miércoles, 17 de abril de 2013

Soy un error

Tener un nombre raro debe ser una molestia en el colegio. Tener un nombre común con una rareza da más trabajo que otra cosa. No suelo aclarar que me bautizaron con un error ortográfico -la ironía de un periodista- sino hasta que necesito un documento.
-Lilihana, con hache intercalada.
-¿Con hache?
-Sí, con hache. Ele i ele i hache a ene a. Lilihana.
A la mayoría de las personas parece no importarle. Supongo que el detalle es natural en el país de las "Yubirilexis".
-Uno tiene que saber de dónde viene su nombre, conocer su identidad, saber por qué nuestros papás nos llamaron como nos llamaron.
Cuando mi profesora de Educación Familiar y Ciudadana dijo eso, me pareció que tenía mucha lógica. Después de todo, había pasado once años sin saber el motivo de la bendita ache que compartía con mis hermanas: DayHana y LuzHana.
La investigación no debía ser difícil; tenía a las fuentes principales en casa.
Ese mismo mediodía le lancé la pregunta a mi madre en nuestras entrañables conversaciones después del almuerzo.
-Lo eligió tu papá - respondió
-¿Y no sabes por qué?
-No. Tu papá nunca me dejó elegir sus nombres. Él quería que combinara con el de tus hermanas, pero yo quería otro.
Estuve a punto de llamarme Ana Julia Lara Arévalo. Ana por la tradición y Julia por mi abuela. La ignorancia de la adolescencia me hizo agradecer que mi padre destruyó el sueño de mi mami, pero ahora que lo pienso, si llego a la vejez, ser llamada Doña Ana Julia trae cierto caché.
Aún con la duda, recurrí a mi papá.
-Porque me dio la gana. Deja de preguntar.
Desde que recuerdo, el amoroso de mi padre siempre tuvo problemas con mis continuos por qués a todo y ante esa respuesta, preferí no insistir.
Regresé al colegio derrotada, sin saber por qué la hache estorbaba en mi nombre, situación que empeoró al revisar mi partida de nacimiento y descubrir el Karina -mi segundo nombre- también tenía una hache entrometida.
-Ka hache a ere i ene a.
-LiliJaaana KaJaaarina, ¿no? 
Con el tiempo aprendí a soltar la respuesta más escueta a algo que no podía explicar.
-La hache es muda.
Si lo dices con cara de perro, se acabó el asunto. No más preguntas.
Lo que sí debo "agradecer" es que a los 18, los recuerdos saltaron en la memoria de mi madre. Ella cocinaba y mi nueva cuñada cuestionaba los nombres raros:
-A ti te pusieron Karina (Kharina) por la cantante, que era muy famosa cuando naciste.
Vino un silencio sepulcral y luego las risas. Eran de mi cuñada, por su puesto, porque a mí no me hacía nada de gracia recibir el nombre de la de "quiero unos zapatos de tacón alto, quiero ser tan alta como túúúú". Aunque intenté mantener el secreto, mi hermanita política se encargaba de sacarlo en cada reunión familiar. Cuando se casó con mi hermano, supe que la burla no acabaría y era momento de reconciliarme con lo que era. Me escuché la discografía entera de Karina, recordé que mi hermana mayor la adoraba y le tomé cierto cariño. Pasé a contar la anécdota con emoción.
-Sí, Kharina. ¡Como la cantante! 
-Pero ella no tiene hache.
Cuando me refutan, hago una pequeña pausa, preparo el gesto y lo suelto.
-La hache es muda.

