se lleva largo y liso. Eso es perfecto. Lo demás es un insulto al mundo.
En cierto punto, tiré la toalla. Me escudé en mi fractura y en el hecho de que pasar horas planchándome el cabello me hacía daño (cosa que no es mentira. Es que en este cuerpo hay que decidir secarse el cabello una misma o tener un brazo funcional). ¿Qué hice? Utilicé cuanta crema para peinar encontraba y me hacía un patuque horroroso que no lucía para nada. ¿Frizz? Uy, tengo tantas historias de ese mal... 
Nunca estuve cómoda. Cuando salía con alguien e intentaba tocarme el cabello, me volvía una ninja.
-¡No me toques el cabello!
Es que prefería que me tocaran la mano, las tetas o el culo, a que alguien se atreviera a meter la mano en esa cosa dura y grasosa que "adornaba" mi cabeza.
Fue entonces que vi la luz al final del túnel. Siempre dicen que no te cortes el cabello tras una ruptura amorosa. Yo no escuché. Me hablaron de un súper estilista y una noche me puse en sus manos.
-Córtame esto, ¡ya!
Pedro (el hombre es cuestión) estaba fascinado.
-¡Las mujeres nunca se dejan hacer estos cambios drásticos! ¡Un jefe me decía que cuando una cliente pide que le corten el cabello, hay que hacerlo y botarlo enseguida! Eso está lleno de malas energías.
Fui feliz. Había regresado a ese corte que usaba cuando era niña. mucho menos manejable, pero mucho más sencillo para mí. Cambié de levantarme con una maraña en la cabeza, a despertar, pasarme la mano en el cabello y listo. ¡LA GLORIA!
Fui probando con nuevos estilos y nuevos colores; unos más favorecedores que otros. Puedo decir que, ahora mismo, adoro mi cabello. Son unos rizos fáciles de manejar con espuma o crema, que se arreglan con un cintillo o unas pinzas en esos días en los que me dice: no, hoy no quiero colaborar contigo.
Pero son rizos, siguen siendo rizos, siguen siendo esas cosas con vida propia que en cualquier momento pueden atacar y colonizar el mundo... o al menos eso sigue creyendo mi madre. Ahora, que lo tengo un poco más largo (ya necesito retoque) vuelvo a escuchar esa frase:
-Lila, ¡ese cabello!
Y yo me veo en el espejo y ya no noto aquella maraña odiosa, sino unos rizos cortos que se ajustan entre una cinta. Por alguna razón, a ella le molestan. 
Es que mi pobre madre también es parte de esa malnacida cultura latina. Es liso o nada.
-Yo conozco mujeres que lo tienen rizado y se hacen la keratina y se lo secan...
No, esa no es mi madre, sino un chico con el que salgo. Porque para él, me veo más linda con el cabello largo y liso. Yo, que he tenido que lidiar con el monstruo, le respondo:
-¡No sabes lo que estás diciendo!
Honestamente, le agradezco los consejos de belleza. No tengo ningún problema de que una persona con la que ando me diga cómo le gustaría verme o me aconseje qué me queda mejor. Lo que no tolero, ni de él, ni de mi madre, ni de nadie, es esa manifestación perversa de que liso es lo mejor. Entonces, nosotras, las rizadas, tenemos que vivir rodeadas del calor del secador, el dolor de que te quemes el cuero cabelludo y el temor a que caigan unas cuantas gotas, porque perderás el glamour.
En esta, la era de la inclusión, es imperativo que los padres enseñen a sus hijos que la gente "viene" en diferentes tamaños, colores y tipos de cabello. Que el pelo rizado no es sinónimo de "horrible" y que el secador debe ser una elección y no una obligación. No se trata de andar despeinadas por la vida (aunque por allí hay una frase que dice que lo mejor de la vida te despeina), pero sí de entender que la belleza no es esa que nos imponen en los concursos que tanto adoran los latinos; sino que se puede ser diferente y que el cabello también es una manera de expresar tu individualidad, aunque el mensaje sea: soy rebelde y no me importa.
Lo más descorazonador es cuando he ido al salón de belleza y me he topado con madres que hacen que le sequen el cabello a sus hijas, que no tienen más de cinco años. ¿Es necesario inculcarle a una bebé que hay algo que está "mal" con ella y que si no se somete a procedimientos químicos o llenos de calor, no se ve bien? El cambio viene desde casa. Trabaja en el autoestima de tus hijos. ¡Libérate y acepta los rizos!

Este post fue escrito meses atrás. Ahora mismo, estoy en proceso de dejarme crecer el cabello. Veamos hasta dónde aguanto.

viernes, 28 de junio de 2013

Tan bonita y sin novio...

El dulce flirteo siempre se estrella con el mismo comentario.
-Bueno, te escribo, si es que a tu novio no le molesta.
Pueden cambias las circunstancias, pero el fondo siempre es idéntico. Se trata del: estoy preguntando sin preguntar para ver si tienes novio, pero sin que te des cuenta que quiero saber que tienes novio, porque me han enseñado que a las mujeres hay que metérseles por debajito o me convierto en un sin chance.
El problema, queridos hombres (y algunas mujeres), es que no cambian el esquema y cada vez que salen con el mismo "tan bonita y sin novio", a una se le caen las expectativas al infierno. Cosas del estrógeno. ¿Qué se le va a hacer?

