sábado, 4 de mayo de 2013

El día que vomité a Leonardo Padrón

-En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, Diosito que siempre estás a mi lado, acompáñame, que no me pase nada, que todo salga bien, por favor Diosito, no me abandones, por favor.
En mi mente repetí la frase unas diez veces cuando esperaba el metro a Plaza Venezuela y unas veinte cuando llegué a mi destino y tuve que caminar hasta el hotel por esa calle oscura y llena de gente extraña. Faltaba poco para que el reloj diera las diez de la noche y estaba sola en Caracas, una ciudad que no conozco bien y que aún exploro. En mis manos cargaba una arrugada bolsa de papel con un costoso reloj de muñeca y Los Imposibles 5, además de mi cédula de identidad y unas cuantas monedas. Mi IPhone estaba muy bien guardado, pero "Diosito, por favor, que no me me llamen", porque el repique podría ser placentero.
Culpo a Robinson Lizano (mi jefe) de esa situación. Él y solo él tendría la responsabilidad irrefutable de lo que me pasara, porque fue gracias a él que me las di de Cool Mc Cool, por aquello de "yo amo el peligro"; aunque en mi caso sería "yo amo el periodismo".
Todo empezó el domingo, cuando llegué a Caracas para varias diligencias. La primera parada era el Poliedro de Caracas. Dralion de Cirque Du Soleil me esperaba. Desde mi perfil de noticias empecé a tuitear las incidencias del evento y el señor Lizano me escribió para pedirme un favor: que le consiguiera Hot Sur de Laura Restrepo, quien se encontraba en Venezuela para promocionar el libro. Su primera parada fue en el Festival del Libro de Chacao, el día anterior.
-Te llevo el libro. Te debo la firma.
Esa era la idea original. Comprarlo en algún stand y listo, pero salí tan feliz, tan renovada, tan llena de energía de Dralion, que recordé que Laura Restrepo estaría esa misma tarde en una librería, firmando sus obras. Mi teléfono estaba prácticamente muerto, con poca batería y por alguna razón, se negaba a dejarme a acceder al Internet. Usé mi plan B: llamé a un amigo. A una amiga, de hecho. A Lorena.
-Busca dónde se va a presentar. Mándame un mensaje. No tengo 3G.
Tranqué de inmediato. Esperé y esperé y finalmente, la señorita Afanador no solo me ubicó el lugar, sino que me dijo en qué estación del metro debía detenerme y casi cuántos pasos debía caminar para llegar a "El Buscón".
-Es a las 4:00.
-Nah, son casi las cinco, no voy a llegar.
-Es domingo, no debe haber casi tráfico. Igual no vas a perder el viaje, es una buena librería.
Cuando le reafirmaba que no iría, la batería murió, pero revivieron las ganas de conseguir la firma. 
-Señor, ¿dónde queda "El Buscón"?
Nadie sabía. Caraqueños de toda la vida y nadie podía referirme el bendito lugar. Lorena había dicho que me bajara en Chacaito, ¿o era en Chacao? Seguro era en Chacao... Pero no.
En cuanto salí de la estación, detuve un taxi.
-Señor, al Centro Comercial Las Mercedes.
-Sesenta, véngase.
Subí con ese viejito que manejaba a cinco por hora -alerta de Ley de Murphy- y que no se le ocurrió otra cosa que decirme lo siguiente, cuando ya íbamos en camino:
-Pero ese centro comercial no existe. Debe ser El Tolón.
Le expliqué que iba a una librería, a una específica, pero él me aseguro que El Tolón era el lugar que yo buscaba.
-Sino, la espero afuera y buscamos el sitio.
El viejito, no solo no me dejó en la puerta del bendito centro comercial, sino que OBVIAMENTE, no me esperó.
-No, aquí no queda eso... Debe ser allá, en el centro comercial del final.
Caminé. Me regresé y volví a caminar mentándole la madre al viejito (que bien muerta debe estar) y pensaba que de verdad le tenía estima a Robinson, porque "nada más a ti se te ocurre venir para acá sin conocer y con poca plata". Llegué a un edificio de ladrillos, entré y vi todo apagado. Seguro se había acabado el evento. Igual pregunté.
