miércoles, 17 de abril de 2013

Soy un error

Tener un nombre raro debe ser una molestia en el colegio. Tener un nombre común con una rareza da más trabajo que otra cosa. No suelo aclarar que me bautizaron con un error ortográfico -la ironía de un periodista- sino hasta que necesito un documento.
-Lilihana, con hache intercalada.
-¿Con hache?
-Sí, con hache. Ele i ele i hache a ene a. Lilihana.
A la mayoría de las personas parece no importarle. Supongo que el detalle es natural en el país de las "Yubirilexis".
-Uno tiene que saber de dónde viene su nombre, conocer su identidad, saber por qué nuestros papás nos llamaron como nos llamaron.
Cuando mi profesora de Educación Familiar y Ciudadana dijo eso, me pareció que tenía mucha lógica. Después de todo, había pasado once años sin saber el motivo de la bendita ache que compartía con mis hermanas: DayHana y LuzHana.
La investigación no debía ser difícil; tenía a las fuentes principales en casa.
Ese mismo mediodía le lancé la pregunta a mi madre en nuestras entrañables conversaciones después del almuerzo.
-Lo eligió tu papá - respondió
-¿Y no sabes por qué?
-No. Tu papá nunca me dejó elegir sus nombres. Él quería que combinara con el de tus hermanas, pero yo quería otro.
Estuve a punto de llamarme Ana Julia Lara Arévalo. Ana por la tradición y Julia por mi abuela. La ignorancia de la adolescencia me hizo agradecer que mi padre destruyó el sueño de mi mami, pero ahora que lo pienso, si llego a la vejez, ser llamada Doña Ana Julia trae cierto caché.
Aún con la duda, recurrí a mi papá.
-Porque me dio la gana. Deja de preguntar.
Desde que recuerdo, el amoroso de mi padre siempre tuvo problemas con mis continuos por qués a todo y ante esa respuesta, preferí no insistir.
Regresé al colegio derrotada, sin saber por qué la hache estorbaba en mi nombre, situación que empeoró al revisar mi partida de nacimiento y descubrir el Karina -mi segundo nombre- también tenía una hache entrometida.
-Ka hache a ere i ene a.
-LiliJaaana KaJaaarina, ¿no? 
Con el tiempo aprendí a soltar la respuesta más escueta a algo que no podía explicar.
-La hache es muda.
Si lo dices con cara de perro, se acabó el asunto. No más preguntas.
Lo que sí debo "agradecer" es que a los 18, los recuerdos saltaron en la memoria de mi madre. Ella cocinaba y mi nueva cuñada cuestionaba los nombres raros:
-A ti te pusieron Karina (Kharina) por la cantante, que era muy famosa cuando naciste.
Vino un silencio sepulcral y luego las risas. Eran de mi cuñada, por su puesto, porque a mí no me hacía nada de gracia recibir el nombre de la de "quiero unos zapatos de tacón alto, quiero ser tan alta como túúúú". Aunque intenté mantener el secreto, mi hermanita política se encargaba de sacarlo en cada reunión familiar. Cuando se casó con mi hermano, supe que la burla no acabaría y era momento de reconciliarme con lo que era. Me escuché la discografía entera de Karina, recordé que mi hermana mayor la adoraba y le tomé cierto cariño. Pasé a contar la anécdota con emoción.
-Sí, Kharina. ¡Como la cantante! 
-Pero ella no tiene hache.
Cuando me refutan, hago una pequeña pausa, preparo el gesto y lo suelto.
-La hache es muda.

Dedicado a mi otra hermana, Adriana, que se salvó de la hache, no así de un segundo nombre terrible. También para Ángel, la niña de las flores y todas las víctimas de la creatividad paterna.