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viernes, 9 de febrero de 2018

Aquí no viven gordos


El sonido del chisme vespertino invade mi sueño.
-Esa señora ni sube las escaleras. Trabaja allí en la computadora todo el día y está muy gorda. Por aquí hacen ejercicio en las mañanas. Le voy a decir porque ¡imagínese!
Finjo que estoy dormida porque sé que mi esposo no lo está. También sé que ella, mi nueva casera, habla de mí con mis ahora vecinos, a quien nunca les he visto la cara. Pretendo que no escucho para no tener una conversación incómoda con mi pareja. Después de todo, ¿a quién le gusta ser el animal del circo de chismes de la vecindad?
Pero es inevitable. Estoy en un lugar pequeño en el que cada respiro se escucha en la habitación contigua. He escuchado a mis vecinos pelear, gemir de placer y cómo no, cagar. Estoy segura de que ellos también me han oído en las mismas.
Intento no molestarme; ver el lado positivo de la vida. Quizá mi casera realmente está preocupada. Es que tiene razón, estoy muy gorda.
Lo estoy desde que nací. En mis fotos de bebés salgo llena de rollitos, de esos que encantan tanto cuando apenas balbuceas, pero que se convierten en un problema cuando te conviertes en adolescente. "Eres gorda de nacimiento. Nunca vas a rebajar", me dijo una compañerita de clases cruel de turno. Aparentemente tenía razón porque a mis 30 años, peso más de 100 kilos y mido 1,63. Mi amor por los dulces y la afición de mi esposo de comer chatarra colaboran en la causa.
Intento no prestarle atención, más allá de lo obvio. Pretendo pasar desapercibida entre la gente (cosa difícil cuando eres tan redonda) y evito ciertos comentarios y chistes que pondrían en evidencia mi obesidad. A veces soy yo quien trae el tema al colación y me río al respecto: "soy puro tamaño, nada de fuerza", le decía a una vecina en estos días quien se echó a reír. La gorda graciosa es mejor que ser la gorda amargada. Misión cumplida.
Cuando finalmente finjo despertar, mi esposo me pregunta si he escuchado algo. "Nada, estaba dormida", miento. Él sale a cocinar y de inmediato es invadido por mi casera:
-Le iba a decir... su esposa está muy gordita. Aquí en la cancha hacen ejercicios todas la mañanas. No es bueno que esté así. Yo tengo más de sesenta y míreme lo delgada que soy.
Él regresa con el desayuno y ya no puedo mentir. Mi habitación queda justo frente a la cocina. No tengo salida.
Pero mi esposo decide ilustrarme mucho más. El día anterior estuvo hablando largo y tendido con la mujer en cuestión y ella le contó el aparente origen de su "gordofobia". Hace unos años, un hombre pasado de peso, que vivía alquilado en una casa vecina, murió de una infarto. El cadáver lo descubrieron varios días después. Como era de esperarse, la habitación apestaba y fue necesario transportar el cuerpo con todo y colchón. La pobre mujer quedó aterrorizada ante la idea de que algo así pudiera ocurrir en su casa.
-Aquí vivía una mujer que también trabajaba en casa. Nunca salía de esa habitación y estaba gorda. Respiré cuando se fue.
Se puede decir que entiendo su motivación, pero no deja de ser una patada en las pelotas que no tengo. Verán, en 30 años, ser gorda me ha valido muchos rechazos. Los chicos se cansaron de hacerlo una y otra vez, incluso cuando mi intención era solo una amistad. De hecho, mi apariencia también me valió la reprobación de la familia de un amigo, quien ese día decidió presentarme como su novia en una broma infantil. Aún recuerdo el "no, ella no", que pronunció una de sus tías tras mirarme de arriba a abajo con total asco. Qué decir de aquella pareja que, una vez finalizada la relación y en medio de un tumulto de insultos, me confesó que sus amigos siempre hablaban de mí y le preguntaban si no le daba asco acostarse conmigo.
Ser gorda también me valió burlas en mi primer día de pasantía en un periódico regional. Meses después, un compañero fotógrafo me lo confesó: "bueno... dijimos que eras muy gorda". Y aunque nunca me ha pasado (hasta ahora), mi peso probablemente me limite a obtener algún otro  trabajo porque buena presencia también significa estar delgada. Ni mencionemos a las tiendas de ropa que se han encargado de rechazarme desde que llegué a la veintena, lanzándome directo a la boutique de gorditas, donde la ropa siempre es la misma y cuesta más.
Pero, hasta ahora es la primera vez que una casera me rechaza por ser gorda. En mi ignorancia, pensé que en este tipo de relaciones, el pagar a tiempo era lo que importaba. Descubrí que, aparentemente, también debo tener la figura "perfecta" para poder alquilar un sitio, algo que es exclusivo para mi género, pues no solo mi esposo también tiene varios kilos demás, sino que me he topado con un vecino, quien anda barriga al aire por los pasillos. Ambos han pasado "lisos" ante la fobia de mi casera.
Ni modo. Justo cuando creía que solo debía huir de los amantes de Sascha Fitness y los gurús de Herbalife, desbloqueo un nuevo nivel. En esta residencia no se admiten gordos. ¡Qué empiecen las sentadillas!

lunes, 30 de mayo de 2016

Inconversa

Suena como el título de una popular trilogía de ciencia ficción y, visto desde cierta perspectiva, lo es. Me topé con la terminología hace pocos meses cuando inicié una relación sentimental con un chico cristiano. Ya había escuchado el término "mundano", pero "inconverso" era una palabra ajena a mi léxico. Resulta que yo era eso; una persona que "no sigue a Jesucristo".

Mi relación con Dios ha tenido sus altibajos. Nací en un hogar "católico", con grandes comillas, porque conocíamos las tradiciones y celebrábamos ciertas fechas, como cualquier otro venezolano, pero no éramos devotos. Mi acercamiento al catolicismo llegó como a los once años cuando me inscribieron en catequesis para hacer la comunión. A estas alturas de mi vida, creo que fue un asunto de presión social o de lo que mi madre conocía como "el deber ser". Después de todo, no asistíamos a la Iglesia. ¿Por qué tendríamos que seguir los sacramentos?

De una forma u otra, me volví asidua a la Iglesia. Mi hermana cantaba en el coro, mi otra hermana se hizo monaguilla. Yo, que no quería figurar demasiado, ayudaba vendiendo los cantos en la entrada. Pero un día sentí que no debía ir más. Quizá era la flojera de levantarme un domingo temprano, quizá era la gente que no me aportaba nada, quizá era que Dios no me llamaba... Pero así, sin más, dejé de ser la "extrema católica" a la "creo en Dios, pero no quiero ir a la Iglesia". Debe haber influido el hecho de saber que mi abuela vivía frente a la Iglesia y cuando estaba agonizando, mis tíos buscaron al sacerdote para que le hiciera la Unción de los Enfermos, pero él se negó. Tenía que dormir. Las necesidades humanas pesaban más que el descanso eterno de mi abuela.

A medida que fui creciendo, mi relación con Dios se hizo distante. En algún punto de la universidad, dejé de creer. La gente que me rodeaba me abrió la mente. Empecé a hacerme preguntas, a cuestionar ciertos asuntos. Fue un asunto progresivo: una especie de sentimiento interno que poco a poco se fue exteriorizando, aunque con miedo: ¿Me castigaría Dios por mi herejía al compartir memes en contra de su existencia? Pero el temor fue pasando y el asunto se volvió una convicción: DIOS NO EXISTE Y TODOS TIENEN QUE SABERLO. Me volví incluso tóxica. Pasé a ser conocida como "atea". Me sentía superior y rebelde. "Oh, ustedes estúpidos creyentes. ¡Cuán imbéciles son!". La idiota era yo.

Los años no pasan en vano y llegué al punto donde entendí que no era atea, sino agnóstica. Yo no creía en Dios, pero sí en el karma; en que todo lo que haces se te devuelve. He sido testigo y protagonista de eso. Entonces sí creía en algo. Creía en lo que podía ver. Veía el karma actuar. ¿Y Dios? A ese no lo veía.

Por las vueltas de la vida, empecé a cubrir la fuente "Ciudad" en una medio de comunicación. Fue la época en la que Benedicto XVI renunciaba a su papado. Cuando llegué a la redacción, tenía una encomienda: hacer un reportaje al respecto. Fue cuando me topé con Monseñor Mariano Parra y me inspiró una paz que hacía mucho tiempo no sentía. ¿Era Dios llamándome a través de él o era que el sacerdote era simpático y ya? 

Pedía hacer todas las pautas eclesiásticas. Disfruté la Semana Santa como nadie. El Domingo de Ramos fue uno de los rituales que más me agradaron. Regresar a la Iglesia, aunque fuera para sacar información, me sentaba bien. Sentí que, nuevamente, debía cambiar mi perspectiva. Me di cuenta que mi problema no era con Dios (aunque no estaba, ni estoy, segura de su existencia). Mi problema era con las instituciones, con las religiones que en lugar de unir, separan. Y eso lo viví en carne propia.

Mi relación con los cristianos/evangélicos nunca ha sido buena. "Son los peores. Se creen mejor que nadie", decía mi madre. "Son los peores", decían mis amigos. "Son los peores", decía la mayoría de las personas que conocía. Era como algo normal en mi entorno "mundano", así como que cuando te visitan los Testigos de Jehová tienes que alejarte de la puerta, o que Tom Cruise es un loco por formar parte de la cienciología.