-Baja por aquí y al final, a la izquierda, vas a ver la librería.
"El Buscón" estaba abierta y abarrotada, aunque mucha gente esperaba afuera. Me imaginaba que Laura Restrepo ya se había ido, seguramente unos minutos antes que yo. Seguí maldiciendo mentalmente al taxista hasta que escuché la voz femenina con acento cantadito al micrófono. Era ella.
-Disculpe... Laura ¿ya firmó los libros?
-No, al final.
¡BINGO! Aunque toda esa gente seguro me había dejado sin ejemplares de Hot Sur.
-¿Tiene su nuevo libro?
-Aquellos de allá.
Era una mesa enorme llena del libro de portada roja, grandísimo, larguísimo, bellísimo también.
¡EUREKA!
También me llevé una copia de Delirio para que me lo firmara. Mi tarjeta quedó en cero y no cargaba más de 20 bolívares encima. Cuando pensaba que ojalá no pasara nada, oí su voz. ¿Sería él? Claro que era él. No, no podía ser. Bueno, quizá sí. Lo era. ¡Era Leonardo Padrón!
Laura salió a regalar firmas y todos bebían vino para celebrar el nacimiento de su nuevo bebé. Yo hice la cola y me lamentaba de no poder comprar un libro de Padrón, ni tener batería en el teléfono para una simple foto. 
-¿Me puedes hacer una foto y luego me la mandas? Es para mi jefe
Adriana, una hermosa muchacha que estaba detrás de mí, tomó las fotografías mientras Laura firmaba mis libros y yo le decía que Robinson la amaba y que yo venía desde Puerto Ordaz.
-¿Ocho horas de carretera? 
Me firmó los libros con cariño. Caminé hacia la puerta de la librería y vi a Padrón desde afuera, como la niñita del jamón Plumrose. Tomé fuerza y entré. Él hablaba con Tania Sarabia y otro hombre. Pensé, pensé y me acerqué. Vino entonces el vómito verbal:
HolasoyperiodistavengodePuertorOdazloadmiromuchísimomeencantasutrabajoysuslibrosnotengonadaparaquemefirmetampocotengobateriaparatomarmeunafotoperoloadmiromuchoyqueriasaludarloalmenos.
No sé cómo dije tanto, tan rápido. Más bien, en periodos de nerviosismo, profunda tristeza e inseguridad, suelo tartamudear bastante. Esa tarde de domingo, fue lo contrario. Me salió una retahíla de palabras que Padrón escuchaba con extrañeza. Cuando terminé mi discurso, sonrió:
-Bueno, pero te puedes llevar un besito.
Fue un caballero. Después de regalarme la impresión de labios en mi mejilla derecha, su compañero replicó:
-Te lo llevas a Puerto Ordaz. Es mejor regalo que una firma.
Era posible, pero yo quería algo físico; algo tangible y que perdurara. Revisé el programa del Festival de la Lectura y lo vi allí: miércoles a las 8:00 de la noche con Alberto Barrera Tyzka y Rodolfo Izaguirre en el conversatorio "Escribir en prensa". Era perfecto. Rogué por un día libre extra y aplaudí cuando me fue concedido.
Disfruté la charla desde el principio. Barrera Tyzka, Padrón e Izaguirre discurrían sobre lo difícil que es trabajar en prensa y el último lanzaba chistes cada tres segundos, para robarse el corazón de los asistentes.
Llegó el momento de las firmas y las fotos. Caminé con seguridad, pensando que debía recordarle a Padrón que nos habíamos visto, que era la de Puerto Ordaz, la del besito, la sin batería, la sin libro ni hoja para que me firme. El problema fue que, cuando estuve frente a él otra vez, me quedé en blanco.
-¿Me firma aquí?
No pude decir nada más. Saludé a Izaguirre, me atreví a pedirle otra firma a Barrera Tyzka, me acerqué nuevamente a Padrón y apenas esbocé un "¿me puedo tomar una foto?". Nada más. De mi boca no salió ese hablar apresurado, esas palabras que no quería decir en ese orden... Me quedé muda. Mi periodo discursivo había terminado.
Cuando por fin llegué al hotel y agradecí a Dios, la Virgen y cuanto santo se me ocurriera que estaba viva y entera, tomé Los Imposibles 5 en mis manos y chequeé la dedicatoria:
-Para Lilihana, un beso gigante. Leonardo Padrón.
Eso me reconfirmó que sí, amor con hambre no dura. Sin libro, me gané un besito. Con libro, uno gigante.

