viernes, 19 de abril de 2013

Poker face

-Hola...
El saludo fue poco efusivo. Era más bien una pregunta, un anzuelo para ver qué hay aquí y qué se puede pescar.
-¡Hola!
-¿Estás bien?
-Si vale, ¿por qué?
-Es que te ves así como... como molesta.
Tu percepción me dejó fría, Andrehana. ¿Molesta? ¿De verdad?
Bien que el día anterior salí a las diez de la mañana a Santa Elena de Uairén para cubrir las elecciones presidenciales, que llegué a la posada en plena noche y que casi no pude dormir. Bien que me levanté en la madrugada por un pollito fastidioso, que me costó entender el mecanismo del agua caliente y primero me morí con la gelidez y luego con el calor intenso. Bien que los del Plan República se pusieron ridículos y no querían que hiciéramos fotos porque entorpecíamos el proceso electoral y que, cuando emprendía las ocho horas de regreso a casa, se me ocurrió ponerme a leer en plenas curvas y le tuve que decir al conductor que parara porque necesitaba ver mi desayuno... 
Bien que me morí de la vergüenza, que el olor al vómito me fastidiaba, que nos tuvimos que parar en el pueblo a donde van los que tienen un karma enorme (Las Claritas) y que en los abastos había agua, pero no un chicle de menta. 
Te cuento que cuando por fin conseguí el bendito dulce y me refresqué el aliento, me sentí llena de energía, compré una caja de Garotos y a penas entré a la redacción, la repartí entre mis compañeros, listísima para tener mi orgasmo de letras. Molesta no estaba. Para nada. Estaba contenta y mucho.
Te confieso, querida Andrehana (y quien se tome la molestia de detenerse por aquí) que sufro de una enfermedad congénita y aún no descubierta por los científicos llamada "cara de orto", como diría el argentino Farhid (¡besos para ti!). Y sí, es congénita, porque mis papás también padecen la misma calamidad.
-¿Por qué tu papá está bravo?
-Mi papá no está bravo.
-Se ve arrechísimo.
La epidemia también contagió a mi mamá. Mis compañeros del colegio nunca comprendieron el por qué de su expresión en cada entrega de boleta, si yo tenía buenas notas.
-¿Por qué tu mamá siempre está molesta?
-No está molesta...
-No te creo.
Te revelo, Andrehana, que la epidemia se ha manifestado en mí con otros síntomas molestos; el más evidente: el humor negro. Que no te quede duda que eso fue lo que viste cuando me conociste, cuando pensaste (como todo el mundo) que yo era insoportable (tampoco es que sea mentira).
Hasta hace muy poco, eso era algo que me traumaba. Me costaba muchísimo estar en grupos de amigos ya constituídos y relacionarme con el resto de las personas. De hecho, me autobauticé como "la comunicadora que no se comunica". 
Es que si padeces de "cara de orto" y eres tímida, no hablas en las reuniones y te tildan de odiosa, y si te sientes en confianza y lanzas un comentario sarcástico, entonces eres inmamable. Pero nada, es algo con lo que tengo que vivir, porque aún no hay cura conocida para la "cara de orto" (mis papás van para 60 años y nanaís paloma que se arreglan).
Debe ser por eso, querida Andrehana, que disfruto tanto estar con Armando y le digo que lo quiero todo el tiempo. Es de los pocos que tiene el antídoto temporal a la enfermedad aunque el efecto secundario de la medicina es "risitis escandalositis". Soy una mujer de extremos, ¿qué te puedo decir?.
Pero debes saber, amiga, que prefiero mil veces que me digan que tengo "cara de orto" y no de "cara de te ves patética, mijitica", tipo el viernes pasado, cuando Xavier, mi cuñado, me llevó la escasa autoestima que me estoy formando directo al piso, cuando se metió en una conversación que yo mantenía con mi hermana.
-¿Estás trabajando mucho? Te ves súper cansada. - me preguntó ella.
-Bueno sí, no he tenido descanso. Vengo de un viaje a Caracas.
-Yo no la veo cansada. Ella siempre se ve así.
Xavier se llevó el premio. Conoció mi verdadera cara de "te puedes quemar en el infierno ya mismo". ¿Sabes lo curioso, Andrehana? Le sonreí.

Dedicado a Andrehana. Un regalo de cumpleaños atrasado.