Tuve algunos acercamientos extraños. Solía echarle broma a un amigo cristiano del liceo. Fingía que me gustaba porque era muy tímido y eso me daba risa. Un día me detuvo: "no podemos tener nada. No somos de la misma religión". También recuerdo el caso de un muy buen amigo, quien abandonó a su novia, nacida y criada en un hogar cristiano, porque la mamá de la chica le exigía que se convirtiera. Tendríamos trece años. Otro conocido cristiano sintió la necesidad de explicarme cómo mi afición a Harry Potter me acercaba al demonio, porque era una alegoría a la hechicería. "Mi novio era cristiano y me dijo que eso era puro chanceo", me comentó hace poco una amiga. 

El golpe más duro me lo llevé contigo (sé que estás leyendo). Él gustaba de mí en el colegio. Yo pasaba de él. Transcurrieron los años, erré, pequé, me estrellé contra la pared y él permaneció "puro y casto" (estoy exagerando). Salimos un par de veces. Se puede decir que lo intentamos, Yo quise intentarlo. Era un muchacho bueno, educado, centrado, emprendedor. ¡Yo me merecía algo así! Pero él pensó distinto; resulté ser muy mundana para él. "Yo no te juzgo. Eres tú misma quien te juzgas". Bonito juego mental. A fin de cuentas, nuestro amor adolescente no llegó ni a un beso porque yo era distinta. "Liberal, hedonista", me decía. "Mente abierta y me gusta la buena vida", replicaba. "Quiero ser predicador". Bueno, ya era demasiado. Una tiene que ubicarse y ciertamente no cumplo el perfil de la esposa de un predicador. Seríamos el ejemplo de cuchillo de palo en casa de herrero. 

Este nuevo hombre, mi novio, me aceptaba a pesar de que no seguía su religión. "Te busca porque consigue en ti lo que no puede conseguir en el culto", me dijo el anterior prospecto. Lo sentí tan: no eres mía, no puedes ser de nadie, o por lo menos nadie de mi religión. "¿Qué consigue? ¿Sexo? Número uno: yo se lo estoy permitiendo. Número dos: te aseguro que hay niñitas del templo mucho más recorridas que yo". Uy, de esto también tengo historias, pero no vienen al caso.

Estaba tan traumatizada por la relación fallida, que la religión se volvió centro de muchas preguntas al inicio del nuevo noviazgo. Yo lo conocí siendo mundano. Su entrega al templo me generaba mucha suspicacia. "¿Quieres que sea cristiana?". "¿Por qué me buscas a mí y no una de la Iglesia?". Preguntas lanzadas, preguntas contestadas. No era necesario convertirme. Sería "mejor" si así ocurriera, pero definitivamente no era un requisito. Las chicas de la Iglesia no eran de su tipo. Demasiado tontas. Demasiado creídas. Demasiado "todos se van a poner intensos a preguntarnos cuándo nos casamos". ¡Eureka!

El problema radicaba en que no había real libertad de salir y conocerse. Los asuntos debían "ponerse en orden" desde el principio. ¿Para qué compartir, salir, debatir, discutir? Eso era tomándole la mano a la muchacha en cuestión y firmando su sentencia matrimonial. Lo entendí. Era lógico que no quisiera lidiar con esa presión. Era ilógico que no pudiera disfrutar de un noviazgo normal. Asunto arreglado.

Le dije que jamás le pediría que dejara de ir a la iglesia. "Lo que no quiero es que vivas allá". Y no era un asunto de fe, sino de lógica. La gente tiene que trabajar. Cuando vas al supermercado no pagas con una tarjeta mágica de creencias. Si vives metido en una iglesia, ¿cómo pagas las cuentas? Y no me digan que "Dios proveerá". Ninguna figura sobrenatural provee nada si tú no actúas para conseguirlo.

Al principio me ocultó y discutimos por eso. "Si nos conseguimos con alguien de la Iglesia, ¿no me presentas como tu novia?". "No creo". Demonios, vengan a mí. Me sentía molesta, menospreciada y dolida. Luego tuve un subidón de autoestima. "He cometido errores, pero no soy una mala persona". Es que no lo era. Tengo mal carácter, a veces la pasión me atrapa, puedo ser impulsiva, pero de allí a ser "indigna" había largo trecho. 

Las cosas fueron avanzando y con ellas, las promesas de un futuro juntos. Matrimonio, hijos. Por petición suya hicimos pública la relación. Par de fotos en Facebook para marcar territorio (como si sirviera de algo) y el "en una relación con..." para terminar de "mear" el muro (como escuché una vez). Lo nuestro era oficial, pero faltaba algo. Uno conoce a los papás, a los amigos, y a la gente de la Iglesia. La idea no me mataba de la felicidad, pero si era importante para él, yo daría mi brazo a torcer. No iba a quemarme por pisar el templo.

Fuimos creo que dos o tres veces. Mucho gusto por aquí, mucho gusto por allá. La vida es bella. Soy mujer y periodista, y las preguntas iban a llegar en cualquier momento: "¿no te han dicho nada de mí en la Iglesia?". En primera instancia, el pastor veía con buenos ojos que él me llevara, a pesar de no pertenecer a la religión. En los bajos fondos, nuestra relación no estaba bien vista.

-Tuve que parar a fulanito (ni recuerdo el nombre, ni jamás me importo) porque dijo que iba a hablar contigo. Dijo que era un error estar en yugo desigual.

El término quedó rondando en mi mente. Esa mañana él acudió a la Iglesia y yo me quedé en su casa, porque no había llevado ropa adecuada. Me lancé a la computadora y empecé a leer al respecto. Una explicación era más espeluznante que la otra. "Si sientes mariposas por alguien que NO AMA a Dios; toma tres días de ayuno para que mueran de hambre". 2ºCorintios 6:14 "No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión tiene la luz con las tinieblas?". Claramente yo era la injusticia y las tinieblas. 

Internet está plagada de artículos impresionantes sobre cómo un cristiano no puede estar con gente que no es de su religión, porque prácticamente, será el inicio del Apocalipsis. No sabía yo que con un beso abriría las puertas del infierno. Supuestos ejemplos de relaciones fallidas con "inconversos" pululaban. "Él era un bebedor, un golpeador, un drogadicto, un hijo del demonio y nos tuvimos que separar". Yo bebo poco, solo golpeaba a mi hermana cuando éramos niñas, nunca me he metido drogas, no sigo al demonio, pero no ser cristiana parecía meterme en ese saco del terror. 

La cosa no se limitaba al corazón, sino que abarcaba a las amistades. Aparentemente, si eres cristiano, solo puedes relacionarte con cristianos. "¡Por eso es que son tan mente cerrada! ¡No permiten la diversidad de opinión! ¡Pareciera una comunidad amish!". Él me explicó que eso era cosa de radicales. Aparentemente yo me topé con puros radicales.

Un día se le escapó que, apenas me presentó en "sociedad", varias chicas de la Iglesia llenaron sus muros de Facebook con indirectas para él. "No sé porqué los chicos cristianos se empeñan en formar relaciones con inconversas (...) les gusta andar entre la basura". ¿Perdón? ¿Estás eran las niñas que van cada semana congregarse? ¿Ellas se atrevían a juzgar nuestra relación aún sin conocerme? ¿Me llamaban basura? Quise pensar que era algo de adolescentes o solteras locas (ya habíamos visto a una que quería con él y ahora le lanzaba rayos láser de los ojos cuando nos veía tomados de la mano), pero el asunto fue más allá. Amigos y conocidos le habían hablado de las dificultades de estar en una relación con alguien que no perteneciera a la religión.

Por cosas del destino (¿Dios?), él dejó de congregarse. No entraré en detalles que pesan en la conciencia de cada quien, pero sí puedo dar fe que su alejamiento nunca tuvo que ver conmigo. Jamás le pedí que no se congregara. Lo conocí cristiano y así lo aceptaba. Claro, nadie ve sus propios errores y en lugar de identificar las fallas internas, fui señalada como la Yoko Ono de estos Beatles angelicales. Él no iba a la Iglesia por mí. Punto.

Así pasó que un día íbamos en un carro con un "hermano" de la Iglesia. "Creo que son figuraciones mías, pero el tipo me ve como con odio. Parece que tuviera la peste encima". "Bueno, puede ser". En un segundo encuentro, él mismo lo confirmó. "Sí, te mira mal. Él está muy entregado a la Iglesia. Es radical". 

Pero lo que más me impresionó fue un encuentro con uno de los principales de la Iglesia. Me saludó con educación y, como si se tratara de un muñeco en disputa, se llevó a mi entonces novio a un lado, hablando en suficiente voz alta para que yo escuchara "lejos de Dios no hay nada bueno". Nuevamente, pensé que me hacía ideas en la cabeza, pero ésta vez ni siquiera tuve que hacer el comentario. "Está celoso (...) Me dijo que sería lamentable que me alejara de la Iglesia por una mujer. Te trata con recelo". Pues sí, el hombre se había convertido en Regina George y se aseguró de que yo supiera quién mandaba. Era una batalla entre la fe y mi vagina, supongo. 29 años recién cumplidos y otro hombre me disputaba a mi pareja. Eso sí no lo vi venir. 