miércoles, 24 de abril de 2013

Mi novio gay

-Quisiera verte y que compartiéramos un rato.
La propuesta de C me dejó pensativa. Después de terminar nuestra cortísima relación en noveno grado, supe muy poco de él. Primero se fue a un liceo diferente al mío, luego se mudó a Caracas y empezó un curso de cocina. Ahora estaba en su elemento, su verdadera pasión: el arte.
Los años en la universidad lo habían cambiado y yo lo notaba en sus palabras. Hablar con C era conversar en un idioma diferente.  Él es de química, de cuerpo, de sentimiento, de pasiones y vida. Yo soy más directa, más de cinco wh, más de información concreta, más de periodismo.
Cuando supo que estaría en la capital unos días, me pidió que nos viéramos. Por diversas circunstancias lo pensé mucho. Finalmente accedí.
-Te voy a presentar a mi ex. No te asustes. Él es diferente. Excéntrico. Se pone piercings y se pinta el cabello de colores.
Mi amiga me acompañaría a la cita. Me quedaba en su casa e íbamos juntas para arriba y para abajo, por lo que no dudé en invitarla. Después de todo, no se trataba de nada romántico, sino un reencuentro de viejos amigos.
Llegamos al centro comercial y él ya nos esperaba. Mi amiga y yo dimos vueltas por la feria de la comida y nos topamos de frente con C. Nos abrazamos como nunca y nos vimos con cuidado, curiosos de cuán generosos los años habían sido con nosotros. 
Apenas nos sentamos, empezamos a conversar: de la vida, el futuro y sobre todo, del presente. Yo le comentaba qué había sido de mí y él me hablaba con gran pasión de sus gatos, su universidad y del amor de su vida. Cuando nos dio hambre, fuimos por una pizza.
-Yo pago.
C es un caballero y nos dejó elegir lo que queríamos comer. Se fue a hacer la fila de caja y mi amiga me soltó una que no me esperaba.
-Me aguanto con tu amigo.
Reí muy nerviosa, con una mirada de reproche. Pensé que se trataba de una broma, una muy mala porque no podía ser que ella no viera lo que yo veía.
Regresamos a la mesa con uno de esos aparatos que suenan cuando el pedido está listo y a mi compañera no se le ocurrió otra cosa que ahondar en la vida personal de C.
-Sí, pero háblame de tu esposa (...) Y ¿qué piensa tu esposa de (...)?
Él reveló sus continuas infidelidades y ella volvió a inquirir sobre cómo sobrellevaba una pareja de esa manera.
-En las relaciones homosexuales no existe la fidelidad.
No sé cómo aguanté la risa y no sé cómo ella pudo disimular su asombro. Cuando creí que ya habíamos aguantado suficiente, el artefacto de la comida hizo un escándalo y C se levantó a buscar el pedido. Se supone que lo acompañaría, pero las uñas de mi amiga se aferraron a mi antebrazo y con él, mi cuerpo a la silla. Una vez se alejó lo suficiente, vinieron las preguntas obvias.
-¿Tu amigo es gay?
Cuando estábamos juntos, C disfrutaba pintar y hacer manualidades, amaba  la cocina y a Britney Spears. Pero, en ese momento, la homosexualidad no era algo que rondaba en mi mente. No estaba tan avispada como ahora, que apenas dicen "hola", mi radar gay estalla (unas veces más acertadas que otras). Fuimos novios de "manita sudada", de besitos bajo una mata de mango y detrás de mi casa. Nunca pasamos a más y para mí era normal. Yo creía que éramos un par de chicos buenos y nada más.
A medida que fue pasando el tiempo y me mente se amplió a otros espectros, me surgió la duda. Veía sus fotos, recordaba sus maneras y concluía que era gay. Lo de ahora era otra cosa. Apenas lo vi, mis dudas se disiparon.
C pasó de "disimulado" a "un poquito más y me llaman loca". Cruzaba las piernas y se movía con gran floritura, además de tener un tonito de voz bastante característico.
-Obvio que es gay. ¿Cómo no te diste cuenta?
-No me lo imaginé.
Después de eso, la conversación se aligeró muchísimo. C nos dio el recorrido de nuestras vidas por Caracas, nos llevó a su universidad en el oeste de la ciudad, nos mostró el arte en el que trabajaba y cerramos la tarde en un bar de mala muerte, con una rocola y un gran mural de Carlos Gardel.
Desde entonces, nos hicimos muy buenos amigos. Si él viene a la ciudad, me escribe y nos vemos; si yo voy a Caracas, me quedo en su casa o por lo menos, paso un buen tiempito con él. 
La historia de cómo mi primer y único novio formal resultó ser gay, me ha servido de anécdota en reuniones grupales. La gente estalla en risas cuando exagero las señales de una obvia homosexualidad. Claro, siempre hay alguien que lanza el dardo que roza entre lo incómodo y lo gracioso:
-Así de mala serías que se volvió gay.

