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viernes, 9 de febrero de 2018

Aquí no viven gordos


El sonido del chisme vespertino invade mi sueño.
-Esa señora ni sube las escaleras. Trabaja allí en la computadora todo el día y está muy gorda. Por aquí hacen ejercicio en las mañanas. Le voy a decir porque ¡imagínese!
Finjo que estoy dormida porque sé que mi esposo no lo está. También sé que ella, mi nueva casera, habla de mí con mis ahora vecinos, a quien nunca les he visto la cara. Pretendo que no escucho para no tener una conversación incómoda con mi pareja. Después de todo, ¿a quién le gusta ser el animal del circo de chismes de la vecindad?
Pero es inevitable. Estoy en un lugar pequeño en el que cada respiro se escucha en la habitación contigua. He escuchado a mis vecinos pelear, gemir de placer y cómo no, cagar. Estoy segura de que ellos también me han oído en las mismas.
Intento no molestarme; ver el lado positivo de la vida. Quizá mi casera realmente está preocupada. Es que tiene razón, estoy muy gorda.
Lo estoy desde que nací. En mis fotos de bebés salgo llena de rollitos, de esos que encantan tanto cuando apenas balbuceas, pero que se convierten en un problema cuando te conviertes en adolescente. "Eres gorda de nacimiento. Nunca vas a rebajar", me dijo una compañerita de clases cruel de turno. Aparentemente tenía razón porque a mis 30 años, peso más de 100 kilos y mido 1,63. Mi amor por los dulces y la afición de mi esposo de comer chatarra colaboran en la causa.
Intento no prestarle atención, más allá de lo obvio. Pretendo pasar desapercibida entre la gente (cosa difícil cuando eres tan redonda) y evito ciertos comentarios y chistes que pondrían en evidencia mi obesidad. A veces soy yo quien trae el tema al colación y me río al respecto: "soy puro tamaño, nada de fuerza", le decía a una vecina en estos días quien se echó a reír. La gorda graciosa es mejor que ser la gorda amargada. Misión cumplida.
Cuando finalmente finjo despertar, mi esposo me pregunta si he escuchado algo. "Nada, estaba dormida", miento. Él sale a cocinar y de inmediato es invadido por mi casera:
-Le iba a decir... su esposa está muy gordita. Aquí en la cancha hacen ejercicios todas la mañanas. No es bueno que esté así. Yo tengo más de sesenta y míreme lo delgada que soy.
Él regresa con el desayuno y ya no puedo mentir. Mi habitación queda justo frente a la cocina. No tengo salida.
Pero mi esposo decide ilustrarme mucho más. El día anterior estuvo hablando largo y tendido con la mujer en cuestión y ella le contó el aparente origen de su "gordofobia". Hace unos años, un hombre pasado de peso, que vivía alquilado en una casa vecina, murió de una infarto. El cadáver lo descubrieron varios días después. Como era de esperarse, la habitación apestaba y fue necesario transportar el cuerpo con todo y colchón. La pobre mujer quedó aterrorizada ante la idea de que algo así pudiera ocurrir en su casa.
-Aquí vivía una mujer que también trabajaba en casa. Nunca salía de esa habitación y estaba gorda. Respiré cuando se fue.
Se puede decir que entiendo su motivación, pero no deja de ser una patada en las pelotas que no tengo. Verán, en 30 años, ser gorda me ha valido muchos rechazos. Los chicos se cansaron de hacerlo una y otra vez, incluso cuando mi intención era solo una amistad. De hecho, mi apariencia también me valió la reprobación de la familia de un amigo, quien ese día decidió presentarme como su novia en una broma infantil. Aún recuerdo el "no, ella no", que pronunció una de sus tías tras mirarme de arriba a abajo con total asco. Qué decir de aquella pareja que, una vez finalizada la relación y en medio de un tumulto de insultos, me confesó que sus amigos siempre hablaban de mí y le preguntaban si no le daba asco acostarse conmigo.
Ser gorda también me valió burlas en mi primer día de pasantía en un periódico regional. Meses después, un compañero fotógrafo me lo confesó: "bueno... dijimos que eras muy gorda". Y aunque nunca me ha pasado (hasta ahora), mi peso probablemente me limite a obtener algún otro  trabajo porque buena presencia también significa estar delgada. Ni mencionemos a las tiendas de ropa que se han encargado de rechazarme desde que llegué a la veintena, lanzándome directo a la boutique de gorditas, donde la ropa siempre es la misma y cuesta más.
Pero, hasta ahora es la primera vez que una casera me rechaza por ser gorda. En mi ignorancia, pensé que en este tipo de relaciones, el pagar a tiempo era lo que importaba. Descubrí que, aparentemente, también debo tener la figura "perfecta" para poder alquilar un sitio, algo que es exclusivo para mi género, pues no solo mi esposo también tiene varios kilos demás, sino que me he topado con un vecino, quien anda barriga al aire por los pasillos. Ambos han pasado "lisos" ante la fobia de mi casera.
Ni modo. Justo cuando creía que solo debía huir de los amantes de Sascha Fitness y los gurús de Herbalife, desbloqueo un nuevo nivel. En esta residencia no se admiten gordos. ¡Qué empiecen las sentadillas!