Dedicado a mi otra hermana, Adriana, que se salvó de la hache, no así de un segundo nombre terrible. También para Ángel, la niña de las flores y todas las víctimas de la creatividad paterna.

martes, 16 de abril de 2013

Capriles no debe ser presidente

Veo caras largas a mi alrededor. Rostros desgastados y cuerpos preparados para una batalla de palabras. Un mínimo comentario los increpa, los enciende y acaba en una frase poco inteligente, de odio y desprecio por no pensar igual.
Las dos últimas elecciones presidenciales ha sido así. Cuando Tibisay Lucena proclamó ganador a Chávez el 7 de Octubre de 2012 estaba en el periódico. Sentí un pequeño frío en las piernas, me levanté y salí a ver la celebración de mis adversarios. 
Jorge, el compañero de farándula, fue enviado a cubrir el calor de la calle. Él, opositor hasta la médula, estaba indignado. Sus ojos se convirtieron en flamas que quemaban todo a su alrededor. Iba pausado, pero inquieto al mismo tiempo. Su lenguaje corporal era de indignación y creció cuando frente a nosotros pasó la primera caravana chavista hacia Alta Vista.
-¡MARGINALES!
No pudo resistirse. Las palabras estallaron en su garganta en un grito de envidia por ser ellos los que celebraban y de dolor por el país. Un día después anunció que se iría del país. En febrero cumplió con su palabra.
Siempre tuve claro que ese sería el resultado. Capriles no era (ni es) santo de mi devoción y su campaña, si bien hizo temblar la maquinaria chavista, no había logrado golpear las bases de un pueblo agradecido por educación, dinero, comida y salud. (Y son comentarios como estos los que me ganan el título de chavista...)
Con esta votación, mi análisis era diferente, pero el resultado igual. Chávez, el magnánimo, el héroe de los pobres, socialistas e izquierdistas, se fue a Cuba sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida y que los 14 años de revolución debían continuar. Aún no comprendo por qué, pero Maduro se ganó ese gran regalo. Un "toma "hijo, he aquí lo que he construido a punta de trabajo duro". Fue el heredero de una gran fortuna con la misión de no despilfarrarla. En pocos días demostró que el cargo le quedaba grande.
Siempre creí que Nicolás no tenía ni que asomar el rostro en la campaña. La figura de Chávez le era suficiente para ir a calentar la silla presidencial. Él decidió hablar y esa fue su perdición. Cada vez que lo veía en un estado diferente (y no, Margarita no es un estado), iba en picada. El bailecito de Nicolás, el cuento del pajarito, la silbadera, las constantes equivocaciones... Día a día, Nicolás fue perdiendo la simpatía de los seguidores de Chávez. 
Fue víctima de intentar imitar a su antecesor con discursos larguísimos que requieren una mochila de cuentos y conocimientos que él no tiene (o no los demuestra). Perdió, además, por confrontar cada palabra de Capriles, cuando el gran Chávez era tan inteligente que respondía a la oposición días después, cuando se acordaba, cuando le daba la gana, si es que le daba la gana.
Comprobé mi análisis con Armando, mi cuñado. Él, mega chavista desde siempre, iba a las concentraciones del Comandante feliz. Regresaba a casa agotado, pero con una emoción desbordante.
-¿Qué te parece Maduro? - le pregunté.
-La verdad no me gusta... pero hay que votar por él. Por Capriles, ni loco.
He allí la gran verdad. Nicolás perdía popularidad, no así el voto chavista, aunque algunos de ellos se lo pensarían más, tal como ocurrió. Ahora leo en twitter amigos oficialistas que tildan de traidores a quienes no votaron, o a esas 700 mil personas que sumaron votos a Capriles y que seguramente vengan de la tolda roja.
Yo no creo en fraude electoral. Las máquinas han sido auditadas y el sistema de votación avalado por organismos internacionales. Sí, Tiby es una cosa seria y sale en cadenas con el brazalete del 4 de febrero, pero no, no creo que los números se amañen. La mayoría de mis amigos opositores, parten de que "El Flaco" no cantó fraude antes y ahora sí y que debe tener pruebas. A mí el conteo de votos me tiene sin cuidado.
Me importa muy poco porque Capriles no debe ser presidente. No en este momento. Le entregarían un país con todos los poderes públicos en contra y en un debacle económico que se nota en los anaqueles vacíos. Sería el Presidente en un país sin producción, sin dinero, quebrado y con ese reto, llegarán medidas económicas fuertes. Será el momento para que los rojos griten PAQUETAZO. Saldrían a la calle, la violencia arrasaría y Henrique tendría que dejar la presidencia por la puerta trasera. El chavismo ascendería nuevamente ante las alabanzas del pueblo y cualquier decisión que tome será entendida porque "el opositor nos dejó en ruinas".
¡Qué bien que proclamen a Nicolás presidente! Este país me ha demostrado que las calles se encienden temporalmente, que los estudiantes salen a la calle a pintarse la cara de blanco sin mayor trascendencia. Veo violencia, pero no un estallido social. Veo que se resignarán, regresarán a sus casas y se quejarán desde Twitter. Prefiero que el país le explote al nuevo presidente en las manos para acabar con estos 14 años de gobierno. Aunque claro, hay que considerar otra variable: la volubilidad del discurso del primer mandatario. 
Ahora, lo que viene no será sencillo. Como dicen por allí: hay que ponerse las alpargatas, que lo que viene es joropo. Se acercan tiempo difíciles, aún más difíciles, pero como dije en estos días, es la tesis de un posgrado en venezolanismo que nos mantiene en vilo, nos hace acabar con las uñas y atragantarnos de café. Aunque las ojeras enmarquen el rostro, cuando se escuche el APROBADO la felicidad inundará el cuerpo, la sonrisa iluminará y llegará el momento de dormir. Venezuela todavía aguanta un poquito. Nosotros también.