Lo más interesante del asunto es que siempre he respetado su religión. Al contrario de lo que la gente pensaba, a mí me convenía que él tuviera algo en qué entretenerse. Así me daba tiempo de trabajar, salir con mis amigas y seguir siendo yo. Claro, me frustraban algunas historias que escuchaba de ese sitio (una vez más, no es mi asunto divulgarlas), pero cada quien debe saber lo que hace con su vida. 

Me sorprendió que, tiempo después, él me pidiera que lo acompañara de vuelta. Sí él soportaba los malos tratos y las hipocresías, bien por él. Yo no estaba dispuesta a hacerlo. Si la familia de tu novio no te quiere (o viceversa), uno se las apaña, sonríe, hace el intento. Después de todo, es posible que debamos compartir toda la vida. Pero si la gente de la Iglesia no te quiere sin motivo alguno, ¿debía poner la otra mejilla? 

"¿Por qué me pides que vaya a un sitio donde no me quieren? No lo digo yo. ¡Tú lo viste!". "No se trata de la gente, se trata de Dios. No le pares a la gente". Y estaba de acuerdo, no se trata de la gente. Pero, ¿cómo podía ser hipócrita con estas personas? ¿Qué eso no está en contra de la palabra de Dios? "Evidentemente, nadie en la Iglesia te vería con buenos ojos. Era una batalla perdida. A menos que te conviertas a la fe", me dijo un amigo cristiano. Pero, ¿cómo podría yo convertirme a una religión que me consideraba la fuente de todos los males, al menos que fuera como ellos? ¿Cómo podría entregarme a una iglesia cuyos miembros tratan con recelo y asco a quien sea diferente? ¿Era ese el Dios / Jesucristo que quería conocer? ¿Era esa la persona que yo quería ser? Me negué. Mi relación con Dios es personal, exista él o no. No necesitaba de palabras aparentemente hermosas para "llenarme del Señor" que en realidad estaban llenas de malos sentimientos hacia quienes piensan y son diferentes. Si es ese el camino a la redención y la vida eterna, que las llamas del infierno esperen por mí.   

Sé que tengo muchos "amigos" y amigos (contactos y amigos) cristianos y, créanme que mi intención no es ponerlos en entredicho. Quizá me acercaron a la Iglesia incorrecta. Quizá en otros lugares se apela al respeto de ideologías y a la inclusión. Lo cierto es que esto me permitió tener una perspectiva más amplia de la religión. No se puede decir que no lo intenté. Refunfuñé, sentí cierta incomodidad, pero lo intenté. Y ¿qué recibí? Puñaladas por pensar diferente, cual película de ciencia ficción. Fui Tris, la Divergente. Soy Lilihana, la inconversa. “Jesucristo” en su máxima expresión. ¡Amén y amén!

lunes, 16 de mayo de 2016

It's all about my hair (no trouble?)

Desde que tengo uso de razón (bueno, no tanto) mi cabello ha sido el centro de grandes inseguridades, mucho más allá de mi evidente exceso de peso. Cuando era niña, lo tenía semi ondulado, de ese que se peinaba con facilidad, como en las películas, o al menos yo lo sentía así. Pero a medida que fui creciendo, mi cabello fue mutando en una cosa gigantesca y explosiva, imposible de manejar. Mi madre no sabía qué hacer.
-Ay hija, ¡ese cabello!
La pobre siempre intentó que estuviera bien peinada. En el kinder me obligaba a llevar una pollina que yo me quitaba tres segundos después y cuando mi cabello se volvió una maraña como la de Hermione Granger (la de los libros, porque Emma Watson sale peinadita en las películas), mi madre se frustró. Intentó de todo.
-Me dijeron que en Avon venden una crema buenísima.
-Vamos a hacerte la vuelta en las noches.
-Fulanita me dijo que se echa tal cosa...
Sus inseguridades pronto se volvieron mías. Odiaba mi cabello y pronto empecé a buscar maneras de que fuera más manejable. No ayuda en nada tener una hermana contemporánea con una cabellera lisa y negra, mientras la tuya, además, decidió llenarse de canas desde que tenías 15 años.
-Hay un producto que se llama Rena. ¡Es buenísimo!
-Fulanita me dijo que usara tal ampolla.
Nunca tuve un secador de cabello, nunca aprendí a planchármelo y mi mata de pelo tampoco me ayudaba. Una buena amiga fue una de las últimas que se atrevió a plancharme el cabello. Sé que era una tortura para ella: casi tres horas de calor. Nena, te agradezco la ayuda, pero ahora que lo veo en retrospectiva, tengo que decirte que también fue una tortura para mí.
Y así me convertía en esas mujeres "casabe", que corren en dirección opuesta a la lluvia, que no sudan y que no se mueven porque el cabello tiene que estar perfecto.
¿Perfecto? Sí, porque en este país y en esta cultura de misses, el cabello se lleva largo y liso. Eso es perfecto. Lo demás es un insulto al mundo.
En cierto punto, tiré la toalla. Me escudé en mi fractura y en el hecho de que pasar horas planchándome el cabello me hacía daño (cosa que no es mentira. Es que en este cuerpo hay que decidir secarse el cabello una misma o tener un brazo funcional). ¿Qué hice? Utilicé cuanta crema para peinar encontraba y me hacía un patuque horroroso que no lucía para nada. ¿Frizz? Uy, tengo tantas historias de ese mal... 
Nunca estuve cómoda. Cuando salía con alguien e intentaba tocarme el cabello, me volvía una ninja.
-¡No me toques el cabello!
Es que prefería que me tocaran la mano, las tetas o el culo, a que alguien se atreviera a meter la mano en esa cosa dura y grasosa que "adornaba" mi cabeza.
Fue entonces que vi la luz al final del túnel. Siempre dicen que no te cortes el cabello tras una ruptura amorosa. Yo no escuché. Me hablaron de un súper estilista y una noche me puse en sus manos.
-Córtame esto, ¡ya!
Pedro (el hombre es cuestión) estaba fascinado.
-¡Las mujeres nunca se dejan hacer estos cambios drásticos! ¡Un jefe me decía que cuando una cliente pide que le corten el cabello, hay que hacerlo y botarlo enseguida! Eso está lleno de malas energías.
Fui feliz. Había regresado a ese corte que usaba cuando era niña. mucho menos manejable, pero mucho más sencillo para mí. Cambié de levantarme con una maraña en la cabeza, a despertar, pasarme la mano en el cabello y listo. ¡LA GLORIA!
Fui probando con nuevos estilos y nuevos colores; unos más favorecedores que otros. Puedo decir que, ahora mismo, adoro mi cabello. Son unos rizos fáciles de manejar con espuma o crema, que se arreglan con un cintillo o unas pinzas en esos días en los que me dice: no, hoy no quiero colaborar contigo.
Pero son rizos, siguen siendo rizos, siguen siendo esas cosas con vida propia que en cualquier momento pueden atacar y colonizar el mundo... o al menos eso sigue creyendo mi madre. Ahora, que lo tengo un poco más largo (ya necesito retoque) vuelvo a escuchar esa frase:
-Lila, ¡ese cabello!
Y yo me veo en el espejo y ya no noto aquella maraña odiosa, sino unos rizos cortos que se ajustan entre una cinta. Por alguna razón, a ella le molestan. 
Es que mi pobre madre también es parte de esa malnacida cultura latina. Es liso o nada.
-Yo conozco mujeres que lo tienen rizado y se hacen la keratina y se lo secan...
No, esa no es mi madre, sino un chico con el que salgo. Porque para él, me veo más linda con el cabello largo y liso. Yo, que he tenido que lidiar con el monstruo, le respondo:
-¡No sabes lo que estás diciendo!
Honestamente, le agradezco los consejos de belleza. No tengo ningún problema de que una persona con la que ando me diga cómo le gustaría verme o me aconseje qué me queda mejor. Lo que no tolero, ni de él, ni de mi madre, ni de nadie, es esa manifestación perversa de que liso es lo mejor. Entonces, nosotras, las rizadas, tenemos que vivir rodeadas del calor del secador, el dolor de que te quemes el cuero cabelludo y el temor a que caigan unas cuantas gotas, porque perderás el glamour.
En esta, la era de la inclusión, es imperativo que los padres enseñen a sus hijos que la gente "viene" en diferentes tamaños, colores y tipos de cabello. Que el pelo rizado no es sinónimo de "horrible" y que el secador debe ser una elección y no una obligación. No se trata de andar despeinadas por la vida (aunque por allí hay una frase que dice que lo mejor de la vida te despeina), pero sí de entender que la belleza no es esa que nos imponen en los concursos que tanto adoran los latinos; sino que se puede ser diferente y que el cabello también es una manera de expresar tu individualidad, aunque el mensaje sea: soy rebelde y no me importa.
Lo más descorazonador es cuando he ido al salón de belleza y me he topado con madres que hacen que le sequen el cabello a sus hijas, que no tienen más de cinco años. ¿Es necesario inculcarle a una bebé que hay algo que está "mal" con ella y que si no se somete a procedimientos químicos o llenos de calor, no se ve bien? El cambio viene desde casa. Trabaja en el autoestima de tus hijos. ¡Libérate y acepta los rizos!