lunes, 30 de mayo de 2016

Inconversa

Suena como el título de una popular trilogía de ciencia ficción y, visto desde cierta perspectiva, lo es. Me topé con la terminología hace pocos meses cuando inicié una relación sentimental con un chico cristiano. Ya había escuchado el término "mundano", pero "inconverso" era una palabra ajena a mi léxico. Resulta que yo era eso; una persona que "no sigue a Jesucristo".

Mi relación con Dios ha tenido sus altibajos. Nací en un hogar "católico", con grandes comillas, porque conocíamos las tradiciones y celebrábamos ciertas fechas, como cualquier otro venezolano, pero no éramos devotos. Mi acercamiento al catolicismo llegó como a los once años cuando me inscribieron en catequesis para hacer la comunión. A estas alturas de mi vida, creo que fue un asunto de presión social o de lo que mi madre conocía como "el deber ser". Después de todo, no asistíamos a la Iglesia. ¿Por qué tendríamos que seguir los sacramentos?

De una forma u otra, me volví asidua a la Iglesia. Mi hermana cantaba en el coro, mi otra hermana se hizo monaguilla. Yo, que no quería figurar demasiado, ayudaba vendiendo los cantos en la entrada. Pero un día sentí que no debía ir más. Quizá era la flojera de levantarme un domingo temprano, quizá era la gente que no me aportaba nada, quizá era que Dios no me llamaba... Pero así, sin más, dejé de ser la "extrema católica" a la "creo en Dios, pero no quiero ir a la Iglesia". Debe haber influido el hecho de saber que mi abuela vivía frente a la Iglesia y cuando estaba agonizando, mis tíos buscaron al sacerdote para que le hiciera la Unción de los Enfermos, pero él se negó. Tenía que dormir. Las necesidades humanas pesaban más que el descanso eterno de mi abuela.

A medida que fui creciendo, mi relación con Dios se hizo distante. En algún punto de la universidad, dejé de creer. La gente que me rodeaba me abrió la mente. Empecé a hacerme preguntas, a cuestionar ciertos asuntos. Fue un asunto progresivo: una especie de sentimiento interno que poco a poco se fue exteriorizando, aunque con miedo: ¿Me castigaría Dios por mi herejía al compartir memes en contra de su existencia? Pero el temor fue pasando y el asunto se volvió una convicción: DIOS NO EXISTE Y TODOS TIENEN QUE SABERLO. Me volví incluso tóxica. Pasé a ser conocida como "atea". Me sentía superior y rebelde. "Oh, ustedes estúpidos creyentes. ¡Cuán imbéciles son!". La idiota era yo.

Los años no pasan en vano y llegué al punto donde entendí que no era atea, sino agnóstica. Yo no creía en Dios, pero sí en el karma; en que todo lo que haces se te devuelve. He sido testigo y protagonista de eso. Entonces sí creía en algo. Creía en lo que podía ver. Veía el karma actuar. ¿Y Dios? A ese no lo veía.

Por las vueltas de la vida, empecé a cubrir la fuente "Ciudad" en una medio de comunicación. Fue la época en la que Benedicto XVI renunciaba a su papado. Cuando llegué a la redacción, tenía una encomienda: hacer un reportaje al respecto. Fue cuando me topé con Monseñor Mariano Parra y me inspiró una paz que hacía mucho tiempo no sentía. ¿Era Dios llamándome a través de él o era que el sacerdote era simpático y ya? 