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08 de Mayo de 2013

Cuando lo publiqué no esperaba otra cosa que críticas, lo normal. Al contrario de lo que pensaba, me escribieron de la revista SinCorbata, perteneciente a la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de los Andes de Colombia. Les gustó y me pidieron reproducirlo. Hoy me envían las fotografías. ¡Gracias! 

"Escuálida" acérrima

La política en mi vida ha ido por etapas. Siempre adversa al oficialismo, antes me desgarraba las venas hablando mal del gobierno hasta que dejé de ver Globovisión. El periodismo me ayudó a ser más comprensiva, a aceptar que Venezuela no era como yo la veía y que lejos de ser ignorantes, quienes apoyaban (y apoyan) a Chávez, tenían buenos motivos para hacerlo. Aún así, en mis 25 años, jamás me acerqué a una concentración política, salvo que fuera por trabajo.
Así como Venezuela es un fósforo a punto de encenderse, yo esperaba la mínima chispa para levantarme a ver qué sucedía en las calles. Cuando Lesly me dijo que quería ir a la concentración de la Cruz del Papa, no dudé en acercarme. 
Me vestí totalmente desprotegida del carnet del periódico, la libreta y el bolígrafo. En mis bolsillos solo llevaba un poco de dinero, un polvo compacto, las llaves de mi casa y el celular. Con dificultad llegamos al punto de encuentro, y pasé a mezclarme con la gente, a convertirme en una "escuálida" más, aguerrida, de calle, o mejor dicho, a "protagonizar" el hecho, con los ojos y el oído agudo para escribir.

Virgen a los 50
Alta Vista mutó. Este lunes no suena a neumáticos y el insulto de los conductores. La melodía no grata al oído proviene de las cacerolas, o mejor dicho, lo que sea cuyo golpe haga bastante ruido: ollas, platos de metal, tapas y torteras que tras la continua embestida ya no servirán para postres perfectos. Aún no oscurece, pero el cielo se ilumina con fuegos artificiales y la tierra con las consignas.
La mayoría de los que protestan son jóvenes. Guayacitanos que no pasan de los treinta años, que pintan sus rostros y gritan sin parar, sin escuchar a los miembros del Comando Simón Bolívar que intentan hablar en un camión con un sonido mal montado.
Cuando se lo comento a Lesly, una señora me enfrenta.
-También estamos los no tan jóvenes, pero es por ustedes
No lo vi venir, probablemente por su baja estatura. Converso un rato con ella (pregunto, la verdad) y me entero que se llama Gloria y que vive en Villa Asia. El domingo estaba confiada que "El Flaco" ganaría, hasta que vio a Tibisay Lucena bajar las escaleras con una gran sonrisa. Sintió que su pulso disminuía.
-Allá sonaron las cacerolas hasta la madrugada. Todos estamos protestando este fraude. Nos robaron.
Desde las 2:00 de la tarde estaba en la calle con dos vecinas. Se montó en su carro y se unió a las caravanas que encontraba.
-Mi hija se graduó de medicina hace poco. Está en Alemania haciendo unos exámenes para estudiar por allá porque no puede ser que gente menos preparada que ella sea su jefe. Yo estoy en la calle por ella, porque el gobierno me arrebató a mi hija.
Gloria golpea su pequeña olla con el ímpetu que le da el amor por Venezuela y la ansiedad de lo inédito que comprendo cuando me despido. Ella me toma del brazo y me dice:
-Tengo 57 años y esta es la primera vez que salgo a la calle a protestar. Hubo fraude. Ya basta de tantos engaños.