Este post fue escrito meses atrás. Ahora mismo, estoy en proceso de dejarme crecer el cabello. Veamos hasta dónde aguanto.

martes, 25 de marzo de 2014

Los españoles nos siguen colonizando (o mis impresiones sobre mi nuevo empleo)

-No puedo creer que ganes sueldo mínimo. ¿Es en serio?
Aníbal me miraba en una mezcla de sorpresa y compasión. Ese martes por la noche noche me había atrevido a visitarlo para que hiciera su magia de números y verificara que todo estaba en orden en el papel que miraba con cierto interés.
-No es sueldo mínimo- refuté en un tono tan bajo que dudo que él lo haya escuchado. Solo quería que me dijera que en el "recibo de pago" (el último que aparentemente percibiría por la empresa donde trabajaba) estaba correcto. Discutir no estaba dentro de mis prioridades.
Para algunos, esta historia empezó un lunes, pero para mí tuvo sus inicios unos días antes. El viernes, mientras agarraba mis cosas para montarme en el autobús que me llevaría de Nueva Chirica a Alta Vista, mi celular sonó indicándome que había recibido un correo:
-He revisado a los candidatos y eres una de las que más me gusta. La próxima semana me pondré en contacto contigo.
No le presté demasiada atención. Llevaba casi seis meses en la búsqueda de un nuevo empleo, luego de un par de reuniones familiares con Natyarith, Yurey y Linoska (mi familia putativa) siempre con la misma conclusión: tienes que salir de ahí. Eres talentosa y te estás quemando.
Pero si no estaba en prensa, ¿qué iba a hacer? Recordé una conversación con una conocida hace un par de años donde le comentaba mis dos grandes intereses: el periodismo narrativo y las redes sociales, ambos distantes y tan amplios, que ella me decía que tenía que delimitar mucho más mi área de acción. 
Las posibilidades se mantenían. Si observan mi bio (esas letras de la derecha) dice que mi vida o mi carrera (ya no recuerdo) tiene dos caminos. Pues esos eran. La cosa era cómo llegar al punto de partida de ambos.
Me paralizaba otro detalle: hasta donde tenía entendido, mi lugar de trabajo era donde mejor pagaban a los esclavos de las letras. En esos seis meses acudí a a una entrevista en otro medio de comunicación regional y me ofrecieron un tanto menos de lo que ganaba.
-Yo no puedo pagarte lo mismo que allá. Mis periodistas se van a enterar y quiero que se mantenga la unidad.
Evidentemente, decliné a esa y a otras ofertas fuera de Guayana, donde si bien pagaban un poco más, no tenía los beneficios de "papi y mami", o dicho en otras palabras: tenía que pagar techo, comida, transporte y todo lo demás. 
-El sueldo es de cuatro mil bolívares... tampoco es que pagan mucho- me decía una de las entrevistadoras para un puesto de Community Manager en Caracas. Nada, estaba atada a la computadora del lugar donde pronto cumpliría tres años laborando.
El lunes, después de terminar de escribir y mientras esperaba el rescate de mis padres, mi jefa me llamó.
-Quiere verte.
Se refería a quien ahora estaba al frente de la empresa. Lo dijo con tal mueca de lamento, pena y sorpresa que me provocó un mareo inmediato. Si ella me llamaba había dos posibilidades: que las noticias fueran muy buenas (lo dudaba) y que me dijera las palabras que esperaba desde hace un tiempo. Una sonrisa, un "me encanta tu trabajo" y una amabilidad excesiva fueron las pistas para la frase final:
-Para nadie es un secreto los problemas que atraviesa la empresa... Hoy estamos saliendo con reducción de páginas...
El discurso fue mucho más largo. Yo asentí una y otra vez y me despedí dándole la razón. Le dije que comprendía las supuestas razones de mi despido/renuncia y aseguré que el martes, que era mi día libre, pensaría si debía firmar la propuesta que me hacían. Como era ilegal que me botaran (gracias a la inamovilidad laboral), la empresa debía "arreglarme" doble, aunque en la carta de salida figurara la palabra "Renuncia".
Sé que parece un cuento de película norteamericana, pero justo cuando salía con una hoja llena de números que debía estudiar, mi teléfono volvió a sonar:
-Hola, Lilihana. ¿Podemos hablar hoy?
Era el mismo emisor, un responsable de un trabajo del que sabía poco y donde había metido mis papeles por simple curiosidad. Es que, la verdad, había algo que no me cuadraba. El anuncio era de España y reflejaba el sueldo que la compañía estaba dispuesta a pagar. La cifra era grande... digamos que tenía un cero de más. Me imaginé varios escenarios: que se trataba de un timo o que quien había puesto el anuncio, se había equivocado al escribir los números.
-Si es español, se lo creo. Al cambio, eso no es nada para ellos.
Aníbal me explicó nuevamente lo que era la devaluación (JA) y cómo nuestra moneda no valía nada. Me animó a escuchar y aceptar la propuesta, aunque creo que le interesaba que renunciara sin resistirme. Entre él y mi hermano me aconsejaron sobre qué camino tomar y cómo actuar.
-Recuerda que no has firmado nada. Sigue yendo a trabajar normal.
Ese martes todo jugó en mi contra. Aunque intenté entrevistarme vía Skype con mi potencial jefe, el cambio de horario no nos ayudó. Prometí que el miércoles en la mañana (mi mañana) nos veríamos las caras, aunque a través de un monitor. Para sorpresa de la mayoría de mis entonces compañeros, ese día fui a trabajar.
Tenía listas unas declaraciones para un trabajo especial sobre los derechos de los animales. Podía sentir las miradas y los murmullos (algunos poco disimulados), encendí la computadora, abrí el documento de Word y escribí como si no hubiera mañana. El texto llevaba más de ocho mil caracteres cuando el entrevistador me escribió: ¿Estás lista?
Lo primero que detectó es que todavía tenía trabajo porque le decía que no podía hablar, sino escribir. Aclaró que el puesto era para tiempo completo y que necesitaba que renunciara de inmediato, porque de ser seleccionada, debía empezar el lunes. Le dije que no había problema, que casualmente estaba cerrando las relaciones con esa empresa. 
Me preguntó si sabía algo de posicionamiento web y le dije que me interesaban las redes sociales, pero no tenía idea de nada más. Hablamos de blogs, mi experiencia como periodista, mis capacidades en otras áreas y me prometió considerarme para el empleo. Recalcó el sueldo que ofrecía. No había equivocaciones en el número. También dijo que me avisaría pronto.
"Pronto" me pillaba demasiado lejos. Necesitaba un ahora porque de eso dependía mi respuesta en recursos humanos. Cuando estuve cerca de llegar a los doce mil caracteres (los animales tienen mil derechos violentados, por cierto), me volvió a escribir.
-Lilihana, me decidí por ti.
Recuerdo que miré a los lados. En los periódicos, es poca la gente que se queda durante la mañana y aunque mi impulso era abrazar a alguien, no quería compartir una noticia de esa índole con cualquier persona. Mientras hacía un "happy dance" mental, vi como uno de mis fotógrafos favoritos se cruzaba por el pasillo.
-¡Ven acá, ven acá. Necesito abrazarte!.
Él me ofreció un café para hablar de lo que sucedía. Yo le hablé vomitando las palabras, emocionada por lo que sucedía. Horas después, informaba que aceptaba el trato con la promesa de que si las cosas mejoraban, me llamarían para recuperar mi empleo. Respondí que estaba a la orden casi con tristeza para seguir el juego de mentiras. Bajé las escaleras y me largué.
No voy a mentir. Me moría de miedo de que mi nuevo empleo fuera un gran mentira. Me preocupé cuando mi jefe me avisó que el pago era mensual y se hacía efectivo el 10 de cada mes. Eso suponía un mes y medio trabajando ocho horas diarias, en el que estas personas podía desaparecerse sin pagarme un céntimo.
-Ve lo bueno. Te dio el impulso para salir de allí- me decía mi hermano mayor. En esos momentos, confiaba en él completamente. El doctor de la familia, ahora padre de dos hijos, había tomado malas decisiones de índole profesional y en ese punto, me hacía entender que la pasión por las letras era hermosa, pero no pagaba las cuentas.
-Yo viví todo eso. Es muy bonito cuando sales de la universidad. La vida es diferente.
Yo tenía ejemplos palpables a mi alrededor. En los escasos tiempos libres solía preguntarme cómo sobrevivían algunos colegas mayores que yo, casados y con hijos. Muchos de ellos ganaban menos que yo. Las historias detrás de todo aquello me eran impensables para mí misma y para la familia que decidiera formar (si es que eso ocurría).
Durante el primer mes en mi nuevo empleo, entendí que el diarismo es como una droga, al menos para algunos, grupo en el que me incluyo (o incluía, tal vez). Te golpea y uno sigue allí, pegado a la libreta y a escuchar las historias de los demás para plasmarlo en un intento de que su voz sea escuchada. Es irónico también como la nuestra suele silenciarse en los medios para los que escribimos. 
La situación del país no me ayudó demasiado. Leía en Twitter lo que ocurría en la ciudad y me provocaba salir a la calle y desmenuzar momentos.
Cuando recibí mi primer sueldo, adquirí una nueva perspectiva. Salí a comprar regalos para mis sobrinos y para mi madre y le di lo que hubiera sido una quincena en mi trabajo anterior, para gastos de la casa. La satisfacción es increíble. 
Me divierto con la mayoría de mis nuevas tareas. Siento que soy una niña que nuevamente aprende a caminar y eso me hacía falta: la sensación de nuevos retos. Mi jefe me regaña por mi lenguaje americano. Ya no escribo "auto" (que la verdad, aquí se dice carro), sino "coche". Hoy escribí: "Todos estamos claros que" y el regaño fue inmediato. 
También estoy aprendiendo un lenguaje nuevo, el de las redes sociales, las páginas webs y demás. Hace poco estrenó la primera web que ayudé a construir. Es otro mundo.
Ya no vivo pendiente del teléfono. Antes no salía sin él, más cuando cubría sucesos, pendiente de que alguien me llamaría para darme alguna información o comunicarme de una pauta, en el caso de comunidad. Me he tomado el atrevimiento de ir a un centro comercial y dejar el celular en casa. Después de las tres de la tarde, realmente se acabó mi trabajo.
Las letras me siguen llamando. Por allí surgieron unas propuestas de las que pasé y estoy emprendiendo algo junto a una amiga. Tengo mi blog (abandonado, pero lo tengo) y por aquí seguiré escribiendo cada vez que pueda.  Cargo una lista de temas que quiero profundizar y reportajes que debo escribir. Solo necesito ajustarme y recobrar energías porque no he tenido vacaciones desde hace más de un año. 
Hoy mi jefe me comentó que va a ampliar nuestro equipo y que seré la supervisora. Tendré un aumento, nada mal para un día en el que la devaluación te asfixia. 
Quiero dejar en claro que no escribo esto con intenciones ocultas, ni me interesa desprestigiar a nadie. Lo hago porque sé que hay otras empresas españolas que están "llegando" a Venezuela con el mismo procedimiento. Hace poco me enteré de una que se instalará aquí en Puerto Ordaz y le pasé la información a un par de amigos. Los sueldos son bastante mejores que lo que se encuentran en las redacciones. 
Alguien me decía que tenía miedo y que cambiar de trabajo era arriesgarse. Le respondí con una frase que todavía me repito en la mente: los periodistas estamos acostumbrados a ganar mal. Si alguien nos ofrece algo distinto, dudamos. Creemos que es mentira. 
Espero que mi experiencia le sirva a quienes estén en proceso de entrevistas con la Madre Patria, para que dejen el miedo de lado y tomen el empleo. También espero que quienes necesitan y realmente quieren algo diferente, tengan la misma suerte que yo, que ese miércoles en la tarde, justo antes de dar el "acepto y chao", llamé a Aníbal para contarle todo. Después de los aplausos, las felicitaciones y los buenos deseos, cerró la conversación con un de sus líneas molestas, pero verdaderas:
-Al menos no vas a seguir ganando mínimo. 
¿Y cómo refutarle?