Pedía hacer todas las pautas eclesiásticas. Disfruté la Semana Santa como nadie. El Domingo de Ramos fue uno de los rituales que más me agradaron. Regresar a la Iglesia, aunque fuera para sacar información, me sentaba bien. Sentí que, nuevamente, debía cambiar mi perspectiva. Me di cuenta que mi problema no era con Dios (aunque no estaba, ni estoy, segura de su existencia). Mi problema era con las instituciones, con las religiones que en lugar de unir, separan. Y eso lo viví en carne propia.

Mi relación con los cristianos/evangélicos nunca ha sido buena. "Son los peores. Se creen mejor que nadie", decía mi madre. "Son los peores", decían mis amigos. "Son los peores", decía la mayoría de las personas que conocía. Era como algo normal en mi entorno "mundano", así como que cuando te visitan los Testigos de Jehová tienes que alejarte de la puerta, o que Tom Cruise es un loco por formar parte de la cienciología.

Tuve algunos acercamientos extraños. Solía echarle broma a un amigo cristiano del liceo. Fingía que me gustaba porque era muy tímido y eso me daba risa. Un día me detuvo: "no podemos tener nada. No somos de la misma religión". También recuerdo el caso de un muy buen amigo, quien abandonó a su novia, nacida y criada en un hogar cristiano, porque la mamá de la chica le exigía que se convirtiera. Tendríamos trece años. Otro conocido cristiano sintió la necesidad de explicarme cómo mi afición a Harry Potter me acercaba al demonio, porque era una alegoría a la hechicería. "Mi novio era cristiano y me dijo que eso era puro chanceo", me comentó hace poco una amiga. 

El golpe más duro me lo llevé contigo (sé que estás leyendo). Él gustaba de mí en el colegio. Yo pasaba de él. Transcurrieron los años, erré, pequé, me estrellé contra la pared y él permaneció "puro y casto" (estoy exagerando). Salimos un par de veces. Se puede decir que lo intentamos, Yo quise intentarlo. Era un muchacho bueno, educado, centrado, emprendedor. ¡Yo me merecía algo así! Pero él pensó distinto; resulté ser muy mundana para él. "Yo no te juzgo. Eres tú misma quien te juzgas". Bonito juego mental. A fin de cuentas, nuestro amor adolescente no llegó ni a un beso porque yo era distinta. "Liberal, hedonista", me decía. "Mente abierta y me gusta la buena vida", replicaba. "Quiero ser predicador". Bueno, ya era demasiado. Una tiene que ubicarse y ciertamente no cumplo el perfil de la esposa de un predicador. Seríamos el ejemplo de cuchillo de palo en casa de herrero. 

Este nuevo hombre, mi novio, me aceptaba a pesar de que no seguía su religión. "Te busca porque consigue en ti lo que no puede conseguir en el culto", me dijo el anterior prospecto. Lo sentí tan: no eres mía, no puedes ser de nadie, o por lo menos nadie de mi religión. "¿Qué consigue? ¿Sexo? Número uno: yo se lo estoy permitiendo. Número dos: te aseguro que hay niñitas del templo mucho más recorridas que yo". Uy, de esto también tengo historias, pero no vienen al caso.

Estaba tan traumatizada por la relación fallida, que la religión se volvió centro de muchas preguntas al inicio del nuevo noviazgo. Yo lo conocí siendo mundano. Su entrega al templo me generaba mucha suspicacia. "¿Quieres que sea cristiana?". "¿Por qué me buscas a mí y no una de la Iglesia?". Preguntas lanzadas, preguntas contestadas. No era necesario convertirme. Sería "mejor" si así ocurriera, pero definitivamente no era un requisito. Las chicas de la Iglesia no eran de su tipo. Demasiado tontas. Demasiado creídas. Demasiado "todos se van a poner intensos a preguntarnos cuándo nos casamos". ¡Eureka!

El problema radicaba en que no había real libertad de salir y conocerse. Los asuntos debían "ponerse en orden" desde el principio. ¿Para qué compartir, salir, debatir, discutir? Eso era tomándole la mano a la muchacha en cuestión y firmando su sentencia matrimonial. Lo entendí. Era lógico que no quisiera lidiar con esa presión. Era ilógico que no pudiera disfrutar de un noviazgo normal. Asunto arreglado.