El pésame
La teoría de los siete grados de separación se quedó pequeña en Guayana. Siempre he pensado que aquí todos nos conocemos, aunque sea por descarte. Si hay algún grado de separación ha de ser de 0,5 y la concentración caprilista lo comprueba.
Mientras recorres los entresijos, saludas a muchos con una particularidad: el abrazo y las miradas parecen esconder un "gracias por venir", un "mi más sentido pésame" y un "hay que seguir adelante". Para ese grupo, el domingo murió Venezuela (otra vez). Henrique representaba un futuro diferente y ahora se lo han arrebatado de las manos.
-Pero ¿tú crees que hubo fraude?
La pregunta se la hago a una ex-compañera de fuente, que estaba al lado del camión de Primero Justicia, siguiendo los guiños de un fotógrafo quien, cual titiritero, le pedía a la gente que gritara más fuerte y gesticulara más para la gráfica.
-Ay, chama... Si no hubo fraude, igual tenemos que salir a la calle. Es la única manera de acabar con esto.
Como ella, noto que a pesar de que los autos y las calles están rayadas con la palabra FRAUDE, algunos (como yo) tienen confianza plena en el CNE. Ahogando la voz en consignas archireconocidas por ellos (no por mí), porque ven este el momento idóneo para acabar con el legado de Chávez, aunque yo no dejo de pensar que esto terminará de otra manera. Seguramente me equivoco.

Quemar cauchos por la paz
-Gordo, ¡no me dejes sola!
-Te dije que se iba a poner feo, mi amor. Te dije que te quedaras en la casa.
-No gordo, no me dejes.
Barbie y Ken (como los bauticé) se abrazan frente a la fogata poco romántica. Desde el corazón de la concentración, los dirigentes de la oposición hablan de paz y cordura. A pocos metros, cerca del Palacio de Justicia, esos términos no existen.
El acceso a la calle fue cerrado con una línea de fuego, literalmente. Las caras de los jóvenes están tapadas con banderas y camisas, para que el humo no los ahogue. Primero quemaron basura y gaveras de cerveza frente a una Guardia Nacional inmóvil. Después llegaron con cauchos que al encenderse cubren Alta Vista con una humareda muy densa. El grupo se mueve como un rebaño. El líder tensa los hilos a su antojo. 
-¡Vamos a cerrar la calle! - grita y todos lo siguen.
La indignación los ha llevado a ese punto: al de la intolerancia. 
-Por allí y que viene la policía. Que vengan, que les vamos a caer encima.
Los ánimos templan ante cualquier información que llegue al teléfono.
-Y ya cerraron Globovisión.
-¡Qué cagada! Esta mierda no puede seguir así
Cada palabra, cada grito, cada consigna, impregna a las personas de una ferocidad mediana, que crece cuando llega la tanqueta. Entonces, quienes protestan abajo, suben para enfrentar a la fuerza. Entre el grupo, diviso a un viejo amigo, con algo en la mano que resultó ser una bandera.
-Mijo, ¡pensé que llevabas un bate!
-¡Ojalá! ¡Con la arrechera que le tengo a estos guardias provoca darles unos coñazos!
Van temerarios, tocan las cacerolas y vociferan lo que les venga  a la mente hasta que el conductor del vehículo militar sube la acera para sembrar más miedo y todos se alejan despavoridos. Cuando ven que no pasa nada más, vuelven a agruparse.
A las 8:00 de la noche ya dejo atrás la concentración. Camino por una Alta Vista diferente, llena de humo, hastío y fuerza. Suena mi teléfono y llega el mensaje que no esperaba.
-Pitiyanki, escuálida, quema caucho.
Es una amiga que me ha visto entre la gente y yo, con el olor a fuego y cenizas en mi ropa y mi cabello, no hago más que sonreír porque he cumplido mi misión. Más que "escuálida", me siento periodista. 