viernes, 7 de febrero de 2014

Cuestión de perfección

Miré de un lado a otro ese minúsculo e inmaculado espacio, seguramente esperando que la regadera me diera la respuesta. Me estaba muriendo de ganas de hacer pipí y afuera de la puerta de madera estaba mi amante, esperándome para una sesión de caricias (creo yo) después del primer round en aquella habitación de hotel. No se me ocurrió otra cosa que tocar el frío metal del grifo del lavamanos y abrirlo. El sonido disimularía el del chorrito que salía de mi cuerpo.
Si no fue la primera, fue la segunda o la tercera vez que estábamos juntos. Daba igual, la cosa iba empezando y yo tenía que demostrarle su fortuna por estar conmigo. Porque una novia perfecta se despierta con aliento a menta, el cabello perfectamente peinado, la manicure y la pedicure intactas y claro... ni mea, ni caga.
Con el pasar de la relación, te das cuenta que las cosas no eran como te las pintaron. Del inicial "elige tú la película", "comemos donde tú quieras", pasamos al "no quiero ver esa porquería de acción" y "vamos a comer en Fridays... ¡FRIDAYS, HE DICHO!". 
El tipo te mira en tres y dos, preguntándose dónde quedó la mujer de las primeras citas, esa a la que no le importaba que bebiera con sus amigos los viernes en la noche y llegara tarde a la salida del sábado en la mañana.
La cosa llega hasta otros ámbitos. Lo vivo ahora mismo, en mi nuevo trabajo. Se trata de un grupo español que posiciona páginas webs y marcas. Contratan colaboradores en todo el mundo. 
Me decía mi jefe en la segunda entrevista: tú decides a qué hora llegas. Claro, mis colaboradores de allá suelen empezar el trabajo a las seis de la mañana.
¿Seis? Yo a esa hora estoy teniendo mi último sueño. Pero nada, uno tiene que demostrar que está agradecido por la oportunidad y que merece el sueldo. Ya pensaba en el discurso que me lanzaría:
-Oye, si me necesitas a las seis, estoy a las seis. Que digo a las seis. ¡Mejor a las cinco!
Afortunadamente, Jesús (mi  jefe) me dijo las palabras mágicas: "necesito es que estés despierta para que trabajes con ganas. Lo importante es que cumplas 160 horas mensuales".
Si no, me veía despierta desde las cuatro, café en mano o música rompe cristales, hasta que se acabara la magia y demostrara mis mañas y cuando se muestra esa cara, es cuando notas si el amor es verdadero.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El consuelo

A. escuchaba atenta mis desavenencias amorosas; esa capacidad digna de estudio que me ha hecho desperdiciar mis besos en los labios de los perdedores más grandes del siglo o peor, que el escaso arsenal de pretendientes resulte aún más risible para no llorar, salir corriendo a buscar una pistola y terminar con el sufrimiento de atraer pura gente que no sirve para nada (de acuerdo, me pasé de dramática). 
De repente, mientras estaba absorta en la historia y la necesidad de un cajero automático, escuché la frase que nunca me hubiera esperado.
-Lilihana... ¿de dónde sacas a esos hombres? Es que a mí no me cae nada.
Inserte usted el sonido de un frenazo y el olorcito de los neumáticos. Mi cabeza viró de inmediato y mis ojos se entrecerraron en clara señal de desaprobación, de "are you fucking kidding me?" y "¿estás borracha o qué te pasa?". ¿Qué no había dejado suficientemente claro que lo que levanto es pura basura y que no vale la pena pero ni aceptarles un café? 
Ella lo decía muy en serio. Ni un mensajito de "buenos días, corazón", ni un "qué bonita estás". A ella no le caía nada y "envidiaba" mi particular suerte amorosa. Caí en cuenta de algo: siempre hay alguien peor que tú, esa persona que te sube el ánimo con una vida más triste que la tuya.
No solo me ha pasado cuando se trata del corazón. Llevaba semanas quejándome del mísero sueldo que percibo, incapaz para independizarme o disfrutar de placeres frecuentes, cuando me topé con una "colega" en un autobús. Hablamos de cualquier trivialidad, hasta que me contó que daba clases en una universidad y se "resolvía" tutoreando tesis.
-Pero tú no debes tener tranquila. Donde estás te pagan muy bien.
Pensé que era una muestra de sarcasmo y le reiteré cuánto ganaba. Seguía maravillada, tal y como la community manager de una página web donde me ofrecieron trabajo semanas antes. 
-¿Vas a aceptar?
-Vamos a ver. Necesito dinero - le respondí.
-Bueno, a mí aquí me pagan buenísimo. Tengo muchos beneficios, me dieron una tablet... Estoy demasiado bien.
-Pues me alegra. Yo gano bastante mal.
Ella se ensanchó para decirme cuánto ganaba, es una muestra muy femenina de "mira lo bien que me va, perra". Su sueldo era un tanto menor que el mío y cuando se lo dije, se quedó helada.
-No chama, tú estás más que bien. Buenísimo.
Tuve una mezcla de sentimientos. Vergüenza por un gremio tan mal remunerado y conformista, aunque también alivio porque ella era mi consuelo. 
Supongo que yo represento lo mismo para alguien más; mi vida debe llenar de ánimo a muchísima gente, especialmente a esos que leen estas palabras por puro chisme. Pues mira, les regalo un "de nada". Se hace lo que se puede. 

viernes, 13 de septiembre de 2013

Ocultar es mentir

No me vengan con tonterías. Ocultar es mentir y quien dice que no, es porque miente/oculta cosas y no quiere sentirse mal al ser desenmascarado.
Cada vez que lanzo este comentario, sale alguien en mi contra, por lo general un hombre o mujer con un buen curriculum en poner cuernos.
Lo veo así. Andas con tu amante y llama tu mujer. Vas, le respondes, le dices dónde estás pero obvias el pequeñísimo detalle que tiene dos grandes tetas a tu lado. ¿Te sientes menos peor por eso? 
Disculpa, pero si te ves en la necesidad de hacerte el loco con algo, es porque no quieres que se sepa toda la verdad y eso, querido amigo, es mentir. 
Es igual como cuando tus padres odian a tu novio. Él viene como corderito a preguntarte qué dijeron de él y tu vas a contarle que dieron la bendición y hasta la plata para el matrimonio. Sí, hay que ser prudente y mantener estas relaciones con cuidado, pero insisto, en el momento que te guardas cosas por el supuesto bienestar de alguien más, te crece la nariz. Mentiroso, hipócrita, falso. La verdad es que buscas hacerte las cosas más sencillas a ti. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Legado (o el fastidio de estudiar en el mismo colegio que tus hermanos)