Mala madre

-Yo no puedo participar en esas cosas. Me apego mucho a mis libros.
Si me dieran dinero por cada vez que he escuchado eso en los últimos dos meses, tendría una cuenta bancaria bastante abultada. La sola idea de intercambiar por siempre algún libro o de abandonarlo a la gracia de Dios, es insultante para quienes han sentido la dicha de elevarse a través de una buena prosa. 
Lo entiendo. Hasta hace poco, me costaba hasta prestar un libro. Pensaba que no lo cuidarían tanto como yo, que me los devolverían en malas condiciones y yo tendría que tragarme la rabia o estallar y perder alguna amistad. Fue tan así, que inventé cualquier tipo de excusas a Natyarith, mi mejor amiga, para no entregarle mis odiados libros de Crepúsculo. Cuando lo imaginaba, me convertía en la propia madre de malandro, consciente de que el muchachito era un delincuente, pero diciéndole a la prensa que era un buen hombre y no tenía problemas con nadie. 
Hace más de un año me enteré del trabajo de @Adoptaunlibro. La mecánica es sencilla: usted agarra un libro que quiera regalar y escribe lo siguiente: Este libro es parte del colectivo @Adoptaunlibro Puedes llevártelo y leerlo, pero recuerda al terminarlo volverlo a abandonar. Después lo deja en un lugar público. Tenga la seguridad de que alguien más lo tendrá en sus manos; no así que lo leerá.
La idea me pareció romántica, aunque el egoísmo pudo más. Me sentí como una especie de coleccionista de joyas o una suegra loca, que le hace la vida imposible a la "perra esa" por quitarle el amor de su hijito.
La vida es muy sabia y me llegó el momento de aprender a desprenderme de las letras. Fue el año pasado cuando empezaba a deshacerme de los recuerdos de una pseudo decepción amorosa y llegué a uno de los puntos claves: sacar de mi alrededor todo lo que me había regalado la otra persona. No era demasiado: una rosa de papel que me costó romper, una que otra notita con un "te odio" que después resultaron muy irónicas, una tarjeta de cumpleaños y con ella, lo más difícil; tres libros de Mónica Montañés, además de un cuarto que no alcancé a leer y cuyo nombre no recuerdo.
Romper una hoja no era muy complicado. Romper un libro... esas son palabras mayores. Pensé quemarlos, en una especie de escena de Jennifer López post break up con Ben Affleck, pero mi corazón de lectora me lo impedía. Tampoco quería tener esos recuerdos allí, hastiando mi mente, amargándome la existencia cada vez que abriera mi biblioteca. Decidí que lo mejor era dejarlos ir. Armé una dedicatoria donde resumía por qué hacía lo que hacía y los dejé abandonados en varios puntos de la ciudad.
Entendí que era una buena manera de dejar atrás algunas cosas. Comprendí además que mis metas han de trasladarme a otros horizontes y que, cuando eso ocurra, cargar con un montón de libros no es lo más inteligente (otra ironía).
Ingresé a Buscadores de Libros y en la primera actividad llevé dos textos para intercambiar: María de Jorge Isaacs -robado a una amiga- y La Sombra del Viento de Carlos Ruiz Zafón. Esa era la prueba de fuego. A Zafón lo leí con deleite en tres semanas, lo amé y me costó tomar la fuerza para entregarlo a alguien más. Finalmente, lo hice y me sentí dichosa cuando pensé en la historia maravillosa que creó el autor y la cantidad de frases célebres que contiene y que llenan el alma de esperanza y dicha.
Este año, para celebrar el Día del Libro, me uní a la iniciativa de @Adoptaunlibro. El primer obsequio fue mi tesoro, mi biblia, mi "así es que se debe escribir, carajo": Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez. Escribí la dedicatoria y lo metí en mi cartera, esperando el momento idóneo para entregarlo. Pensé dejarlo en el trabajo, pero me decanté por una zona exterior. 
Ayer tuve que ir a San Félix, al Centro Comercial Ikabarú para hacer unas fotos a una compañera de la
redacción. El fotógrafo bajó del carro y vi la oportunidad idónea. Me acerqué a un auto vecino y dejé mi libro en el parabrisas de un carro viejo. Desde una camioneta, un señor me veía con recelo. Pensaría que era un paquete bomba o algo así.
Lo que yo no esperaba era ver la mi travesura realizada. Leía ensimismada y cuando alcé la vista, llegó el dueño del carro: un  hombre de unos cuarenta años, regordete y calvo, con un uniforme gubernamental. Iba apurado, abrió la puerta y puso en marcha los motores. Pensé lo peor: mi pobre libro se quedaría en el parabrisas, como un insecto aplastado. 
Gracias a Dios, la cordura golpeó al conductor. Sacó parte de su cuerpo del carro, tomó el libro en sus manos y su expresión de sorpresa fue una cosa de otro mundo. Miró a los lados, como buscando respuesta; puso el libro en el asiento del copiloto, cerró la puerta y arrancó.
No sé si mi libro será leído, pero cumplí con mi parte: regalé literatura, el mejor obsequio que alguien podría recibir. Hoy entregaré Cumboto de Ramón Díaz Sánchez y el jueves El Caballero de la Armadura Oxidada.  Mi biblioteca de cuentos, esa con la que he soñado, la tendré cuando llegue el momento de encontrar mi nido verdadero. Ahora, Puerto Ordaz me huele a temporalidad y cuando me vaya, quiero dejar aquí todo el pasado: malo, bueno e incluso, literario.