viernes, 31 de mayo de 2013

Quiero ser farandi

Cada vez que digo que quiero ser farandi, las mujeres me lanzan miradas de profundo reproche. La verdad es que no puedo evitarlo; es un sentimiento más fuerte que yo.
Me remitiré al portal TuBarranco.com para iniciar mi disertación. Allí explican que "las farandis mujeres tienen todo operado: senos, nalgas y nariz. Además usan extensiones en el cabello, uñas postizas de 3 cm de largo y sólo se quitan los tacones de 15 cm para meterse a la playa". Sé que soy defensora del poder femenino, aunque tras 26 años en un cuerpo no agraciado, la idea de estar hermosamente operada no me molesta demasiado. Es que estar buena debe ser maravilloso y si yo lo fuera una de esas mujeres explotadas, lo aprovecharía al máximo. 
Primero, tendría BlackBerry. Actualizaría el PIN con fotos sugerentes para que los hombres me recuerden y en el momento menos pensando escribiría un "Quiero sushi!!!". Con el delicioso pescadito crudo tan caro, la felicidad de que te lo regalen se sentiría en mi bolsillo. 
El rango de las finanzas es amplio: cafés, salidas al cine y cuanta actividad "cultural" se me ocurra correría por cuenta de otros, buenísimo para esta temporada de ahorro que es cada vez más difícil. 
Si estuviera buena, cumpliría una de mis más grandes fantasías: participar en el Miss Venezuela. No tiene nada que ver con la satisfacción de ser la mujer más bella del país, ni nada por el estilo. Es que hay algo que me llama en el: "¡Buenas noches, Poliedro de Caracas!". Después de decir eso, saldría corriendo a comerme una hamburguesa.
No dude nunca que ser farandi le abre muchas puertas. Una sonrisa, un escote, una cosa... Es facilito pagar sin hacer cola, entrar a lugares donde prohiben el acceso e incluso, huir de los policías matraqueadores.
Pero la realidad es que no estoy buena y dudo que algún día lo esté. Me toca vivir en este cuerpo, estos senos, estas nalgas, esta nariz; mi cabello sin extensiones, mis uñas cortísimas y mis pies planos que no aceptan tacones por más de una hora. 
Dicen por allí que debería ser súper amable, risueña y simpática para compensar mi desgracia. Por eso doy gracias por ser inteligente. Me da una media carta blanca y abierta para lanzar mis comentarios sarcásticos. Sino, mi vida sería de verdad sería triste. 



miércoles, 3 de abril de 2013

La magia del color

Cuando tenía once años, me hice un agujerito extra en el oreja. Cuando llegué a casa, a nadie parecía molestarle. La semana siguiente decidí abrirme otro huequito en la parte de arriba de la izquierda. El efecto no fue el mismo.
No tendría ni 24 horas de haber desvirgado mi oreja, cuando ya me obligaban a quitarme el arete nuevo. Según mi madre, parecía una malandra.
Ella, Doña Luz, es una mujer muy correcta. Se casó a los 21 años y abandonó los estudios de enfermería para cuidar a su esposo y al cambote de hijos que tuvieron. Al perder la posibilidad de obtener un título, su norte siempre fue que sus hijos estudiaran. Cualquier cosa que se interpusiera en el camino, estorbaba. Un zarcillo, por ejemplo, podría ser muestra de rebeldía y los efectos serían las amistades inadecuadas, aún más rebeldes.
Pintarse el cabello estaba fuera de lugar y la televisión se plagaba de personajes populares y atractivos por la diversidad de prismas en el cabello y eso estaba prohibido para mí.
El pseudo drama empeoró cuando cumplí 15 años y descubrí la primera (de muchísimas) canas. Aunque los pelitos blancos apenas se veían, yo me encargaba de que todos conocieran el signo de mi vejez prematura.
En la universidad no aguanté más. Tenía 20, no 40 y mi cabello debía ser oscuro. Con mi primer sueldo, fui directo a Farmatodo, al área de tintes y compré la primera coloración. Después jugué con cualquier cantidad de marrones, uno con el nombre más ridículo que el otro, hasta que por fin me decidí: era hora de pasar al rojo.
Rojo fantasía
Ese primero era mate. Normalito, podría decirse, aunque su efecto en mí fue inmediato. Una vez que juegas con ese color, no puedes parar y mi cabello era cada vez más intenso, más rojizo, más naranja, más... antinatural.
Finalmente llegó el día. Mi melena era demasiado larga y los dos tubos de tintes que había
comprado para esa sesión no me alcanzaban. Mi peluquera sugirió la locura: rojo fantasía, o lo que es igual, el rojo de La Sirenita. Ella tenía uno guardado.
Jugando recién pintado
A mí me encantó. Era el que siempre había querido llevar, pero no me atrevía a ponerme. Me pareció fantástico, divertido, diferente, rockero, y me dio mucha fuerza y confianza.
Una vez usas ese color, no temes a nada; puedes llevar lo que sea. Bajé el tono para mi próxima tintura, pero me hice una promesa para el 2013: hacer lo segundo que siempre había querido hacer y copiar el look de Skye Sweetnam.
Dada la premura, no pude usar fucsia. Es un color complicado, que debe ser preparado por un experto. Me decanté entonces, otra vez por el rojo fantasía y una base negrísima. Lo llevé durante cuatro meses y sé que a muchos no les gustó, pero a mí me parecía lo máximo. Mostraba mi locura, mi rebeldía, mis ganas de jugar y lo más importante: que el cabello es cabello y no puede conmigo.
Ahora llevo un morado bastante tenue que ha gustado mucho, pero que yo esperaba que fuera más intenso. Es el segundo de otros tres colores con los que espero jugar este año.
Es también la primera de las muchas locuras/tonterías que espero hacer este año. Después de mi cabello, no temo a nada. Son mis 25 y la juventud hay que disfrutarla.