La única vez que pisé la coordinación de mi colegio fue por mala contesta: la norma de la institución era llevar falda plisada y mi mamá me regaló una de pliegues anchos que me encantaba. Un lunes, la profesora de historia me llamó la atención por ese detalle y me pareció tan ridículo que le eché una mirada de "¿es en serio, bitch?". El horror. Un día después demandaban mi presencia en la oficina de la "Coco", como le decían a la coordinadora del Colegio Caura.
-Nosotros nos caracterizamos por un lenguaje de respeto. Con "Lula" tuvimos una experiencia maravillosa.
"Lula" (el apodo de una de mis hermanas) se había retirado del Colegio Caura dos años antes y su "legado" me perseguía. Quien haya estudiado con sus hermanos debe comprender mi frustración. Es natural que surjan las molestas comparaciones entre profesores y alumnos; también ocurre que no puedes hacer nada, porque el chisme llega de inmediato a esa persona con la que compartes genes.
"Lula" y yo nos parecemos muy poco. Ella era la artista, la amante de los bailes, noviera, cabello largo, negro y liso, simpática y adorada. Yo... yo me metía en cursos de pintura, huía de los disfraces y las coreografías, tuve un único novio al que le gustaban los chicos, y mi cabello era (y sigue siendo) poco manejable. Ah claro, y soy odiosa; esa parte deliciosa de mi encanto...
Ahora, el legado/karma de "Lula" no fue nada comparado con el de César y Dayhana, mis hermanos mayores. En el Liceo Los Olivos se encargaron de marcar la reputación de magnánimos estudiantes; los niños de 20, los quema pestañas-come libros. Los conocían como los "Larita" y eran magnificados por los profesores.
Mal la pasó Adriana, la hermana del medio. Ella entró a Los Olivos cuando mis hermanos ya se habían graduado y su recuerdo permanecía intacto.
-¡Otra Larita! ¡Qué bueno!
La emoción se les fue en la entrega de las primeras notas. Adriana es una mujer muy inteligente, habilidosa para conseguir dinero y trabajadora, aunque con un grave problema: es muy floja. Eso de estar pendiente de las clases, ecuaciones y libros nunca fue lo de ella y "pisoteaba" la imagen de César y Dayhana cada día.
Uno creería que esas historias se olvidarían con los años, que la relación directa con la familia habría acabado. Error. Los profesores recuerdan todo y lo viví casi diez años después de la salida de mis hermanos de Los Olivos, cuando por fin me tocaba a mí entrar a "La Nasa" (como le decían al liceo) y pensé que podría hacer lo que me viniera en gana.
Recuerdo la primera clase de historia, dictada por el profesor Merchán. Dijo unas cuantas palabras y pasó la lista.
-Lara Arévalo... ¿tú eres hermana de César y Dayhana?
No podía creer su buena memoria. Respondí que sí y pasé a un marcado escrutinio por su parte y el resto de los maestros de la "vieja guardia", esos que vieron graduarse a los primeros "Larita". Comprendí que no podía huir a mi destino. Tocaba ser la misma Lilihana del Caura. La galla. Como si me costara mucho...


lunes, 2 de septiembre de 2013

El mejor regalo

Mi madre y yo tenemos una relación dura, básicamente porque tenemos muy pocas cosas en común. De ella aprendí a no ser muy efusiva y en alguna oportunidad le reclamé que "gracias" a ella, yo no sabía abrazar. Hemos tenido subidones y bajadas, temporadas de largas conversaciones y otras donde podemos pasar semanas sabiendo muy poco la una de la otra. Así soy yo y así es mi mamá.
Ojo, yo no dudo de su cariño en ningún instante. Mi mami me apoya, me cuida y está al pendiente de mí. No es raro llegar a casa y encontrar que acomodó mi cuarto o lavó mi ropa, más cuando sabe que trabajo dos semanas seguidas y casi no me da tiempo de nada. También sé que si le pongo ojitos del gato con botas, puedo conseguir muchas cosas. Me tiene bastante consentida, dirían mis hermanas y la verdad es que yo no lo desmiento. Soy su hijita menor.
Si hay algo que nos ha unido es la escasez de productos. En serio. No pueden imaginar lo amorosa que se puede volver mi madre, cuando llego a casa con papel higiénico, harina precocida o algún otro elemento de la cesta básica oculto en algún agujero negro político.
Las cenas más deliciosas me las he comido después de llevar un frasco de aceite o un paquete de leche. Me vuelvo la heroína por un día, la niña consentida, la "pida por esa boquita que usted consigue".
He de confesar que en mi cumpleaños, el mejor regalo que recibí fue el de Agnell. Era un paquete de harina de trigo. En estos tiempos, esas cosas son tesoros. Que lo regales significa que hay un vínculo de cariño, un lazo fraternal que se debe cuidar.
Es por eso, querido lector, que si llega el cumpleaños de algún amigo y usted se está devanando el cerebro pensando qué regalarle, le sugiero que se compadezca, abra su gabinete y saque alguito de lo que tiene guardado en los "en caso de emergencia, rompa el vidrio". Le aseguro que será alabado y recordado. Un tiro al piso.

lunes, 26 de agosto de 2013

Decepción

-Quiero hacerte el amor esta noche. Ven a mi casa.
Mi expresión facial cambió de inmediato. Era una mezcla de sorpresa, indignación y decepción, aunque el último sentimiento se llevaba los honores. ¿Por qué se portaba así? ¿Por qué este tipo al que le tendí la mano me hacía una petición tan insultante, así, con el aliento apestando alcohol, con las lágrimas a punto de emerger?
No podía sentir otra cosa que una gran molestia con él. Días atrás me contó que había terminado su matrimonio (arrejunte) y su ahora ex se había llevado todo, incluyendo a su hija. Lo vi devastado; el despecho en su punto máximo. Las horas que pasábamos trabajando me dedicaba a buscarle música animada, a hablarle de cualquier tontería e incluso, brindarle el almuerzo porque ya no tenía "mujer que lo atendiera". No sabía yo que los "deberes maritales" que estaba adquiriendo también pasarían al plano íntimo.
Me di cuenta cuando lo invité a una fiesta. Quería que dejara de pensar tonterías, que se relajara, bailara y se olvidara del mundo. Esa noche me pasó buscando a mí y a otra compañera de trabajo. El alcohol corría por las mesas y la música eclipsaba los oídos. Bebió, bebió y bebió y se transformó. Mi amigo quería mi compañía.
No voy a negar que me gustaba. Me parecía muy lindo y simpático, pero me sentía incapaz de llevar una relación de una noche o ser el plato de segunda mesa de alguien (sí, así pensaba antes). También estaba el hecho de que era virgen y no iba a acostarme con el primer idiota que se me parara en frente.
Le dije que no, una y otra vez. Pensé que la locura se disiparía con las horas y me di cuenta de mi error cuando llegó el momento de irnos a casa. Él tomó la dirección contraria hacia su habitación. Volví a negarme, exaltada, molesta, fastidiada.
Mi respuesta no le agradó demasiado. Manejó a toda velocidad y negó todo intento de conversar cuando llegamos a la puerta de mi casa. Apenas me bajé, el motor de su carro rugió con fuerza. Recuerdo que corrí a mi cuarto, directo a mi cama y me eché a llorar. La mañana siguiente, le conté a una amiga el mal rato.
-Háblalo con él. Enfréntalo.
Intenté hacerlo. Él resolvió evadirme. Creo que ese fue el punto más decepcionante: que hiciera como si no hubiera pasado nada; que mi amistad no valiera ni siquiera una disculpa. De inmediato, el cariño se fue al demonio y la voz interna tomó fuerza: "los hombres solo buscan sexo. No puedes confiar en ellos". Y la voz crecía y crecía y crecía... 


lunes, 19 de agosto de 2013

Buena amiga... (y la bachata en mi Iphone)

"Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces", reza el dicho, pero es que yo soy buena amiga y lo demás es cuento. Llego a ser tan preocupada (cofcofmetichecofcof) que no duermo pensando cómo resolver los problemas de los que quiero, probablemente en una búsqueda desesperada por huir de mis propias dificultades.
En fin, a lo que vine. Si alguien sabe cómo es ser buena amiga, soy yo y lo demostré en el liceo, con Eliza, mi vecina. La conocí sin conocerla por darme varios sustos en un país aterrorizado por la delincuencia. Pasaba que cada vez que iba a la bodega a comprar algo de último momento, veía una camionetica estacionada frente a mi casa. De inmediato me hice novelas mentales. "Nos van a robar". Y pasó una noche, otra noche y otra noche y la camionetica seguía allí, parada frente a mi casa. Me enteré después que Eliza estaba dentro, padeciendo los síntomas del mal del autobús, léase, esa capacidad de levantarse (y tener algo) con los colectores y choferes que la llevaban a casa.
Cuando empezamos a estudiar juntas, fui testigo cercano de su mal. Salíamos de clase y esperábamos que llegara el conquistador de turno para dar la misma vuelta varias veces por la ciudad. Se nos iban las horas entre conversaciones absurdas, los gritos de parada, el "noooo, no es amor, lo que tú sientes se llama obsesión" de un grupito bachatero que empezaba a sonar, las frutas brindadas que compraban en el semáforo y las lágrimas de ella cada vez que los infelices esos la trataban mal.
Ojo, no me quejo. Ser buena amiga es pagadero. Lo supe un año después, cuando Marisela era mi nueva "compinche", con la diferencia que su vista se iba hacia los uniformados. Ella era tan buena y dispuesta en premilitar, que llegó a ser brigadier; cargo importante si eres un gallo (como yo lo fui) o una pena si eras normal. Además de eso, logró congraciarse con el guardia que mandaron a mi colegio y dicen las malas lenguas que hasta había algo entre ellos. 
A mí nunca me dijo nada y tampoco era mi problema. Lo bueno de esa relación, fue que me permitió pasar con muy buenas notas pruebas que nunca tomé. Lo mío eran las letras; el examen escrito era pan comido. Cuando hablaban de lanzarnos al cerro "El Chupi", echarnos en el piso, ensuciarnos... allí sí que prefería llamar a un abogado, que en mi caso era Marisela. Con un simple mensaje de texto y una excusa barata, pasé con 19 una evaluación de la que aún hoy hablan mis compañeros de clase y que yo viví desde mi cama, con las comiquitas de esa mañana.
No me arrepiento, la verdad es que no. De aquellas épocas guardo toneladas de risas y la satisfacción de lograr manipular ciertas situaciones a mi antojo. Lo malo es que me quedó cierto gustico por la bachatica que oculto en mi Iphone. ¡Eso de ser buena amiga no siempre es bueno!