martes, 23 de abril de 2013

El libro prohibido

-Cuando saqué el pajarito, y comencé que si: "pis, pis, pis...", entró el enano y también se puso a orinar. Orinaba en el bidet y se reía. Es algo raro, pero es verdad: cuando hay alguien extraño, no puedo orinar. Si por ejemplo conozco a una persona y me cae mal, no puedo orinar delante de ella. Cuando quiero probar si alguien es amigo mío, o no, lo invito a mear conmigo. Si el chorrito sale: bien, es amigo mío. Si me tranco a pesar de hacer mil pis, quiere decir que no es amigo mío.
Cuando leí ese fragmento es voz alta, mi hermana se escandalizó. Tendría yo uno siete años y ella nueve. El
libro era "Piedra de Mar" de Francisco Massianni, el primero que nutrió mi mente.
A mi madre tengo que agradecerle mil cosas, pero que me enseñara a leer -por accidente- es algo que nunca podré pagarle. Cuando estoy triste, cansada o deprimida, los libros recurren a mí para distraerme con una historia diferente, para darme un abrazo cálido, para darme un impulso a seguir adelante.
Mis primeras lecturas fueron cuentos infantiles. Cuando era niña, me encantaba romper el papel de los regalos de navidad, pero los juguetes pasaban al olvido muy pronto. Mi madre entendió que tenía una pasión diferente: la lectura. Ella y mis hermanas mayores me regalaron cuanto cuento se les pasó por el frente, y yo los devoraba tan rápido como podía, ansiosa de recibir uno nuevo. En aquellos tiempos, "La Caperucita Roja" se convirtió en mi historia favorita, tanto que el rojo fue mi color preferido por años.
También entendió mi madre que para animarme debía llevarme a una librería. Con cada mesada que me daba mi papá, yo rogaba que le llevaran a Las Paulinas, una tienda de textos eclesiásticos que creo que aún funciona en el Centro de Puerto Ordaz. Mi comprensión del Evangelio y las grandes historias bíblicas vienen de cuentos ilustrados que luego cambiaron a libros más grandes. "Con ojos de niño" fue mi favorito. Constaba de una compilación de fábulas bíblicas que devoré en pocos días. 
Leer se convirtió en una adicción y mi casa tenía un problema: no contaba con una biblioteca. Sí, habían Atlas, enciclopedias y diccionarios, pero no literatura que me animara. La casa de mi tía Carmen fue mi refugio cuando vi en su cuarto una pila de libros esperando por mí.
"Piedra de Mar" fue el primero que pedí prestado. No sé por qué lo elegí; me iré por la teoría de que los libros te eligen a ti, no tú a ellos. Recuerdo que lo traje a casa y me parecía enorme e interminable. La historia no la entendía demasiado, nunca capté el punto, lo que quería transmitir el autor.
Hablaba de Francisco, un chico joven enamorado de Carolina, de quien solo era amigo. Están en la playa con otro compañero: Marcos, "el enano", un personaje fastidioso, creído y metiche que también le tenía ganas a la chica. 
-Mami, Lilihana está leyendo groserías.
Mi madre me arrebató el libro de las manos y se escandalizó cuando leyó ese y otros párrafos de expresiones "altisonantes". No estaba permitido que su hija menor leyera que un personaje se echaba talco en las bolas, por ejemplo.
Lo escondió y no vi "Piedra de Mar" por un buen tiempo. Intenté leer otras cosas, pero mi mente no pasó de la primera página de "El Exorcista", más cuando mi tía se negaba a dejarme llevara el libro a casa, dado que no había devuelto el otro.
Un día me reencontré con Massianni. Su obra estaba "oculta" entre un montón de sábanas. Miré a los lados, me lo metí debajo de la camisa y salí corriendo, como haría un ladronzuelo. Subí a la parte alta de la litera de mi cuarto y allí, sintiéndome la peor de las delincuentes, terminé la historia. Era lo que me hacía falta para meterme en un nuevo universo.
Este es una "entrada" para agradecer, nuevamente a mi mami, por enseñarme a leer y por volverme una delincuente de libros. También a todos esos autores -la gran mayoría desconocidos- que me han deleitado con sus palabras, que me han hecho molestar, que me han dado sueño, que me han emocionado. Les he pagado con suspiros, lágrimas, indignación, esperanza, ímpetu, fuerza y horas sin dormir. 
Gracias, autores, por salvar mi vida cada día, aunque ella, traicionera como es, no sea suficiente para leerlos a todos.