Fotografías: Lesly Martínez @LeslyAdelayla

lunes, 8 de abril de 2013

Vendetta analítica


-Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte.
Si usted lee esa frase y es capaz de cerrar el libro, le sugiero que también cierre esta ventana. Probablemente carezca de imaginación, capacidad de asombro y atención. Pero si la línea lo ha dejado con ganas de más, entonces acérquese a la librería compre El Psicoanalista de John Katzenbach. Intuyo que no se arrepentirá.
Una venganza despiadada se entreteje alrededor de Frederick Starks. Él, psicoanalista de profesión, no deja lugar en su vida para otra cosa que no sea el trabajo. Es un hombre de rutinas, de costumbres. Aburrido, podría decirse. Comprenderá entonces su sorpresa al verse acosado.
-Pertenezco a un momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Y ahora estoy decido a arruinar la suya.
El victimario se hace llamar Rumpelstiltskin y conoce cada detalle de la escasamente protegida vida de Starks. Lo quiere muerto, pero no desea llenar sus manos de sangre. Prefiere jugar con la mente del analista e inducirlo al suicidio porque arruinar una vida es más sumamente sencillo cuando se tiene pleno conocimiento de la psique de la presa. El señor R (como lo llaman sus secuaces) también es "bondadoso" y reta a Starks. Si él logra descubrir su identidad, el ajedrez mortal lo dejará respirando.
Así transcurre la primera parte del libro, en una historia de cómo se derriban los muros de una persona de apariencia sólida; una falacia. Starks queda a la deriva, con una carrera en entredicho -lo acusan de violación a una paciente-, sin un centavo, sin casa, sin fondo de retiro, sin amigos -que en 53 años nunca cultivó- y solo. Completamente solo.
Con dificultad intenta sortear los entresijos del muy planificado placer del señor R, a medida que se da cuenta de no llevaba su existencia de la mejor manera. Acaba entonces en un risco, con una casa en llamas y con una idea clara: Frederick Starks debe morir. 
Tranquilo, lector, que no te he spoileado el final. Ahora es cuando restan aventuras en este thriller psicológico maravilloso, que me mantuvo adherida a las casi seiscientas páginas, con letra pequeña, por cinco días. 
Katzenbach ofrece un final trepidante, con muchas respuestas y algunas preguntas. Regala personajes secundarios muy cuidados, creadores de situaciones que te hacen dudar de lo que es verdad o si se trata de una teatro para seguir hiriendo al protagonista. Leí por allí que las últimas páginas estuvieron cantadas. A mí no me lo pareció, al contrario, el autor me dejó helada. Por algo es la novela más famosa del sumamente descriptivo Katzenbach, cuyos otros escritos han sido llevados al cine.

Frases favoritas:
Tememos que nos maten. Pero es mucho peor que nos destruyan.
Nadie pide disculpas realmente. Lo dicen, pero nunca es de verdad.
Las verdades son siempre inoportunas.
Un hombre sin pasado puede forjar cualquier futuro.
Su empeño era encontrar a alguien que cuidara de ella, pero siempre encontraba a la persona equivocada.
Hay muchas formas de matar a alguien.
Lo que era ya no es lo que soy. Y lo que soy no es aún lo que puedo ser.