Le dije que jamás le pediría que dejara de ir a la iglesia. "Lo que no quiero es que vivas allá". Y no era un asunto de fe, sino de lógica. La gente tiene que trabajar. Cuando vas al supermercado no pagas con una tarjeta mágica de creencias. Si vives metido en una iglesia, ¿cómo pagas las cuentas? Y no me digan que "Dios proveerá". Ninguna figura sobrenatural provee nada si tú no actúas para conseguirlo.

Al principio me ocultó y discutimos por eso. "Si nos conseguimos con alguien de la Iglesia, ¿no me presentas como tu novia?". "No creo". Demonios, vengan a mí. Me sentía molesta, menospreciada y dolida. Luego tuve un subidón de autoestima. "He cometido errores, pero no soy una mala persona". Es que no lo era. Tengo mal carácter, a veces la pasión me atrapa, puedo ser impulsiva, pero de allí a ser "indigna" había largo trecho. 

Las cosas fueron avanzando y con ellas, las promesas de un futuro juntos. Matrimonio, hijos. Por petición suya hicimos pública la relación. Par de fotos en Facebook para marcar territorio (como si sirviera de algo) y el "en una relación con..." para terminar de "mear" el muro (como escuché una vez). Lo nuestro era oficial, pero faltaba algo. Uno conoce a los papás, a los amigos, y a la gente de la Iglesia. La idea no me mataba de la felicidad, pero si era importante para él, yo daría mi brazo a torcer. No iba a quemarme por pisar el templo.

Fuimos creo que dos o tres veces. Mucho gusto por aquí, mucho gusto por allá. La vida es bella. Soy mujer y periodista, y las preguntas iban a llegar en cualquier momento: "¿no te han dicho nada de mí en la Iglesia?". En primera instancia, el pastor veía con buenos ojos que él me llevara, a pesar de no pertenecer a la religión. En los bajos fondos, nuestra relación no estaba bien vista.

-Tuve que parar a fulanito (ni recuerdo el nombre, ni jamás me importo) porque dijo que iba a hablar contigo. Dijo que era un error estar en yugo desigual.

El término quedó rondando en mi mente. Esa mañana él acudió a la Iglesia y yo me quedé en su casa, porque no había llevado ropa adecuada. Me lancé a la computadora y empecé a leer al respecto. Una explicación era más espeluznante que la otra. "Si sientes mariposas por alguien que NO AMA a Dios; toma tres días de ayuno para que mueran de hambre". 2ºCorintios 6:14 "No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión tiene la luz con las tinieblas?". Claramente yo era la injusticia y las tinieblas. 

Internet está plagada de artículos impresionantes sobre cómo un cristiano no puede estar con gente que no es de su religión, porque prácticamente, será el inicio del Apocalipsis. No sabía yo que con un beso abriría las puertas del infierno. Supuestos ejemplos de relaciones fallidas con "inconversos" pululaban. "Él era un bebedor, un golpeador, un drogadicto, un hijo del demonio y nos tuvimos que separar". Yo bebo poco, solo golpeaba a mi hermana cuando éramos niñas, nunca me he metido drogas, no sigo al demonio, pero no ser cristiana parecía meterme en ese saco del terror. 

La cosa no se limitaba al corazón, sino que abarcaba a las amistades. Aparentemente, si eres cristiano, solo puedes relacionarte con cristianos. "¡Por eso es que son tan mente cerrada! ¡No permiten la diversidad de opinión! ¡Pareciera una comunidad amish!". Él me explicó que eso era cosa de radicales. Aparentemente yo me topé con puros radicales.

Un día se le escapó que, apenas me presentó en "sociedad", varias chicas de la Iglesia llenaron sus muros de Facebook con indirectas para él. "No sé porqué los chicos cristianos se empeñan en formar relaciones con inconversas (...) les gusta andar entre la basura". ¿Perdón? ¿Estás eran las niñas que van cada semana congregarse? ¿Ellas se atrevían a juzgar nuestra relación aún sin conocerme? ¿Me llamaban basura? Quise pensar que era algo de adolescentes o solteras locas (ya habíamos visto a una que quería con él y ahora le lanzaba rayos láser de los ojos cuando nos veía tomados de la mano), pero el asunto fue más allá. Amigos y conocidos le habían hablado de las dificultades de estar en una relación con alguien que no perteneciera a la religión.