¡Feliz día del libro!




domingo, 21 de abril de 2013

No se lo enseñes a nadie

Si Jaime Bayly es Joaquín Camino -el personaje principal de su novela, No se lo digas a Nadie- y el resto de los personajes están basados en gente que forma parte de su entorno, lo compadezco. En mi vida me había topado con personas tan radicales, tan definidas y tan exageradas.
El libro es la primera obra literaria del presentador peruano y llegó a mis manos por consumismo. Mi amor por Bayly inició cuando era pequeña y veía su programa, El Francotirador. El conductor era incisivo, directo, sarcástico, mordaz, diferente y esas características me dejaban con ganas de más. Cuando vi la portada morada en el área de "ofertas" no lo pensé dos veces para llevármelo junto a otra obra suya que tengo en la cola de "por leer".
El enamoramiento por Jaime se me disipó en cada página. En su última edición, Bayly incluye un prólogo donde explica las peripecias para publicar un libro que amigos y familiares intentaron detener, pero que gracias a Mario Vargas Llosa vio la luz y logró al internacionalización.
El autor confiesa que actualmente no escribiría el libro, pero que en aquel momento, no pudo evitar hacerlo. Iba contra la sociedad "pacata" de Perú; demasiado religiosa y envuelta en una estela de moralismos exagerados y mal logrados.
Jaime lo demuestra en cada uno de sus personajes que en lugar de defensores de las buenas costumbres, parecen un grupo de indeseables. Tenemos a una madre extremadamente fanática del Opus Dei, un padre exageradamente machista y grotesco, un amante bisexual que engaña a su novia haciéndole creer que es un muy macho y otras aventuras amorosas que denigran su condición homosexual; además de un intento de novia con las que se desarrollan escenas inverosímiles, al menos que se trate de alguien con graves problemas mentales.
Joaquín convive con todos ellos. Pasa de ser un niño ingenuo a una especie de "enclosetado" (mientras vive en Perú) que incluso se atreve a acompañar a sus amigos a golpear transexuales en una noche donde la cocaína subió demasiado a la cabeza.
Dudo muchísimo que Bayly intentara reivindicar la condición de los homosexuales en una sociedad rígida como la latinoamericana. Si fue así, falló de largo. Porque sí, nadie está libre de cometer errores, pero Joaquín vive en un mundo de drogas, mentiras, traiciones y severa promiscuidad que poco ayudan a la tolerancia de quien lee. Más bien, tiene más de 400 páginas llenas de clichés y señalamientos que no sopesan un final victimizado de "nadie me entiende".
Sobre la estructura, el libro arranca con dificultad para meterse en un nudo de cursilería, con un final lleno de un discurso más sencillo. Asumo que la obra logró el éxito comercial gracias al morbo de la vida de un homosexual, además famoso porque del resto, no le encuentro sentido.
A Bayly le he leído mejores. De él amo "El Huracán lleva tu Nombre", también de temática gay aunque mucho mejor logrado.
Quizá este libro llegó a mis manos en mal momento. Estoy segura que no era ahora cuando debía leerlo. Seré demasiado "pacata" en no ver la magia que otros han visto en sus letras. Optaré por seguir deleitándome con su programa y por ahora, dejaré su otro libro en la pila. Después de esto, no me entusiasma nada.  