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viernes, 5 de abril de 2013

Un diván politizado

Leer Sangre en el Diván de Ibéyise Pacheco nunca estuvo en mis planes. Aunque la investigación fue centro de decenas de conversaciones entre colegas periodistas, el caso nunca llamó demasiado mi atención. Creo que fue cosa del destino que cayera en mis manos aquella noche, como si alguien previniera lo que estaba por venir en mi futuro laboral. Cuando lo empecé a leer, no pude parar.
Esa impresión y adrenalina de devorar un libro se fue desvaneciendo a medida que recorría las páginas que narran la escabrosa muerte de Roxana Vargas, una jovencita con severos problemas en su psique que logró tumbar los muros de Edmundo Chirinos, el gran psiquiatra venezolano. La historia te adentra a una batalla entre una joven carente de autoestima y un ególatra con todas sus letras.
El primer capítulo del libro pone sobre la mesa lo que todos supimos por la prensa: Roxana fue paciente de Chirinos quien se aprovechó que estaba sedada para abusar sexualmente de ella. Cualquiera creería que el instinto de toda mujer es apartarse de este señor, pero Roxana no lo hizo. Al contrario, lo buscó y entabló una relación sexual (que de sentimental no tuvo nada) con el doctor. 
Según su madre, el motivo era la venganza. Según sus amigos; el amor. Yo considero que el daño emocional que tenía la obligaron a aferrarse con las uñas al único hombre que se había interesado en su cuerpo. Estaba demasiado minada y desvalorizada al verse al espejo con sobrepeso y notar cómo el hombre que quería (un amigo de su hermana) solo la miraba como una amiga.
Como toda relación enfermiza (y entre enfermos), culminó mal. Amenazas por parte de ella de revelar los secretos de Chirinos (no era ella la primera paciente violada, además de otros detalle), desencadenaron su asesinato en el que su cadáver contó la historia, así como las pruebas gráficas (un blog y una libreta de historias) donde describía lo que pasaba.
La investigación es tan densa, que el segundo capítulo (una historia de vida de Chirinos), se vuelve eterna. Claro nos queda desde la primera página que la autora cree que este hombre es culpable y que le tiene cierto grado de repulsión, lo que imprime en cada letra hacia él y mientras lo escuchas hablar (o lees cómo se mira a sí mismo), caes en la provocación de entrar en la páginas, tenerlo frente a frente y golpearlo.
Si bien es cierto que cada una de sus palabras demuestran que el doctor vive en un mundo que, según piensa, gira gracias a él, ciertas confesiones de su vida pueden ser fácilmente editadas. Sobraron.
Como lectora y periodista, podría haber pasado esto por alto, pero es la carga política del libro la que me molesta. Una y otra vez se repasa la posibilidad de que Chirinos fue psiquiatra de Chávez o de su ex esposa, que si bien fue fundamental para el centimetraje en la prensa, Pacheco se afinca tanto en ello que distorsiona la naturaleza de la investigación (o revela la verdadera, dependiendo del cristal con que se mire). 
El libro reproduce, por ejemplo, comentarios del blog de Roxana, escritos tras su muerte, donde se habla de Chávez, su supuesta locura y cómo ha influido Chirinos en ello. En un tris, un caso de noticia roja se convierte en un tema político, que en el fondo, tiene muy poca relevancia (salvo la dada por la escritora). 
Aplaudo el tercer capítulo, el psicoanálisis de Chirinos realizado por tres expertos, pero a quien se le da más extensión es a una doctora, claramente indignada ante la falta de ética del doctor, que expone más sus sentimientos en lo que debería ser una ciencia.
Se nota que había prisa por escribir. En varios fragmentos, Pacheco deja de jugar y atrapar al lector, para lanzarle sus impresiones de golpe, sin anestesia, sin el cariño que necesita un texto para enamorar a quien lo lea.
Hoy Chirinos está en su casa. Recibió una medida cautelar de libertad: casa por cárcel, por su avanzada edad y algunos problemas de salud. Ibéyise tiene un nuevo boom literario: El Grito Ignorado que versa sobre la muerte y tortura de un niño en Guanare. Probablemente lo lea si es que vuelve a llegar a mis manos por casualidad.
A Pacheco, Bravo por la investigación. Fue una oportuna clase de periodismo. Del resto, mi inconformidad ya la he revelado.