miércoles, 7 de agosto de 2013

Las películas que no vi (o lo que hay detrás de una invitación a ver películas)

Él propone. "Podemos ver una película en mi casa". Una se tensa. Porque es así, en temporada de conquista, ver una película significa hacer de todo, menos verla. Se te pueden quedar las cotufas, pero que no se te olvide depilarte y llevar ropa interior decente. Esa tarde, la ovación se la llevan ustedes.
Las excusas se consiguen donde sea: el cine siempre está repleto o es muy caro y nunca falta el "no puedo creer que no hayas visto esa película. La voy a descargar".
En mi caso, perdí la cuenta de las películas que dejé a medias o simplemente no vi. Recuerdo muy bien Melancholia de Lars von Trier, de la que supe muy poco. Las letras pequeñísimas, mi limitada visión y un par de manos en proceso de aprendizaje no me permitieron disfrutar de la galanura de Kirsten Dunts, una de mis actrices favoritas. Tampoco supe qué sucedía con Leo Dicaprio en ¿A quién ama Gilber Grape?. Allí se juntaron subtítulos mal pegados, el ansia de una beso y una crisis familiar ajena.
No tengo ni idea de qué va The Perfect Game. Fui víctima de unos besos succionadores, molestos e incómodos que afortunadamente acabaron con el repique de mi teléfono y un afortunado correr de la hora. Tuve que repetir toda la primera temporada de The L Word a solas. Las historias me las interrumpió el deseo y la carrera por un orgasmo que nunca llegó.     
Las horas de arte y cultura se pierden en labios equivocados... unos recuerdos son mejores que otros. Así es la vida. 

lunes, 5 de agosto de 2013

Maldito Candy Crush

Uno lo ve de lejitos y critica. "Otra vez una petición para el jueguito ese", lanza. Pide de todas las maneras posibles que no le manden solicitudes, pero qué va, no paran de llegar. Dice que quienes se la pasan jugando son unos sin vida, una gente sin oficio, unos inútiles... y entonces cae. Porque bueno, si todo el mundo habla de eso, hay que meterse para ver qué es lo que es. 
Mírame la estupidez esta de Candy Crush, más gay y me mato. Un montón de caramelos y una voz que te sale con "Divine". Tres días después lo has descargado en tu teléfono y en la oficina lo juegas en tus tiempos libres. Eres un adicto, le lloras a tus conocidos por vidas y estás a un paso de regalarles papel higiénico a cambio de que te ayuden a pasar de nivel. Salen donas, chocolates... Es todo un espectáculo de colores. Te jactas. "Yo voy en el 102 y sale un papa upa". Impresionante.
Lo mismo pasó con Apalabrados. Le pedí a medio mundo que lo descargara y nadie me prestó atención. Para cuando se me había pasado la fiebre, había hasta camisas con el tablero y un montón de adictos que en lugar de leer una párrafo, iban haciendo conexiones mentales para transformar las letras y ganar más puntos.
Mi problema es que siempre pierdo. Nunca he sido buena con ningún juego. No soy tan lista para inventar una palabra. Me da flojera, me frustro y declino. Fui buena en Song Pop, pero la droga se me pasó cuando me quedé sin megas y sin WiFi. Cuando recuperé conexión, fue como volver a besar a un ex: se hacen ojitos, puede que tiren, pero no será lo mismo.
Con Candy Crush caí en la vena derrotista. Dos semanas en el nivel 30 me hicieron claudicar. Le pedí a una conocida que lo pasara por mí y tampoco pudo. Allí quedo. Ni lo abro. Esperaré la fiebre por el nuevo juego de moda. Los veo de lejitos con su "Divine".

lunes, 8 de julio de 2013

Profesora

Cuando más de la mitad de mi salón salió aplazado en inglés y la profesora ofreció repetir la evaluación, mi amigo me pidió ayuda. Como los idiomas se me daban demasiado fácil y tenía un 20 seguro en cada examen, accedí.
Nos vimos la tarde antes de la prueba. Llegué a su casa con mis libros y mis guías de ejercicios y noté rápidamente que su problema era de base: no tenía idea de qué era el verbo to be; que he o she se conjuga con is y que they y you van con are.
Antes de enseñarle cómo decir "estoy vistiendo mi uniforme escolar", era necesario que supiera construir una oración básica y se nos fue la tarde en ejercicios de ese tipo. Me fui a casa derrotada porque el tiempo no nos había alcanzado para mucho.
Al día siguiente, esperé dos horas fuera del salón mientras volvían a hacer la evaluación. La profesora daría la nota en ese mismo momento.
-¿Cómo saliste? - le pregunte al muchacho en cuanto me lo topé de frente.
-Saqué 02.
-Bueno... es que realmente tienes problemas con inglés.
-Lilihana, había sacado 03 en el examen anterior.
-Ahm... por lo menos ahora sabes más.
-Lilihana... -mi amigo me lanzó una mirada de fastidio- era exactamente el mismo examen. Por favor, nunca des clases.
Y aquí estoy. Ahora doy clases.

miércoles, 3 de julio de 2013

Citas costosas (y lo que buscan los hombres con ellas)

Un café, una cena, una salida al cine. Las relaciones empiezan de la misma manera.  El problema es que la economía del país a duras penas nos permite comprar comida y uno debe ingeniárselas para ganarse el corazón de la otra persona.
El café mejor te preparo en casa, con canela, nuez moscada y la leche tibiecita; la cena también en mis aposentos, que me boto preparándote unas arepas, un pancito, unas empanadas. Una se las ingenia.
Para el cine, la opción más económica es comprar las pelis (o descargarlas), poner unas cotufas en el microondas y verlas en casa. Claro, eso también está bastante cerca de una invitación sexual y para que no te escupan en la cara, mejor vas a la opción B: ir el lunes o el jueves, cuando la entrada es más barata.
Como todos saben este "truco", es toda una odisea conseguir entradas. Hay que ir al mediodía o comprarlas por tarjeta de crédito, también temprano. Caso contrario, olvídese. La otra dificultad es que se encontrará con una sala llena, nada sencillo para hacerse el cansado, pasar la mano por detrás de la espalda de la chica e intentar el acercamiento previo al beso.
Nada, si a usted de verdad le gusta esa mujer, tendrá que sacar platica, pagar las entradas y las chucherías y ruegue que el sacrificio valga la pena. A nosotras nos queda identificar las señales de cómo el susodicho quiere que retribuyamos la invitación.
Para las despistadas, formé entonces una escala de qué buscan los hombres al "desembolsillarse" una entrada. Si la llevan a la sala regular, un besito será suficiente y eso si le brindaron el refresco, las cotufas y los tequeños. Tampoco se trata de entregarse tan fácilmente.
Una película en 3D debe acercar las manos más rápidamente. Eso sí es beso seguro y cariñitos. No sea mala gente y responda los mensajes del día después, que el tipo está haciendo un esfuerzo, aunque chiquitico.
Ahora, si la invitación es la la sala premium... yo le sugiero que se depile. No se ofenda y saque cuentas: entradas en día regular, más dulces y la posible cena... a una persona que gana sueldo mínimo le representa un buen golpe. Luego no diga que no le advertí.

viernes, 28 de junio de 2013

Tan bonita y sin novio...