Por cosas del destino (¿Dios?), él dejó de congregarse. No entraré en detalles que pesan en la conciencia de cada quien, pero sí puedo dar fe que su alejamiento nunca tuvo que ver conmigo. Jamás le pedí que no se congregara. Lo conocí cristiano y así lo aceptaba. Claro, nadie ve sus propios errores y en lugar de identificar las fallas internas, fui señalada como la Yoko Ono de estos Beatles angelicales. Él no iba a la Iglesia por mí. Punto.

Así pasó que un día íbamos en un carro con un "hermano" de la Iglesia. "Creo que son figuraciones mías, pero el tipo me ve como con odio. Parece que tuviera la peste encima". "Bueno, puede ser". En un segundo encuentro, él mismo lo confirmó. "Sí, te mira mal. Él está muy entregado a la Iglesia. Es radical". 

Pero lo que más me impresionó fue un encuentro con uno de los principales de la Iglesia. Me saludó con educación y, como si se tratara de un muñeco en disputa, se llevó a mi entonces novio a un lado, hablando en suficiente voz alta para que yo escuchara "lejos de Dios no hay nada bueno". Nuevamente, pensé que me hacía ideas en la cabeza, pero ésta vez ni siquiera tuve que hacer el comentario. "Está celoso (...) Me dijo que sería lamentable que me alejara de la Iglesia por una mujer. Te trata con recelo". Pues sí, el hombre se había convertido en Regina George y se aseguró de que yo supiera quién mandaba. Era una batalla entre la fe y mi vagina, supongo. 29 años recién cumplidos y otro hombre me disputaba a mi pareja. Eso sí no lo vi venir. 

Lo más interesante del asunto es que siempre he respetado su religión. Al contrario de lo que la gente pensaba, a mí me convenía que él tuviera algo en qué entretenerse. Así me daba tiempo de trabajar, salir con mis amigas y seguir siendo yo. Claro, me frustraban algunas historias que escuchaba de ese sitio (una vez más, no es mi asunto divulgarlas), pero cada quien debe saber lo que hace con su vida. 

Me sorprendió que, tiempo después, él me pidiera que lo acompañara de vuelta. Sí él soportaba los malos tratos y las hipocresías, bien por él. Yo no estaba dispuesta a hacerlo. Si la familia de tu novio no te quiere (o viceversa), uno se las apaña, sonríe, hace el intento. Después de todo, es posible que debamos compartir toda la vida. Pero si la gente de la Iglesia no te quiere sin motivo alguno, ¿debía poner la otra mejilla? 

"¿Por qué me pides que vaya a un sitio donde no me quieren? No lo digo yo. ¡Tú lo viste!". "No se trata de la gente, se trata de Dios. No le pares a la gente". Y estaba de acuerdo, no se trata de la gente. Pero, ¿cómo podía ser hipócrita con estas personas? ¿Qué eso no está en contra de la palabra de Dios? "Evidentemente, nadie en la Iglesia te vería con buenos ojos. Era una batalla perdida. A menos que te conviertas a la fe", me dijo un amigo cristiano. Pero, ¿cómo podría yo convertirme a una religión que me consideraba la fuente de todos los males, al menos que fuera como ellos? ¿Cómo podría entregarme a una iglesia cuyos miembros tratan con recelo y asco a quien sea diferente? ¿Era ese el Dios / Jesucristo que quería conocer? ¿Era esa la persona que yo quería ser? Me negué. Mi relación con Dios es personal, exista él o no. No necesitaba de palabras aparentemente hermosas para "llenarme del Señor" que en realidad estaban llenas de malos sentimientos hacia quienes piensan y son diferentes. Si es ese el camino a la redención y la vida eterna, que las llamas del infierno esperen por mí.   