miércoles, 3 de abril de 2013

Destino: Indonesia

Según la creencia popular, el sancocho sabe mejor si la gallina con la que se prepara, es robada en noche de luna llena. Yo me hice
mi propia versión del dicho con Comer, Rezar y Amar de Elizabeth Gilberth, cuando en una visita a casa de Agnell, lo encontré en la mesa, apilado con otros textos y aún con el papel plástico acariciando las hojas. Sin dudarlo, lo metí en mi cartera. -Ojo, ¡le avisé!-
Comer, Rezar y Amar me llenó de satisfacciones y desdén por igual. Página a página reconocía en Elizabeth a mujeres que dejé en el pasado y algunas otras que aún me acompañan. Finalmente, abrí los ojos de par en par cuando me descubrí a mí misma mirándome en el espejo de letras en el que se convirtió la vida de la reportera estadounidense.
Elizabeth tiene la vida perfecta. La de los cuentos. Está casada, vive en una buena residencia a las afueras de Nueva York y planea tener hijos. Es entonces cuando se empieza a resquebrajar su matrimonio cada vez que llega su periodo y ella suspira de tranquilidad. Una noche se da cuenta que no es feliz, llora, pide ayuda a Dios y aparentemente él le responde desde su interior.
Pasa de una historia de fantasía a la pesadilla del fracaso. Enfrenta una odisea de divorcio y corre a los brazos de otro hombre, buscando el amor que no tiene por ella misma. 
Melancólica, destruida y en un foso emocional, Elizabeth interpreta las señales de la vida y toma una decisión: pasar un año viajando. Primero a Italia, para aprender el idioma y deleitarse el estómago con la deliciosa comida, sin mitigar las carencias del cuerpo, pues se promete un tiempo de celibato. 
Una vez cumplida esta etapa, se dirige a India, a vivir en un ashram para encontrarse de verdad con la oración. El viaje finaliza en Indonesia, a donde llega casi por obra divina, con la promesa de Ketut -un sabio curandero que solo vio una vez- de que vivirían juntos un tiempo.
Pero el viaje de Elizabeth va más allá. Se trata de un descubrimiento y un autoanálisis profundo, en el que se reencuentra. 
La lectura tiene altibajos. Al ser una especie de diario y siendo la periodista que es, la autora suele explicar demasiado la naturaleza de su entorno, cuando lo que realmente engancha en la montaña rusa de vida que lleva.
No pude dejar de verme en India, quizás el capítulo más aburrido del libro, donde Liz revela su incapacidad de desdoblar su mente, donde su subconsciente le habla constantemente para reprenderla y hacerle bromas. Para pasar el rato tedioso, la autora nos presenta al mejor personaje de la historia: Richard, el texano; vaquero irreverente, sarcástico y lengua floja, que con cada frase golpea a Zampa (apodo que da a Elizabeth), para traerla de vuelta a la realidad.
En este punto de mi vida, ruego por llegar a Indonesia y creo que todos buscamos lo mismo. Estar donde el pasado es solo eso y la existencia se vuelve bendita y llena de paz.
Dicen por allí algunos críticos que Comer, Rezar y Amar es un libro para chicas y quizás tengan razón. Solo nosotras sabemos la cantidad de pensamientos y presiones que llevamos por dentro y lo difícil que pueden volverse ciertos días. Para nosotras: una historia calificada además como de autoayuda, que nos demuestra que hay una luz a final del túnel; solo hay que tener paciencia, paciencia y más paciencia y toneladas de amor propio. No en vano, el libro pasó 88 semanas en la lista de Best Sellers de no ficción del New York Times.
¡Attraversiamo, cara mia!