El dulce flirteo siempre se estrella con el mismo comentario.
-Bueno, te escribo, si es que a tu novio no le molesta.
Pueden cambias las circunstancias, pero el fondo siempre es idéntico. Se trata del: estoy preguntando sin preguntar para ver si tienes novio, pero sin que te des cuenta que quiero saber que tienes novio, porque me han enseñado que a las mujeres hay que metérseles por debajito o me convierto en un sin chance.
El problema, queridos hombres (y algunas mujeres), es que no cambian el esquema y cada vez que salen con el mismo "tan bonita y sin novio", a una se le caen las expectativas al infierno. Cosas del estrógeno. ¿Qué se le va a hacer?

martes, 25 de junio de 2013

Malas palabras (y otras muy refinadas)

-Me siento mal. Fui al baño, hice del dos y todavía me duele el estómago.
Reí internamente. No es que la desgracia de mi amiga me hiciera sentir bien, es que era imposible evitar  la carcajada cuando mencionó un número para referirse a una necesidad fisiológica. Lo mismo me pasó más temprano con un amigo.
-Me siento mal.
-¿Y eso?
-Me vino el periodo.
-Ahmm... Demasiada información.
-Tú preguntaste - le dije. ¿Es que acaso soy la única mujer a la que le viene la regla?
La verdad es que no soy yo la indicada de hablar de los eufemismos que hacen más bonita la verdad. Mi boca se niega a pronunciar pipe, huevo (o güevo), cuchara, papo y demás expresiones para hablar de las partes íntimas.
-¿Y cómo les dices?
Armando, mi jefe, disfruta hacerme esa pregunta que no tiene respuesta. No la tiene, porque la verdad es que no sé cómo llamar al pene y la vagina más allá de las dos palabras anteriores que parecen dichas por un niño de seis años.
Este fenómeno de maquillar las palabras no es exclusivo a esas cositas que nos enseñan a no decir cuando somos niños. Ahora se extrapola a las personas que consideran que su trabajo no es suficientemente digno o que si le dan un nombrecito de caché podrán cobrarte un poquito más. 
Tenemos entonces a la gente que vende cupcakes, en lugar de ponquecitos; los community manager, que en realidad están metidos en la computadora y el teléfono; y los que preparan sandwich o emparedados en el peor de los casos.
Estas personas usan lipstick y blush al maquillarse (o es lo que le compran a sus novias, que también es válido) y se van por las noches a comer sushi y carpaccio en una cata de vinos. Una cosa sí les digo. Después de los atracones, todos terminamos en el "inodoro" para cargar y mear (¡uff, lo dije!).

viernes, 21 de junio de 2013

Peleas de ricos

El hombre se metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón. Quienes estábamos alrededor dimos varios pasos atrás, abriendo paso al coliseo romano que estaba por formarse.
-¡Aquí fue! - gritó mi voz interior, acostumbrada a las tánganas por tantos años de cubrir sucesos. La diferencia es que estos contrincantes no eran gladiadores menores; esta vez era gente de "alcurnia".
La mañana de ese sábado se celebraban las elecciones regionales de Fedecámaras; un conglomerado económico que parece importarle mucho a la "gente bien", pero que al ciudadano común le vale un demonio. Estaba allí por pura cuestión de azar; una cartucho de último momento de alguno de mis jefes, que me lanzó a mi fuente más temida; la que no leo demasiado porque apenas entiendo los títulos.
La noticia más importante de ese día, la de abrir, la del llamado y la foto en primera, eran las fulanas elecciones. El lugar de encuentro era un edificio bastante viejo, lleno de gente encopetada y bien vestida que lanzaba improperios en jerga de abogados para mostrar su educación y la inconstitucionalidad de la votación.
Un grito, otro grito, la respuesta y más palabras. Quienes no tenían verdadera vela en el entierro (más allá de algunos intereses nada ocultos), también empezaron a emitir opiniones a viva voz.
-¡Pero déjalo hablar! ¡Cállate, vale! Por eso nadie te soporta, siempre te metes.
Error. El personaje atacado se levantó de la silla, gritó cuatro cosas más a quien estaba cerca y me puso a temblar con su movimiento "malandrístico". Yo pensé, estaba segura y juraba que el tipo iba a sacar una pistola. Al descubrir su mano había algo mucho más pequeño: un teléfono celular.
-¡Yo hago una llamada y te destruyo!
¿De pana? Mi yo interno pasó el resto de la mañana riéndose con tal tontería. "Una llamada y te destruyo". ¿De pana? Ojo, yo no dudo que sea totalmente cierto, que una llamada sea suficiente para que alguien se enfrente a sus karmas pasados y futuros, pero insisto, después de dos años haciendo sucesos, escuchar eso fue tener material para el chiste de la semana.
-¿Y entonces? ¿Qué te pareció hacer economía? - me pregunto la titular de la fuente días después.
-Prefiero hacer sucesos. La gente es más sincera...




lunes, 3 de junio de 2013

Información innecesaria

La etapa estudiantil está llena de información innecesaria. Que no vengan a joderme, en esos años a los alumnos se les enseña un montón de cosas que no volverán a utilizar en su vida. Que sí, que hay que saber cómo funciona el mundo tipo: las plantas hacen fotosíntesis y nos facilitan la respiración y la lluvia es producto de agua de ríos, mares y lagos que se condensan en las nubes y no cae por la magia de los Dioses. Hasta allí nos entendemos, pero ¿qué hay de el montón de ecuaciones matemáticas que no sirven para nada? ¿qué tal las explicaciones de química que no se vuelven a emplear?
-Tú estudiaste comunicación. A ti te interesaba Castellano. A los ingenieros les sirven esos datos.
Falso. De inmediato le refuté el argumento a mi amiga y lo hice con una base sólida: los números de oxidación.
Porque sí, quienes se dedican a los números pueden emplear ese montón de operaciones que yo jamás entendí y que cuando le ponían letricas, lejos de hacerme sentir en casa me complicaban más (¿qué locura es esa de dividir a entre b?), pero yo nunca he escuchado de alguien que utilice los benditos números de oxidación de la tabla periódica.
Para quienes hayan olvidado estas combinaciones mal habidas, los números de oxidación son lo primeritos que te dan en clase de química: Química es; estos son los elementos químicos, estas son sus letras y estos son sus números de oxidación. Ahora, yo profesor no tengo nada más que hacer y le ordeno que se aprenda todo este montón de tonterías para un examen.
-¡Gran vaina, Lilihana! Igual que todos nos copiamos eso.
ERROR. Yo me los aprendí. Yo, que era la galla del salón, me dediqué toda una noche y parte de una mañana a repetir mentalmente los fulanitos números del demonio; a tatuármelos en la cabeza y hasta, de paso, sacarles una cancioncita (y no, no exagero).
Sí, saqué 20 en ese examen, pero ¿qué pasó con eso? Después vimos fórmulas, óxidos, radicales libres, positivo, negativo y no sé que más y llegamos a la hermosa Química Orgánica de quinto año para darnos cuenta que los numeritos no servían para nada. Nunca los volvimos a utilizar.
Esa información no hace más que cubrir un espacio en el disco duro cerebral, que bien podría estar liberado o amalgamado con detalles más importantes del estilo: ¿cómo preparo el aderezo de la ensalada César?
Pero nada, acabo de cumplir 26 años con esos recuerdos allí, sin servir para nada. Esa información debería ser eliminada del plan de estudios escolar o venir con la nota: ÍTEM PARA JODER A LOS ALUMNOS, y avisarles a ellos que no les servirá de nada. Así ellos ven si se los quieren aprender o por el contrario, tendrán una excusa más sólida para explicar el cero a los padres. En dado caso, se puede armar un plan macabro para que sea información importante al abrir una cuenta bancaria o que sirva de contraseña para entrar a una sociedad secreta. ¿Será que la hay y todavía no me han avisado?

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Dedicado a Alesthea, porque estoy contigo. 
¡No a los castigos por raspar química!
PD: ¡Ponte a estudiar!

viernes, 31 de mayo de 2013

Quiero ser farandi

Cada vez que digo que quiero ser farandi, las mujeres me lanzan miradas de profundo reproche. La verdad es que no puedo evitarlo; es un sentimiento más fuerte que yo.
Me remitiré al portal TuBarranco.com para iniciar mi disertación. Allí explican que "las farandis mujeres tienen todo operado: senos, nalgas y nariz. Además usan extensiones en el cabello, uñas postizas de 3 cm de largo y sólo se quitan los tacones de 15 cm para meterse a la playa". Sé que soy defensora del poder femenino, aunque tras 26 años en un cuerpo no agraciado, la idea de estar hermosamente operada no me molesta demasiado. Es que estar buena debe ser maravilloso y si yo lo fuera una de esas mujeres explotadas, lo aprovecharía al máximo. 
Primero, tendría BlackBerry. Actualizaría el PIN con fotos sugerentes para que los hombres me recuerden y en el momento menos pensando escribiría un "Quiero sushi!!!". Con el delicioso pescadito crudo tan caro, la felicidad de que te lo regalen se sentiría en mi bolsillo. 
El rango de las finanzas es amplio: cafés, salidas al cine y cuanta actividad "cultural" se me ocurra correría por cuenta de otros, buenísimo para esta temporada de ahorro que es cada vez más difícil. 
Si estuviera buena, cumpliría una de mis más grandes fantasías: participar en el Miss Venezuela. No tiene nada que ver con la satisfacción de ser la mujer más bella del país, ni nada por el estilo. Es que hay algo que me llama en el: "¡Buenas noches, Poliedro de Caracas!". Después de decir eso, saldría corriendo a comerme una hamburguesa.
No dude nunca que ser farandi le abre muchas puertas. Una sonrisa, un escote, una cosa... Es facilito pagar sin hacer cola, entrar a lugares donde prohiben el acceso e incluso, huir de los policías matraqueadores.
Pero la realidad es que no estoy buena y dudo que algún día lo esté. Me toca vivir en este cuerpo, estos senos, estas nalgas, esta nariz; mi cabello sin extensiones, mis uñas cortísimas y mis pies planos que no aceptan tacones por más de una hora. 
Dicen por allí que debería ser súper amable, risueña y simpática para compensar mi desgracia. Por eso doy gracias por ser inteligente. Me da una media carta blanca y abierta para lanzar mis comentarios sarcásticos. Sino, mi vida sería de verdad sería triste.