miércoles, 3 de abril de 2013

Destino: Indonesia

Según la creencia popular, el sancocho sabe mejor si la gallina con la que se prepara, es robada en noche de luna llena. Yo me hice
mi propia versión del dicho con Comer, Rezar y Amar de Elizabeth Gilberth, cuando en una visita a casa de Agnell, lo encontré en la mesa, apilado con otros textos y aún con el papel plástico acariciando las hojas. Sin dudarlo, lo metí en mi cartera. -Ojo, ¡le avisé!-
Comer, Rezar y Amar me llenó de satisfacciones y desdén por igual. Página a página reconocía en Elizabeth a mujeres que dejé en el pasado y algunas otras que aún me acompañan. Finalmente, abrí los ojos de par en par cuando me descubrí a mí misma mirándome en el espejo de letras en el que se convirtió la vida de la reportera estadounidense.
Elizabeth tiene la vida perfecta. La de los cuentos. Está casada, vive en una buena residencia a las afueras de Nueva York y planea tener hijos. Es entonces cuando se empieza a resquebrajar su matrimonio cada vez que llega su periodo y ella suspira de tranquilidad. Una noche se da cuenta que no es feliz, llora, pide ayuda a Dios y aparentemente él le responde desde su interior.
Pasa de una historia de fantasía a la pesadilla del fracaso. Enfrenta una odisea de divorcio y corre a los brazos de otro hombre, buscando el amor que no tiene por ella misma. 
Melancólica, destruida y en un foso emocional, Elizabeth interpreta las señales de la vida y toma una decisión: pasar un año viajando. Primero a Italia, para aprender el idioma y deleitarse el estómago con la deliciosa comida, sin mitigar las carencias del cuerpo, pues se promete un tiempo de celibato. 
Una vez cumplida esta etapa, se dirige a India, a vivir en un ashram para encontrarse de verdad con la oración. El viaje finaliza en Indonesia, a donde llega casi por obra divina, con la promesa de Ketut -un sabio curandero que solo vio una vez- de que vivirían juntos un tiempo.
Pero el viaje de Elizabeth va más allá. Se trata de un descubrimiento y un autoanálisis profundo, en el que se reencuentra. 
La lectura tiene altibajos. Al ser una especie de diario y siendo la periodista que es, la autora suele explicar demasiado la naturaleza de su entorno, cuando lo que realmente engancha en la montaña rusa de vida que lleva.
No pude dejar de verme en India, quizás el capítulo más aburrido del libro, donde Liz revela su incapacidad de desdoblar su mente, donde su subconsciente le habla constantemente para reprenderla y hacerle bromas. Para pasar el rato tedioso, la autora nos presenta al mejor personaje de la historia: Richard, el texano; vaquero irreverente, sarcástico y lengua floja, que con cada frase golpea a Zampa (apodo que da a Elizabeth), para traerla de vuelta a la realidad.
En este punto de mi vida, ruego por llegar a Indonesia y creo que todos buscamos lo mismo. Estar donde el pasado es solo eso y la existencia se vuelve bendita y llena de paz.
Dicen por allí algunos críticos que Comer, Rezar y Amar es un libro para chicas y quizás tengan razón. Solo nosotras sabemos la cantidad de pensamientos y presiones que llevamos por dentro y lo difícil que pueden volverse ciertos días. Para nosotras: una historia calificada además como de autoayuda, que nos demuestra que hay una luz a final del túnel; solo hay que tener paciencia, paciencia y más paciencia y toneladas de amor propio. No en vano, el libro pasó 88 semanas en la lista de Best Sellers de no ficción del New York Times.
¡Attraversiamo, cara mia!

Citas memorables:
-Tener un hijo es como hacerse un tatuaje en la cara. Antes de hacerlo tienes que tenerlo muy claro.
-Cuando te pierdes en un bosque, a veces tardas un rato en darte cuenta de que te has perdido.
-Los sentimientos son esclavos de los pensamientos y uno es esclavo de sus sentimientos.
-El único lugar donde la mente puede hallar la paz es en el silencio del corazón.
-Entenderás que, estando de duelo y teniendo roto el corazón, estás en el mejor sitio posible para cambiar tu vida.
-Tan malo como el tabaco para los pulmones es el rencor para el alma; una sola bocanada ya es nociva.
-La felicidad es consecuencia de un esfuerzo personal. Luchas por conseguirla, te la trabajas, insistes en encontrarla.
-Es una buena señal que te rompan el corazón. Quiere decir que has hecho un esfuerzo.