Citas memorables:
-Tener un hijo es como hacerse un tatuaje en la cara. Antes de hacerlo tienes que tenerlo muy claro.
-Cuando te pierdes en un bosque, a veces tardas un rato en darte cuenta de que te has perdido.
-Los sentimientos son esclavos de los pensamientos y uno es esclavo de sus sentimientos.
-El único lugar donde la mente puede hallar la paz es en el silencio del corazón.
-Entenderás que, estando de duelo y teniendo roto el corazón, estás en el mejor sitio posible para cambiar tu vida.
-Tan malo como el tabaco para los pulmones es el rencor para el alma; una sola bocanada ya es nociva.
-La felicidad es consecuencia de un esfuerzo personal. Luchas por conseguirla, te la trabajas, insistes en encontrarla.
-Es una buena señal que te rompan el corazón. Quiere decir que has hecho un esfuerzo.

La magia del color

Cuando tenía once años, me hice un agujerito extra en el oreja. Cuando llegué a casa, a nadie parecía molestarle. La semana siguiente decidí abrirme otro huequito en la parte de arriba de la izquierda. El efecto no fue el mismo.
No tendría ni 24 horas de haber desvirgado mi oreja, cuando ya me obligaban a quitarme el arete nuevo. Según mi madre, parecía una malandra.
Ella, Doña Luz, es una mujer muy correcta. Se casó a los 21 años y abandonó los estudios de enfermería para cuidar a su esposo y al cambote de hijos que tuvieron. Al perder la posibilidad de obtener un título, su norte siempre fue que sus hijos estudiaran. Cualquier cosa que se interpusiera en el camino, estorbaba. Un zarcillo, por ejemplo, podría ser muestra de rebeldía y los efectos serían las amistades inadecuadas, aún más rebeldes.
Pintarse el cabello estaba fuera de lugar y la televisión se plagaba de personajes populares y atractivos por la diversidad de prismas en el cabello y eso estaba prohibido para mí.
El pseudo drama empeoró cuando cumplí 15 años y descubrí la primera (de muchísimas) canas. Aunque los pelitos blancos apenas se veían, yo me encargaba de que todos conocieran el signo de mi vejez prematura.
En la universidad no aguanté más. Tenía 20, no 40 y mi cabello debía ser oscuro. Con mi primer sueldo, fui directo a Farmatodo, al área de tintes y compré la primera coloración. Después jugué con cualquier cantidad de marrones, uno con el nombre más ridículo que el otro, hasta que por fin me decidí: era hora de pasar al rojo.
Rojo fantasía
Ese primero era mate. Normalito, podría decirse, aunque su efecto en mí fue inmediato. Una vez que juegas con ese color, no puedes parar y mi cabello era cada vez más intenso, más rojizo, más naranja, más... antinatural.
Finalmente llegó el día. Mi melena era demasiado larga y los dos tubos de tintes que había
comprado para esa sesión no me alcanzaban. Mi peluquera sugirió la locura: rojo fantasía, o lo que es igual, el rojo de La Sirenita. Ella tenía uno guardado.
Jugando recién pintado
A mí me encantó. Era el que siempre había querido llevar, pero no me atrevía a ponerme. Me pareció fantástico, divertido, diferente, rockero, y me dio mucha fuerza y confianza.
Una vez usas ese color, no temes a nada; puedes llevar lo que sea. Bajé el tono para mi próxima tintura, pero me hice una promesa para el 2013: hacer lo segundo que siempre había querido hacer y copiar el look de Skye Sweetnam.
Dada la premura, no pude usar fucsia. Es un color complicado, que debe ser preparado por un experto. Me decanté entonces, otra vez por el rojo fantasía y una base negrísima. Lo llevé durante cuatro meses y sé que a muchos no les gustó, pero a mí me parecía lo máximo. Mostraba mi locura, mi rebeldía, mis ganas de jugar y lo más importante: que el cabello es cabello y no puede conmigo.
Ahora llevo un morado bastante tenue que ha gustado mucho, pero que yo esperaba que fuera más intenso. Es el segundo de otros tres colores con los que espero jugar este año.
Es también la primera de las muchas locuras/tonterías que espero hacer este año. Después de mi cabello, no temo a nada. Son mis 25 y la juventud hay que disfrutarla.