martes, 16 de abril de 2013

Capriles no debe ser presidente

Veo caras largas a mi alrededor. Rostros desgastados y cuerpos preparados para una batalla de palabras. Un mínimo comentario los increpa, los enciende y acaba en una frase poco inteligente, de odio y desprecio por no pensar igual.
Las dos últimas elecciones presidenciales ha sido así. Cuando Tibisay Lucena proclamó ganador a Chávez el 7 de Octubre de 2012 estaba en el periódico. Sentí un pequeño frío en las piernas, me levanté y salí a ver la celebración de mis adversarios. 
Jorge, el compañero de farándula, fue enviado a cubrir el calor de la calle. Él, opositor hasta la médula, estaba indignado. Sus ojos se convirtieron en flamas que quemaban todo a su alrededor. Iba pausado, pero inquieto al mismo tiempo. Su lenguaje corporal era de indignación y creció cuando frente a nosotros pasó la primera caravana chavista hacia Alta Vista.
-¡MARGINALES!
No pudo resistirse. Las palabras estallaron en su garganta en un grito de envidia por ser ellos los que celebraban y de dolor por el país. Un día después anunció que se iría del país. En febrero cumplió con su palabra.
Siempre tuve claro que ese sería el resultado. Capriles no era (ni es) santo de mi devoción y su campaña, si bien hizo temblar la maquinaria chavista, no había logrado golpear las bases de un pueblo agradecido por educación, dinero, comida y salud. (Y son comentarios como estos los que me ganan el título de chavista...)
Con esta votación, mi análisis era diferente, pero el resultado igual. Chávez, el magnánimo, el héroe de los pobres, socialistas e izquierdistas, se fue a Cuba sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida y que los 14 años de revolución debían continuar. Aún no comprendo por qué, pero Maduro se ganó ese gran regalo. Un "toma "hijo, he aquí lo que he construido a punta de trabajo duro". Fue el heredero de una gran fortuna con la misión de no despilfarrarla. En pocos días demostró que el cargo le quedaba grande.
Siempre creí que Nicolás no tenía ni que asomar el rostro en la campaña. La figura de Chávez le era suficiente para ir a calentar la silla presidencial. Él decidió hablar y esa fue su perdición. Cada vez que lo veía en un estado diferente (y no, Margarita no es un estado), iba en picada. El bailecito de Nicolás, el cuento del pajarito, la silbadera, las constantes equivocaciones... Día a día, Nicolás fue perdiendo la simpatía de los seguidores de Chávez. 
Fue víctima de intentar imitar a su antecesor con discursos larguísimos que requieren una mochila de cuentos y conocimientos que él no tiene (o no los demuestra). Perdió, además, por confrontar cada palabra de Capriles, cuando el gran Chávez era tan inteligente que respondía a la oposición días después, cuando se acordaba, cuando le daba la gana, si es que le daba la gana.
Comprobé mi análisis con Armando, mi cuñado. Él, mega chavista desde siempre, iba a las concentraciones del Comandante feliz. Regresaba a casa agotado, pero con una emoción desbordante.
-¿Qué te parece Maduro? - le pregunté.
-La verdad no me gusta... pero hay que votar por él. Por Capriles, ni loco.
He allí la gran verdad. Nicolás perdía popularidad, no así el voto chavista, aunque algunos de ellos se lo pensarían más, tal como ocurrió. Ahora leo en twitter amigos oficialistas que tildan de traidores a quienes no votaron, o a esas 700 mil personas que sumaron votos a Capriles y que seguramente vengan de la tolda roja.
Yo no creo en fraude electoral. Las máquinas han sido auditadas y el sistema de votación avalado por organismos internacionales. Sí, Tiby es una cosa seria y sale en cadenas con el brazalete del 4 de febrero, pero no, no creo que los números se amañen. La mayoría de mis amigos opositores, parten de que "El Flaco" no cantó fraude antes y ahora sí y que debe tener pruebas. A mí el conteo de votos me tiene sin cuidado.
Me importa muy poco porque Capriles no debe ser presidente. No en este momento. Le entregarían un país con todos los poderes públicos en contra y en un debacle económico que se nota en los anaqueles vacíos. Sería el Presidente en un país sin producción, sin dinero, quebrado y con ese reto, llegarán medidas económicas fuertes. Será el momento para que los rojos griten PAQUETAZO. Saldrían a la calle, la violencia arrasaría y Henrique tendría que dejar la presidencia por la puerta trasera. El chavismo ascendería nuevamente ante las alabanzas del pueblo y cualquier decisión que tome será entendida porque "el opositor nos dejó en ruinas".
¡Qué bien que proclamen a Nicolás presidente! Este país me ha demostrado que las calles se encienden temporalmente, que los estudiantes salen a la calle a pintarse la cara de blanco sin mayor trascendencia. Veo violencia, pero no un estallido social. Veo que se resignarán, regresarán a sus casas y se quejarán desde Twitter. Prefiero que el país le explote al nuevo presidente en las manos para acabar con estos 14 años de gobierno. Aunque claro, hay que considerar otra variable: la volubilidad del discurso del primer mandatario. 
Ahora, lo que viene no será sencillo. Como dicen por allí: hay que ponerse las alpargatas, que lo que viene es joropo. Se acercan tiempo difíciles, aún más difíciles, pero como dije en estos días, es la tesis de un posgrado en venezolanismo que nos mantiene en vilo, nos hace acabar con las uñas y atragantarnos de café. Aunque las ojeras enmarquen el rostro, cuando se escuche el APROBADO la felicidad inundará el cuerpo, la sonrisa iluminará y llegará el momento de dormir. Venezuela todavía aguanta un poquito. Nosotros también.

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08 de Mayo de 2013

Cuando lo publiqué no esperaba otra cosa que críticas, lo normal. Al contrario de lo que pensaba, me escribieron de la revista SinCorbata, perteneciente a la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de los Andes de Colombia. Les gustó y me pidieron reproducirlo. Hoy me envían las fotografías. ¡Gracias!