viernes, 19 de abril de 2013

Poker face

-Hola...
El saludo fue poco efusivo. Era más bien una pregunta, un anzuelo para ver qué hay aquí y qué se puede pescar.
-¡Hola!
-¿Estás bien?
-Si vale, ¿por qué?
-Es que te ves así como... como molesta.
Tu percepción me dejó fría, Andrehana. ¿Molesta? ¿De verdad?
Bien que el día anterior salí a las diez de la mañana a Santa Elena de Uairén para cubrir las elecciones presidenciales, que llegué a la posada en plena noche y que casi no pude dormir. Bien que me levanté en la madrugada por un pollito fastidioso, que me costó entender el mecanismo del agua caliente y primero me morí con la gelidez y luego con el calor intenso. Bien que los del Plan República se pusieron ridículos y no querían que hiciéramos fotos porque entorpecíamos el proceso electoral y que, cuando emprendía las ocho horas de regreso a casa, se me ocurrió ponerme a leer en plenas curvas y le tuve que decir al conductor que parara porque necesitaba ver mi desayuno... 
Bien que me morí de la vergüenza, que el olor al vómito me fastidiaba, que nos tuvimos que parar en el pueblo a donde van los que tienen un karma enorme (Las Claritas) y que en los abastos había agua, pero no un chicle de menta. 
Te cuento que cuando por fin conseguí el bendito dulce y me refresqué el aliento, me sentí llena de energía, compré una caja de Garotos y a penas entré a la redacción, la repartí entre mis compañeros, listísima para tener mi orgasmo de letras. Molesta no estaba. Para nada. Estaba contenta y mucho.
Te confieso, querida Andrehana (y quien se tome la molestia de detenerse por aquí) que sufro de una enfermedad congénita y aún no descubierta por los científicos llamada "cara de orto", como diría el argentino Farhid (¡besos para ti!). Y sí, es congénita, porque mis papás también padecen la misma calamidad.
-¿Por qué tu papá está bravo?
-Mi papá no está bravo.
-Se ve arrechísimo.
La epidemia también contagió a mi mamá. Mis compañeros del colegio nunca comprendieron el por qué de su expresión en cada entrega de boleta, si yo tenía buenas notas.
-¿Por qué tu mamá siempre está molesta?
-No está molesta...
-No te creo.
Te revelo, Andrehana, que la epidemia se ha manifestado en mí con otros síntomas molestos; el más evidente: el humor negro. Que no te quede duda que eso fue lo que viste cuando me conociste, cuando pensaste (como todo el mundo) que yo era insoportable (tampoco es que sea mentira).
Hasta hace muy poco, eso era algo que me traumaba. Me costaba muchísimo estar en grupos de amigos ya constituídos y relacionarme con el resto de las personas. De hecho, me autobauticé como "la comunicadora que no se comunica". 
Es que si padeces de "cara de orto" y eres tímida, no hablas en las reuniones y te tildan de odiosa, y si te sientes en confianza y lanzas un comentario sarcástico, entonces eres inmamable. Pero nada, es algo con lo que tengo que vivir, porque aún no hay cura conocida para la "cara de orto" (mis papás van para 60 años y nanaís paloma que se arreglan).
Debe ser por eso, querida Andrehana, que disfruto tanto estar con Armando y le digo que lo quiero todo el tiempo. Es de los pocos que tiene el antídoto temporal a la enfermedad aunque el efecto secundario de la medicina es "risitis escandalositis". Soy una mujer de extremos, ¿qué te puedo decir?.
Pero debes saber, amiga, que prefiero mil veces que me digan que tengo "cara de orto" y no de "cara de te ves patética, mijitica", tipo el viernes pasado, cuando Xavier, mi cuñado, me llevó la escasa autoestima que me estoy formando directo al piso, cuando se metió en una conversación que yo mantenía con mi hermana.
-¿Estás trabajando mucho? Te ves súper cansada. - me preguntó ella.
-Bueno sí, no he tenido descanso. Vengo de un viaje a Caracas.
-Yo no la veo cansada. Ella siempre se ve así.
Xavier se llevó el premio. Conoció mi verdadera cara de "te puedes quemar en el infierno ya mismo". ¿Sabes lo curioso, Andrehana? Le sonreí.

