lunes, 2 de septiembre de 2013

El mejor regalo

Mi madre y yo tenemos una relación dura, básicamente porque tenemos muy pocas cosas en común. De ella aprendí a no ser muy efusiva y en alguna oportunidad le reclamé que "gracias" a ella, yo no sabía abrazar. Hemos tenido subidones y bajadas, temporadas de largas conversaciones y otras donde podemos pasar semanas sabiendo muy poco la una de la otra. Así soy yo y así es mi mamá.
Ojo, yo no dudo de su cariño en ningún instante. Mi mami me apoya, me cuida y está al pendiente de mí. No es raro llegar a casa y encontrar que acomodó mi cuarto o lavó mi ropa, más cuando sabe que trabajo dos semanas seguidas y casi no me da tiempo de nada. También sé que si le pongo ojitos del gato con botas, puedo conseguir muchas cosas. Me tiene bastante consentida, dirían mis hermanas y la verdad es que yo no lo desmiento. Soy su hijita menor.
Si hay algo que nos ha unido es la escasez de productos. En serio. No pueden imaginar lo amorosa que se puede volver mi madre, cuando llego a casa con papel higiénico, harina precocida o algún otro elemento de la cesta básica oculto en algún agujero negro político.
Las cenas más deliciosas me las he comido después de llevar un frasco de aceite o un paquete de leche. Me vuelvo la heroína por un día, la niña consentida, la "pida por esa boquita que usted consigue".
He de confesar que en mi cumpleaños, el mejor regalo que recibí fue el de Agnell. Era un paquete de harina de trigo. En estos tiempos, esas cosas son tesoros. Que lo regales significa que hay un vínculo de cariño, un lazo fraternal que se debe cuidar.
Es por eso, querido lector, que si llega el cumpleaños de algún amigo y usted se está devanando el cerebro pensando qué regalarle, le sugiero que se compadezca, abra su gabinete y saque alguito de lo que tiene guardado en los "en caso de emergencia, rompa el vidrio". Le aseguro que será alabado y recordado. Un tiro al piso.