martes, 23 de abril de 2013

El libro prohibido

-Cuando saqué el pajarito, y comencé que si: "pis, pis, pis...", entró el enano y también se puso a orinar. Orinaba en el bidet y se reía. Es algo raro, pero es verdad: cuando hay alguien extraño, no puedo orinar. Si por ejemplo conozco a una persona y me cae mal, no puedo orinar delante de ella. Cuando quiero probar si alguien es amigo mío, o no, lo invito a mear conmigo. Si el chorrito sale: bien, es amigo mío. Si me tranco a pesar de hacer mil pis, quiere decir que no es amigo mío.
Cuando leí ese fragmento es voz alta, mi hermana se escandalizó. Tendría yo uno siete años y ella nueve. El
libro era "Piedra de Mar" de Francisco Massianni, el primero que nutrió mi mente.
A mi madre tengo que agradecerle mil cosas, pero que me enseñara a leer -por accidente- es algo que nunca podré pagarle. Cuando estoy triste, cansada o deprimida, los libros recurren a mí para distraerme con una historia diferente, para darme un abrazo cálido, para darme un impulso a seguir adelante.
Mis primeras lecturas fueron cuentos infantiles. Cuando era niña, me encantaba romper el papel de los regalos de navidad, pero los juguetes pasaban al olvido muy pronto. Mi madre entendió que tenía una pasión diferente: la lectura. Ella y mis hermanas mayores me regalaron cuanto cuento se les pasó por el frente, y yo los devoraba tan rápido como podía, ansiosa de recibir uno nuevo. En aquellos tiempos, "La Caperucita Roja" se convirtió en mi historia favorita, tanto que el rojo fue mi color preferido por años.
También entendió mi madre que para animarme debía llevarme a una librería. Con cada mesada que me daba mi papá, yo rogaba que le llevaran a Las Paulinas, una tienda de textos eclesiásticos que creo que aún funciona en el Centro de Puerto Ordaz. Mi comprensión del Evangelio y las grandes historias bíblicas vienen de cuentos ilustrados que luego cambiaron a libros más grandes. "Con ojos de niño" fue mi favorito. Constaba de una compilación de fábulas bíblicas que devoré en pocos días. 
Leer se convirtió en una adicción y mi casa tenía un problema: no contaba con una biblioteca. Sí, habían Atlas, enciclopedias y diccionarios, pero no literatura que me animara. La casa de mi tía Carmen fue mi refugio cuando vi en su cuarto una pila de libros esperando por mí.
"Piedra de Mar" fue el primero que pedí prestado. No sé por qué lo elegí; me iré por la teoría de que los libros te eligen a ti, no tú a ellos. Recuerdo que lo traje a casa y me parecía enorme e interminable. La historia no la entendía demasiado, nunca capté el punto, lo que quería transmitir el autor.
Hablaba de Francisco, un chico joven enamorado de Carolina, de quien solo era amigo. Están en la playa con otro compañero: Marcos, "el enano", un personaje fastidioso, creído y metiche que también le tenía ganas a la chica. 
-Mami, Lilihana está leyendo groserías.
Mi madre me arrebató el libro de las manos y se escandalizó cuando leyó ese y otros párrafos de expresiones "altisonantes". No estaba permitido que su hija menor leyera que un personaje se echaba talco en las bolas, por ejemplo.
Lo escondió y no vi "Piedra de Mar" por un buen tiempo. Intenté leer otras cosas, pero mi mente no pasó de la primera página de "El Exorcista", más cuando mi tía se negaba a dejarme llevara el libro a casa, dado que no había devuelto el otro.
Un día me reencontré con Massianni. Su obra estaba "oculta" entre un montón de sábanas. Miré a los lados, me lo metí debajo de la camisa y salí corriendo, como haría un ladronzuelo. Subí a la parte alta de la litera de mi cuarto y allí, sintiéndome la peor de las delincuentes, terminé la historia. Era lo que me hacía falta para meterme en un nuevo universo.
Este es una "entrada" para agradecer, nuevamente a mi mami, por enseñarme a leer y por volverme una delincuente de libros. También a todos esos autores -la gran mayoría desconocidos- que me han deleitado con sus palabras, que me han hecho molestar, que me han dado sueño, que me han emocionado. Les he pagado con suspiros, lágrimas, indignación, esperanza, ímpetu, fuerza y horas sin dormir. 
Gracias, autores, por salvar mi vida cada día, aunque ella, traicionera como es, no sea suficiente para leerlos a todos.

¡Feliz día del libro!