Dedicado a Andrehana. Un regalo de cumpleaños atrasado.

miércoles, 17 de abril de 2013

Soy un error

Tener un nombre raro debe ser una molestia en el colegio. Tener un nombre común con una rareza da más trabajo que otra cosa. No suelo aclarar que me bautizaron con un error ortográfico -la ironía de un periodista- sino hasta que necesito un documento.
-Lilihana, con hache intercalada.
-¿Con hache?
-Sí, con hache. Ele i ele i hache a ene a. Lilihana.
A la mayoría de las personas parece no importarle. Supongo que el detalle es natural en el país de las "Yubirilexis".
-Uno tiene que saber de dónde viene su nombre, conocer su identidad, saber por qué nuestros papás nos llamaron como nos llamaron.
Cuando mi profesora de Educación Familiar y Ciudadana dijo eso, me pareció que tenía mucha lógica. Después de todo, había pasado once años sin saber el motivo de la bendita ache que compartía con mis hermanas: DayHana y LuzHana.
La investigación no debía ser difícil; tenía a las fuentes principales en casa.
Ese mismo mediodía le lancé la pregunta a mi madre en nuestras entrañables conversaciones después del almuerzo.
-Lo eligió tu papá - respondió
-¿Y no sabes por qué?
-No. Tu papá nunca me dejó elegir sus nombres. Él quería que combinara con el de tus hermanas, pero yo quería otro.
Estuve a punto de llamarme Ana Julia Lara Arévalo. Ana por la tradición y Julia por mi abuela. La ignorancia de la adolescencia me hizo agradecer que mi padre destruyó el sueño de mi mami, pero ahora que lo pienso, si llego a la vejez, ser llamada Doña Ana Julia trae cierto caché.
Aún con la duda, recurrí a mi papá.
-Porque me dio la gana. Deja de preguntar.
Desde que recuerdo, el amoroso de mi padre siempre tuvo problemas con mis continuos por qués a todo y ante esa respuesta, preferí no insistir.
Regresé al colegio derrotada, sin saber por qué la hache estorbaba en mi nombre, situación que empeoró al revisar mi partida de nacimiento y descubrir el Karina -mi segundo nombre- también tenía una hache entrometida.
-Ka hache a ere i ene a.
-LiliJaaana KaJaaarina, ¿no? 
Con el tiempo aprendí a soltar la respuesta más escueta a algo que no podía explicar.
-La hache es muda.
Si lo dices con cara de perro, se acabó el asunto. No más preguntas.
Lo que sí debo "agradecer" es que a los 18, los recuerdos saltaron en la memoria de mi madre. Ella cocinaba y mi nueva cuñada cuestionaba los nombres raros:
-A ti te pusieron Karina (Kharina) por la cantante, que era muy famosa cuando naciste.
Vino un silencio sepulcral y luego las risas. Eran de mi cuñada, por su puesto, porque a mí no me hacía nada de gracia recibir el nombre de la de "quiero unos zapatos de tacón alto, quiero ser tan alta como túúúú". Aunque intenté mantener el secreto, mi hermanita política se encargaba de sacarlo en cada reunión familiar. Cuando se casó con mi hermano, supe que la burla no acabaría y era momento de reconciliarme con lo que era. Me escuché la discografía entera de Karina, recordé que mi hermana mayor la adoraba y le tomé cierto cariño. Pasé a contar la anécdota con emoción.
-Sí, Kharina. ¡Como la cantante! 
-Pero ella no tiene hache.
Cuando me refutan, hago una pequeña pausa, preparo el gesto y lo suelto.
-La hache es muda.

Dedicado a mi otra hermana, Adriana, que se salvó de la hache, no así de un segundo nombre terrible. También para Ángel, la niña de las flores y todas las víctimas de la creatividad paterna.