Sé que tengo muchos "amigos" y amigos (contactos y amigos) cristianos y, créanme que mi intención no es ponerlos en entredicho. Quizá me acercaron a la Iglesia incorrecta. Quizá en otros lugares se apela al respeto de ideologías y a la inclusión. Lo cierto es que esto me permitió tener una perspectiva más amplia de la religión. No se puede decir que no lo intenté. Refunfuñé, sentí cierta incomodidad, pero lo intenté. Y ¿qué recibí? Puñaladas por pensar diferente, cual película de ciencia ficción. Fui Tris, la Divergente. Soy Lilihana, la inconversa. “Jesucristo” en su máxima expresión. ¡Amén y amén!

miércoles, 2 de octubre de 2013

El consuelo

A. escuchaba atenta mis desavenencias amorosas; esa capacidad digna de estudio que me ha hecho desperdiciar mis besos en los labios de los perdedores más grandes del siglo o peor, que el escaso arsenal de pretendientes resulte aún más risible para no llorar, salir corriendo a buscar una pistola y terminar con el sufrimiento de atraer pura gente que no sirve para nada (de acuerdo, me pasé de dramática). 
De repente, mientras estaba absorta en la historia y la necesidad de un cajero automático, escuché la frase que nunca me hubiera esperado.
-Lilihana... ¿de dónde sacas a esos hombres? Es que a mí no me cae nada.
Inserte usted el sonido de un frenazo y el olorcito de los neumáticos. Mi cabeza viró de inmediato y mis ojos se entrecerraron en clara señal de desaprobación, de "are you fucking kidding me?" y "¿estás borracha o qué te pasa?". ¿Qué no había dejado suficientemente claro que lo que levanto es pura basura y que no vale la pena pero ni aceptarles un café? 
Ella lo decía muy en serio. Ni un mensajito de "buenos días, corazón", ni un "qué bonita estás". A ella no le caía nada y "envidiaba" mi particular suerte amorosa. Caí en cuenta de algo: siempre hay alguien peor que tú, esa persona que te sube el ánimo con una vida más triste que la tuya.
No solo me ha pasado cuando se trata del corazón. Llevaba semanas quejándome del mísero sueldo que percibo, incapaz para independizarme o disfrutar de placeres frecuentes, cuando me topé con una "colega" en un autobús. Hablamos de cualquier trivialidad, hasta que me contó que daba clases en una universidad y se "resolvía" tutoreando tesis.
-Pero tú no debes tener tranquila. Donde estás te pagan muy bien.
Pensé que era una muestra de sarcasmo y le reiteré cuánto ganaba. Seguía maravillada, tal y como la community manager de una página web donde me ofrecieron trabajo semanas antes. 
-¿Vas a aceptar?
-Vamos a ver. Necesito dinero - le respondí.
-Bueno, a mí aquí me pagan buenísimo. Tengo muchos beneficios, me dieron una tablet... Estoy demasiado bien.
-Pues me alegra. Yo gano bastante mal.
Ella se ensanchó para decirme cuánto ganaba, es una muestra muy femenina de "mira lo bien que me va, perra". Su sueldo era un tanto menor que el mío y cuando se lo dije, se quedó helada.
-No chama, tú estás más que bien. Buenísimo.
Tuve una mezcla de sentimientos. Vergüenza por un gremio tan mal remunerado y conformista, aunque también alivio porque ella era mi consuelo. 
Supongo que yo represento lo mismo para alguien más; mi vida debe llenar de ánimo a muchísima gente, especialmente a esos que leen estas palabras por puro chisme. Pues mira, les regalo un "de nada". Se hace lo que se puede. 

lunes, 19 de agosto de 2013

Buena amiga... (y la bachata en mi Iphone)

"Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces", reza el dicho, pero es que yo soy buena amiga y lo demás es cuento. Llego a ser tan preocupada (cofcofmetichecofcof) que no duermo pensando cómo resolver los problemas de los que quiero, probablemente en una búsqueda desesperada por huir de mis propias dificultades.
En fin, a lo que vine. Si alguien sabe cómo es ser buena amiga, soy yo y lo demostré en el liceo, con Eliza, mi vecina. La conocí sin conocerla por darme varios sustos en un país aterrorizado por la delincuencia. Pasaba que cada vez que iba a la bodega a comprar algo de último momento, veía una camionetica estacionada frente a mi casa. De inmediato me hice novelas mentales. "Nos van a robar". Y pasó una noche, otra noche y otra noche y la camionetica seguía allí, parada frente a mi casa. Me enteré después que Eliza estaba dentro, padeciendo los síntomas del mal del autobús, léase, esa capacidad de levantarse (y tener algo) con los colectores y choferes que la llevaban a casa.
Cuando empezamos a estudiar juntas, fui testigo cercano de su mal. Salíamos de clase y esperábamos que llegara el conquistador de turno para dar la misma vuelta varias veces por la ciudad. Se nos iban las horas entre conversaciones absurdas, los gritos de parada, el "noooo, no es amor, lo que tú sientes se llama obsesión" de un grupito bachatero que empezaba a sonar, las frutas brindadas que compraban en el semáforo y las lágrimas de ella cada vez que los infelices esos la trataban mal.
Ojo, no me quejo. Ser buena amiga es pagadero. Lo supe un año después, cuando Marisela era mi nueva "compinche", con la diferencia que su vista se iba hacia los uniformados. Ella era tan buena y dispuesta en premilitar, que llegó a ser brigadier; cargo importante si eres un gallo (como yo lo fui) o una pena si eras normal. Además de eso, logró congraciarse con el guardia que mandaron a mi colegio y dicen las malas lenguas que hasta había algo entre ellos. 
A mí nunca me dijo nada y tampoco era mi problema. Lo bueno de esa relación, fue que me permitió pasar con muy buenas notas pruebas que nunca tomé. Lo mío eran las letras; el examen escrito era pan comido. Cuando hablaban de lanzarnos al cerro "El Chupi", echarnos en el piso, ensuciarnos... allí sí que prefería llamar a un abogado, que en mi caso era Marisela. Con un simple mensaje de texto y una excusa barata, pasé con 19 una evaluación de la que aún hoy hablan mis compañeros de clase y que yo viví desde mi cama, con las comiquitas de esa mañana.
No me arrepiento, la verdad es que no. De aquellas épocas guardo toneladas de risas y la satisfacción de lograr manipular ciertas situaciones a mi antojo. Lo malo es que me quedó cierto gustico por la bachatica que oculto en mi Iphone. ¡Eso de ser buena amiga no siempre es bueno!




miércoles, 3 de julio de 2013

Citas costosas (y lo que buscan los hombres con ellas)

Un café, una cena, una salida al cine. Las relaciones empiezan de la misma manera.  El problema es que la economía del país a duras penas nos permite comprar comida y uno debe ingeniárselas para ganarse el corazón de la otra persona.
El café mejor te preparo en casa, con canela, nuez moscada y la leche tibiecita; la cena también en mis aposentos, que me boto preparándote unas arepas, un pancito, unas empanadas. Una se las ingenia.
Para el cine, la opción más económica es comprar las pelis (o descargarlas), poner unas cotufas en el microondas y verlas en casa. Claro, eso también está bastante cerca de una invitación sexual y para que no te escupan en la cara, mejor vas a la opción B: ir el lunes o el jueves, cuando la entrada es más barata.
Como todos saben este "truco", es toda una odisea conseguir entradas. Hay que ir al mediodía o comprarlas por tarjeta de crédito, también temprano. Caso contrario, olvídese. La otra dificultad es que se encontrará con una sala llena, nada sencillo para hacerse el cansado, pasar la mano por detrás de la espalda de la chica e intentar el acercamiento previo al beso.
Nada, si a usted de verdad le gusta esa mujer, tendrá que sacar platica, pagar las entradas y las chucherías y ruegue que el sacrificio valga la pena. A nosotras nos queda identificar las señales de cómo el susodicho quiere que retribuyamos la invitación.
Para las despistadas, formé entonces una escala de qué buscan los hombres al "desembolsillarse" una entrada. Si la llevan a la sala regular, un besito será suficiente y eso si le brindaron el refresco, las cotufas y los tequeños. Tampoco se trata de entregarse tan fácilmente.
Una película en 3D debe acercar las manos más rápidamente. Eso sí es beso seguro y cariñitos. No sea mala gente y responda los mensajes del día después, que el tipo está haciendo un esfuerzo, aunque chiquitico.
Ahora, si la invitación es la la sala premium... yo le sugiero que se depile. No se ofenda y saque cuentas: entradas en día regular, más dulces y la posible cena... a una persona que gana sueldo mínimo le representa un buen golpe. Luego no diga que no le advertí.